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Erika Prado

Cuando tenía brazos

Recorro la ciudad cargando una pesada caja llena de recuerdos, tristes, felices, de todo tipo. La caja tiene casi los mismos años que yo pero a diferencia de mí es capaz de arrancar sonrisas, llanto o fastidio en las personas y yo generalmente solo doy lástima, lo importante es que somos un equipo y sería difícil seguir existiendo la una sin la otra. 

 

Cuando era niña veía a mi papá todos los días reparando estas cajas y cada que me acercaba a curiosear o con la intención de ayudarle me corría alegando que mi lugar era la cocina, que eso era cosa de hombres y lamentaba no tener un hijo varón. En ese tiempo yo tenía ambos brazos y me alejaba a un rincón donde me volvía como invisible para poder ver de qué forma revisaba y reparaba las filas de cajas que con su monopié se recargaban en todas las paredes del taller. Él era un hombre respetado por la maestría en su labor y ellas dieron sustento a mi familia por mucho tiempo. Ser organillero, en un tiempo, fue un oficio reconocido y saber repararlos altamente valorado.

 

La caja es tan noble que me permite tocarla con los pies. Hago girar la manivela con uno, mientras con el otro empujo la canasta para tentar a los transeúntes a echar alguna moneda en ella. Pago renta para poder tocar una, los organillos, mi casa, papá, mamá y mis brazos fueron arrancados de mí en aquel derrumbe que me convirtió en una mujer huérfana, pobre y manca, la vida es así. Desde entonces salgo cada día esperando me vaya mejor que el anterior y hago mi labor por necesidad pero con mucho amor. 

 

Cada vez somos menos organilleros, parece que nos vamos apagando, agonizamos dicen muchos. Dependemos de la nostalgia, comemos y nos cobijamos de ella. 

 

A veces corro con suerte y encuentro personas que disfrutan de los recuerdos que emanan del organillo, uno que otro se acerca a decírmelo con los ojos llenos de lagrimas o con la voz cortada y me dan unas monedas, muchos otros se incomodan con nuestro sonido y sé que es porque no han aprendido a mirar en sus propias cajas, no las valoran o no saben que tienen una, no todas están hechas precisamente de música pero es tarea de cada quien descubrir la suya, después de todo no somos tan distintos, yo pase por eso y siento pena por ellos. Pocos saben que todos llevamos un organillo dentro, una caja cargada de recuerdos de momentos especiales, pesada o ligera la andamos cargando siempre y encontrar a las personas adecuadas, que lo hayan descubierto es difícil pero posible. 

 

No hay nadie que disfrute más su propia caja que yo, me transporta a lugares, épocas o personas muy preciadas, parece que puedo olerlas, escucharlas o verlas bailando con los ojos cerrados cantando a todo pulmón y ocurre algo mágico, se transfieren sensaciones, pues aunque ignoro lo que la canción les hacía sentir en ese momento, sé que era parte de ellos y ese recuerdo ahora es parte de los míos. La melodía, letra, voz o todo junto me conecta con personas todo el tiempo, presentes o ausentes, vivas o muertas, están y me llenan de sensaciones de tal manera que mis brazos aparecen, para mí.  

 

Por eso digo que cuando tenía brazos nos los tenía, desconocía todo esto y me negaba a abrazar a las personas, a abrazarme a mí misma, me negaba a sentir. Tuve que perderlo todo para en algún punto, ya sin ellos, aprender a hacerlo a través de la música y por fin soy quien quiero ser: humano, nada más. Las partituras que cargo en mi caja son mi vida misma, contienen todo eso que soy y no me daba cuenta, todo eso que sentí y nunca expresé, hoy lo sé y siento aquí entre mis brazos, soy una mezcla musical viviente, ardiente y cambiante, por eso no tengo miedo a morir si estoy con mi caja sonando, donde habitan todas las personas y experiencias que me conforman y que abrió secretos que ahora me acompañan y quisiera compartir con todo aquel que esté dispuesto a escuchar-se. Se puede hacer todo sin brazos, hasta abrazar, pero por favor, no esperen a perderlos. 

Publicado la semana 3. 20/01/2019
Etiquetas
La vida misma , En cualquier momento , Recuerdos, musica
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