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Erika Prado

Goyo [Segunda Parte]

Permanecí en la silla del escritorio mientras él dormía la siesta de placer, sabía que eran unos pocos minutos antes que despertara y me trasladé a la orilla de su cama para disminuir la sorpresa. Habían pasado más de quince años desde la última vez que nos vimos, y aunque sabía que estaba ahí porque me necesitaba, de alguna manera quería comenzar a protegerlo de inmediato. 

 

- Por qué tardaste tanto Goyo – dijo Gregorio viéndome con ojos tiernos pero de reclamo. 

 

Sus rasgos finos ahora estaban bien acentuados, tenía la piel blanca, la barbilla partida, ojos color miel, cabeza rapada y el pelo en crecimiento, apenas visible que le enmarcaba el cráneo, le daba un aspecto rudo. Sus cejas seguían rubias, delgadas y bien definidas, la pequeña arracada en la oreja izquierda afilaba aún más su rostro que ya no era de niño. 

 

El teléfono interrumpió de momento, ubicándonos en la realidad: los papás estaban muertos y nosotros únicamente nos teníamos el uno al otro. Era el abogado, quería reunirse con Gregorio para afinar los detalles del testamento, no había a nadie más que llamar así que se trataba simplemente de transmitir los deseos de los muertos al huérfano. Con la bocina aun en la mano, se le plasmó una sonrisa en el rostro, aunque no conocía exactamente el estado de las finanzas familiares, sus papás nunca lo dejarían desprovisto, pensó en seguros de vida, propiedades, algún secreto familiar que lo haría inmensamente rico literalmente de ayer a hoy, si íbamos a estar solos lo haríamos sin restricciones monetarias. Extendí, frente a su cara, los dedos superiores de la mano fuertemente, para indicarle que a las cuatro pm estaba perfecto, cerró la cita en el domicilio particular del licenciado y al colgar la bocina inmediatamente le vino una imagen de sus padres, verdosos y desnudos, entrelazados uno al otro amontonados dentro del refrigerador, no es momento de culpas, vamos a ser ricos y ellos son ceniza, nada más. 

 

Se metió al baño cerrando la puerta con fuerza, la última vez que lo había sentido tan enojado fue cuando les contó de mi existencia a sus papás para culparme de la cama mojada casi cada noche. La descripción de un gordo desnudo llamado Goyo en el cuarto de su hijo los asustó tanto, que olvidaron por completo lo de la pipí, y lo regresaron a dormir con ellos. Entonces yo era más que nada su compañero de juegos y podía consolarlo fácilmente, al explicarle que el que se orinaba era él, siempre él y que lo hacía para sentir calientito entre las piernas, como cuando dormía con su mamá, con la que además ya iba a dormir de nuevo pues finalmente había ganado en su berrinche, se le bajó el enojo y me perdonó. Hoy las circunstancias cambiaron demasiado, y no sé de qué seré capaz. 

 

La cita con el abogado fue un desastre. El tesoro familiar consistía en el departamento y un fideicomiso que se la daría mensualmente hasta terminar sus estudios. Servirá para no morir de hambre, no más. 

 

Gregorio quería postergar lo más posible el regreso a casa pero no tenía otro lugar a donde ir, su mamá le dijo, siempre, que era importante tener amigos pero él no sabía cómo hacerlo, en realidad le era muy incomodo tener que cruzar palabra con alguien, se esforzaba y no le salía, nunca lo logró. Decidió dar un paseo o perderse por ahí; sin darse cuenta, se encaminó al lugar donde iba a cenar con sus padres todos los viernes, era un antiguo café de chinos con una vitrina para pan que daba hacia la calle y una gran barra de madera vieja donde el Sr. Won servía café separando bastante la jarra de la taza para lograr abundante espuma. Miró el pan un rato, tenía horas sin probar bocado pero no sentía hambre, se veía a él mismo sentado en uno de los gabinetes con sus papás enfrente, riendo y decidiendo si pedir carne con papas asadas o chop suey. Dejó la fantasía y siguió de largo por la banqueta, cruzó la calle para entrar al parque, se sentó en la fuente donde a sus papás les gustaba ir a contemplar la iluminación del antiguo edificio de correos o el museo del caballito, todo en esas calles le recordaba a los muertos, pero ahora no se veían llenas de alegría y vida nocturna como siempre, lucían apagadas, sucias, con lugares tristes, aburridos y vacíos, exactamente como él se sentía por dentro.

 

El peso de la losa en su espalda apareció de nuevo, no podía dejar de pensar y reprocharse, por la alegría que sintió cuando sus papás le dijeron que se irían de viaje, a ese, donde perdieron la vida, por unas semanas. Pensó que sería libre para hacer lo que quisiera, sin nadie que le cuestionara a qué hora pensaba dormirse o si de verdad hacía algo útil estando tantas horas en la computadora, hoy, esa libertad era un hecho irremediable que lo comenzaba a asfixiar, le provocaba un dolor en el pecho, debajo de las costillas, profundo, que se movía como un gusano creciente. La losa y el dolor alternaban para incomodarlo casi todo el tiempo, solo cuando estaba en los lugares que le recordaban a sus muertos parecían desaparecer.

 

Hoy, más que nunca, necesitaba responder a la pregunta de ¿qué diablos iba a ser con su vida? lo que lo llevó a pensar a qué vida se refería, si se había terminado la única que conocía, tenía que comenzar una nueva, no había opciones, pero cómo.

 

Continuará... 

Publicado la semana 25. 20/06/2019
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Adios. Gustavo Cerati , Lo que está mal para otros es bueno para mí, El viaje que es la vida
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