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Erika Prado

Goyo [Última Parte]

Pasaba dormido veinte horas al día, el tiempo restante las ocupaba en comer pastelillos con refresco, masturbarse y aferrarse a la idea de que todo había sido otro de esos extraños sueños, que sus papas regresarían de su viaje el siguiente viernes como estaba planeado e irían a cenar con el Sr. Won. A veces me reclamaba que si yo no estuviera ahí podría volverse loco a gusto, extrañamente, mi imaginaria presencia lo arrastraba a la realidad, de alguna forma estaba ahí para apoyarlo y arruinarlo al mismo tiempo, es confuso. 

 

Comenzamos a andar desnudos por la casa, más sucia cada día, esperando quitar el mayor peso posible del cuerpo, como si sin la ropa se pudiera aliviar el aplastamiento del pecho que provocaba el dolor. La losa seguía ahí, sobre nosotros, y Gregorio ya no tenía ganas de seguir recorriendo lugares cargados de recuerdos para aliviar la carga. 

 

Cuando veía los tatuajes que le cubrían los brazos intentaba recordar el motivo por el que se había hecho cada uno y por más que se esforzaba, casi se obligaba, ninguno fue relacionado con sus padres, ahora que no estaban eso comenzaba a molestarle ¿alguna vez había hecho algo por ellos? Asistir a su cremación y mantenerlos en el frigorífico era poco y horrible.

 

Se acercaba el cumpleaños de papá, nunca le gustó festejar pero cada año había un ambiente especial en la casa, debe limpiarse y mantenerse así, como cuando ellos estaban. Una ducha y ropa limpia marcaron concretamente el inicio de las nuevas reglas del departamento, señalé que todo lo que increpaba mamá, finalmente era para poder funcionar en el mundo sin ellos: levantarse a cierta hora, desayunar, escuela, deberes, dormir, no era nada difícil estando solo ¿por qué era casi imposible cuando mamá lo pedía? Al soltar estas preguntas al aire, la losa parecía dejar de pesar por un momento para comenzar a quemar la piel, lo que era peor aún que cargarla, lastimaba. Así fueron llegando fechas importantes, o que en algún momento lo fueron, como el propio cumpleaños, la navidad, el año nuevo. Para Gregorio todos los días eran iguales, planos, sin sentido. Lo único que medianamente lo interesaba eran los programas de tatuajes. Por un momento creí que podría tomar ese camino, aprender a tatuar, pero no, era otra la idea que se iba gestando. 

 

 

 

Por fin había ratos buenos, podíamos ver algo en la computadora y distraernos de verdad. Asomaban algunas ideas, cómo ganar dinero extra, reinscribirse en la escuela e incluso cambiar la decoración, pero no salían de lo cognitivo, lo conativo, la acción, se sentía aún lejana. Marqué una fecha en el calendario, elegí sin decirle, el segundo aniversario luctuoso de sus padres, era el día exacto en que Gregorio debía dejar de lloriquear y hacer algo, generé una lista de pendientes en su celular, sonaba cada 12 horas con una melodía espantosa como recordatorio de que un día debía movilizarse, aunque le resultara nefasto. Poco a poco fue comenzando.

 

Hacer limpieza

Preparar algo de comer 

Sacar las urnas del refri 

Decidir qué hacer con las cenizas 

Bañarse por lo menos cada tercer día

Decidir qué hacer con las cosas personales de sus papás

Hacer algo distinto a masturbarse  

Hablar con alguien de verdad

Redecorar el departamento

Planear cómo generar un ingreso monetario 

Hacer las compras y pagos de manera física 

Retomar la escuela 

Ir al banco por la tarjeta para disponer del finiquito mensual 

 

Con tan pocos avances, estaba casi tan muerto como sus padres, el departamento se volvió un refrigerador gigante donde ya había tres muertos, ¿cómo era posible que yo, el producto de su psique doliente, era el ente más vivo en ese lugar? 

 

 

Aterrizó la idea de rentar la habitación de sus padres, presioné e hice notar lo que habría que accionar para hacerlo realidad, esperando que se motivara y empezara a concretar, pero puso cara de arrepentimiento, antes de la muerte de sus padres todo lo había tenido peladito y en la boca, ya era hora de que se convirtiera en el hombre que necesitaba ser y buscara su independencia, o finalmente, planeara la manera de reunirse con sus padres, muertos todos, nadie sufre. 

 

Mencioné, así nada más, que le proponía trabajar a prisa y con la ganancia del primer alquiler nos hiciéramos un gran tatuaje. Gran idea, por primera ocasión Gregorio despertó con un objetivo claro: clasificar las antiguas cosas de sus papás para conservar algunas, y deshacerse de lo más posible hasta despejar por completo la habitación para rentarla amueblada a viajeros o quien quisiera pagar por día.

 

No fue fácil, el tobogán de emociones a veces nos derrumbaba, yo mismo no quería seguir, cada objeto estaba cargado de algún recuerdo más o menos doloroso, pero cedió, el dolor cedía un poco cada vez. Me di cuenta que tendría que dejarlo, entre más enfocado estaba Gregorio en su meta, más me ignoraba, un hecho agridulce, irreal.

 

 

Ahora, por más presión que intentaba ejercer sobre él, nada funcionaba, pasó de ser autómata a autónomo y después de regalar algunas cosas, vender otras y tirar muchas, todo iba tomando forma. Había días enteros en que yo no pude saber qué pasaba, era como si entre más se concentrará Gregorio en algo yo fuera difuminándome en sus ideas, sé que avanzó, retrocedía solo para dar pasos agigantados, ya no hablaba conmigo ni necesitaba opiniones, me recordaba en sus terapias pero para sus planes no era requerido.

 

 

Hubo un día en que aparecí con fuerza, pero no de la forma habitual. Fue un día extraordinario donde supe que Gregorio era otro, pues no me permitió gran cosa, me sentía y lo sentía, en la piel. Era el último, el pasado estaba contenido en su piel de manera diferente, sin quemar; con dolor pero sin herir; con ardor pero sin sufrir. La aguja que ahora perfora su cuerpo es, extrañamente, de sanación, son colores mezclados con cenizas que de alguna forma, peculiar como lo son las formas de Gregorio, lo mejoran, lo ayudan a llevar a sus padres de forma concreta en su cuerpo y en su corazón, en su sangre, literal y simbólicamente. Lo renueva. Ese enorme tatuaje que se hizo con las cenizas de sus padres también me contienen, me hacen real y me desaparecen al mismo tiempo. Cuando Gregorio dijo adiós, nos recibió. Cuando nos dejó ir, evolucionó... Soy Goyo. Soy enfermedad. Soy cura.

Publicado la semana 26. 28/06/2019
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Adios. Gustavo Cerati , Lo que está mal para otros es bueno para mí, El viaje que es la vida
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