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Erika Prado

Gallinas miedosas

–Muy astuto es el coyote que roba gallinas de noche –dijo la gallina más grande del corral, dirigiéndose a la comunidad que se apretujaba para acercarse y escuchar mejor. 

–Necesitamos a las gallinas más valientes para hacer un comité de vigilancia, descubrir la forma en que opera el coyote y poder protegernos de futuros robos… ¿Quién dice yo? –preguntó.

Cesaron por completo los cacareos, en su lugar, el chirrido de un grillo resonó con fuerza por un rato más o menos largo. Al fin, se acordó e hizo un sorteo para determinar a las dos valientes gallinas que vigilarían durante la noche, con la intención de sorprender al ladrón coyote. 

La gallina negra y una rojiza fueron las elegidas, estaban determinadas a no dormir, ni un solo minuto, con tal de no fallar en su misión pero, como es sabido, las gallinas se duermen muy temprano cada día y fue imposible ganarle al sueño. 

Al otro día, el canto del gallo levantó a todo el mundo.

–¡Buenos días! –se escuchaba por aquí –Muy buenos días –se escuchaba por allá. Todo mundo estaba contento y tranquilo de saberse seguro, hasta que entró la gallina rojiza, aleteando con firmeza, cacareando la noticia de que la gallina negra no amaneció en su puesto de vigilancia y por más que la buscó no había rastro de ella.

Cacarearon de miedo al unísono, se preguntaban qué podía haber pasado. El gato, que de casualidad pasaba por ahí, lanzó una pregunta a todas y a nadie. Misterioso, altivo, dejó ver que conocía la respuesta: 

–¿Buscan a la gallina negra que roncaba en la rama del árbol ayer por la noche? –dijo con una sonrisa retorcida. 

–¡No dormíamos! estábamos vigilando, gato hablador –respondió rápidamente la rojiza. 

Después de lamerse unas cuantas veces la pata izquierda, con toda calma, el gato agregó: 

–Vi una gallina que se desplomó del árbol mientras un coyote merodeaba por ahí, pero si no es esa a la que buscan allá ustedes.

De un brinco llegó al marco de la ventana, desde donde les dio una mirada por encima de su lomo a las gallinas. Saltó para desaparecer de la vista. 

Aterrorizadas, las gallinas no dejaban de cacarear y dar vueltas por todo el corral, brincaban de nervios, se preguntaban entre ellas ¿Qué harían ahora? Sería verdad que el coyote se la robó. La única forma de saberlo, pensaron, era hacer una guardia nocturna especial. Nadie se ofreció para ello y se hizo, de nuevo, un sorteo de tres gallinas fornidas que se quedarían a vigilar durante la noche entera.

Para repartir su suerte y haciendo uso de toda la valentía que tenían, pernoctaron cada una en un árbol distinto. Pensaban que así tendrían mejor oportunidad de ver qué sucedía en realidad e hicieron un pacto: si aparecía el coyote ninguna intervendría. No era una noche de ejecución de nada, observarían y harían un plan después, pero hoy, necesitaban solo respuestas. Aunque alguna de ellas tuviera que darse en sacrificio o algo parecido. 

Entraba la madrugada y una neblina cubría el gallinero. Las vigías estaban dispuestas en arboles que cerraban un triangulo, temblaban sus patas aferrándose a la enramada y el sueño comenzaba a aparecer, nada del coyote, nada de nadie más por horas hasta que un arbusto comenzó a moverse junto a uno de los arboles, donde roncaba la vigía que lo ocupaba. El ruido no logró despertarla y ambas compañeras, que observaban desde sus puestos, entraron en silencioso pánico cuando del arbusto salió el coyote. 

Desgraciado coyote iría directo con la gallina que roncaba, claro, ese debió ser su actuar durante las noches pasadas, pero no, el coyote ignoro a la gallina dormida y siguió su camino viendo fijamente al árbol con la otra vigía, la despierta, o medio despierta pues desde que el coyote la miró fijamente se paralizó. Con los ojos muy abiertos, cuando el coyote estuvo debajo de la rama cayó a sus fauces, sin gemir, sin chistar, sin oponer resistencia de ningún tipo, como hipnotizada se dejó llevar por el coyote a su guarida. La gallina que hasta entonces dormía despertó, y se impresionó mucho de ver a una de sus compañeras dentro del hocico del coyote, no pudo contener el silencio y cacareó, el coyote le lanzó una mirada que la hizo caer de la rama donde estaba, desmayada. La tercer vigía corrió en su ayuda en cuanto vio al coyote meterse a los arbustos, rompió el pacto de no intervención y quiso ayudar pero la gallina desmayada no reaccionaba, se sentía pesada, lánguida, dicen que los coyotes hipnotizan a sus presas con el vaho y ahora todo el gallinero tenía que saber que era cierto.

Al amanecer nadie cacareo, las noticias se esparcieron por doquier y había un silencio pesado en todos lados, el coyote tenía poder sobre ellas, solo bastaba que se acercara con su vaho y podía tomar a cualquiera. Eso era lo que pesaba en las gallinas esa mañana, muchas no pusieron y la asamblea, aunque repleta, en silencio comenzó. Todavía no acababa de decir sus primeras palabras la gallina que moderaba la situación, cuando un disparo se escuchó muy cercano haciendo silencio absoluto esta vez al instante. Era el dueño del gallinero que mataba al coyote, al maldito coyote que se había estado comiendo a sus animales.

Las gallinas, con la respiración cortada, vieron pasar al hombre con sus botas de caza y el coyote en la mano, lo arrastraba dejando una línea de sangre en la tierra que se abrió paso entre ellas. Podían sentir el olor a sangre y el calor que aún desprendía el animal que con los ojos todavía abiertos pasó entre ellas pero ya no podía lanzarles su vaho mortal.

Las gallinas no celebraron. Las manos ejecutoras cambian, a veces también la presa, pero el destino no. 

Publicado la semana 32. 11/08/2019
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