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Erika Prado

Goyo [Primera Parte]

Era el día más largo y raro de su vida o lo que recordaba de ella, no podía pensar en una sola cosa a la vez, su cerebro estaba acelerado, las ideas iban agolpándose nada más, sin que en realidad pudiera hacer un plan para salir de las obligaciones que sentía como una baldosa que le impedía movilizarse. La primera de ellas era la incineración, no tenía que hacer gran cosa más que presentarse en el crematorio, esperar a que se hiciera el servicio y se cumpliera con lo estipulado en el contrato. Todo estaba pagado y programado. Ni siquiera tuvo que avisar a nadie ya que la secretaria notificó la muerte de los licenciados a todos en su agenda, incluyéndolo.  

 

No llegó mucha gente al funeral ni a la cremación, sus padres eran hijos únicos de hijos únicos y con él, sumaban tres generaciones de individuos solitarios, no tenían amigos cercanos y solo aparecieron algunos colegas y empleados de la compañía que, después de hacer acto de presencia, desaparecían sin despedirse. Gregorio, el huérfano, estaba casi transparente, con la mirada a todos y ningún lado al mismo tiempo, se sentía distante y ajeno en esos rituales de muerte social a los que ningún joven de 23 años está familiarizado. 

 

Salió del crematorio con una urna de cenizas en cada mano, recargadas en el antebrazo y con el peso de la baldosa que aún sentía en la espalda, le costaba levantar las piernas a cada paso, sus botas parecían tener la suela de plomo o algún metal pesado y le impedían dirigirse hacia algún lugar directamente. Caminó sin rumbo hasta toparse con la entrada de una estación del metro, se metió y abordó el tren sin ver siquiera la dirección que tomaba, se sentó en el apartado para discapacitados y cerró los ojos apretando con fuerza ambas urnas a sus costados. Un instante después, la grabación que antecede al cierre de las puertas le anunció que estaba en el sur, por lo que dedujo que más bien se durmió un tiempo, pues se había alejado mucho de donde se ubicaba el crematorio, abrió los ojos y el metro iba por arriba de la ciudad, pudo ver que ya era de noche y se preguntó cuánto tiempo habría estado dando vueltas en la línea. Salió del tren a prisa en la siguiente parada, sus botas ahora eran ligeras y podía desplazarse con facilidad entre la gente que entraba y salía a la estación, hizo la parada a un taxi y se dirigió a su casa.

 

Después de un rato en el tráfico, por fin, comenzó a ver caras conocidas. La prostituta con su maltrecho uniforme de secundaria que al parecer surtía el efecto deseado, pues solamente se le veía por unos minutos en la banqueta mientras escogía a sus posibles clientes y les daba frases simples y grotescas, para después de hablarles cerca unos segundos y retirarse con ellos al hotelucho de la esquina. La señora en silla de ruedas que solamente tenía los muñones de las piernas y esperaba los altos en la avenida para posicionarse frente a los autos y abrirlos desnudos hacia ellos, con mirada lasciva, frenética y extasiada. Los teporochos que tapizaban la cuadra al dormir la mona en sus cartones y cobijas junto a las cortinas de los negocios cerrados. 

 

No sentía los brazos, llevaba horas cargando las doradas urnas con los nombres de sus padres grabados en ellas en letra manuscrita. Entró a su apartamento, aventó las llaves al pequeño vaciadero de bolsillos junto a la puerta y se dirigió a la cocina, metió las urnas al refrigerador como si quisiera detener el avance de los hechos. Mientras se quitaba la sudadera vio los tatuajes que a su mamá tanto le molestaban en vida y buscó una playera de manga larga para ocultarlos, por primera vez en mucho tiempo no quería hacerla enojar ya muerta, se tiró en la cama boca abajo, la losa en la espalda por fin había podido derribarlo. 

 

 

 

Vio a su madre desnuda en un manantial, con gotas de agua escurriendo de sus pezones, llamándolo, no era la primera vez que soñaba algo así. A los cinco años de edad, en medio de la madrugada, salió a buscar leche a la cocina y al pasar por la habitación de sus padres escuchó quejidos ahogados de su mamá mientras su papá decía: – te voy a hacer otro hijo– El pequeño Gregorio corrió a su cuarto, se tapó por completo con las cobijas y se quedó dormido, furioso. Soñó con su mamá, desnuda lo esperaba dentro de agua transparente y cristalina. Aquella noche comenzaron las micciones involuntarias y hoy, el día en que los habían incinerado volvía a verla en sueños. Despertó sudando, con una erección que levantaba ligeramente la sabana y le provocaba confusión mental, aletargado como estaba, buscó con la mano su pene y lo apretó ligeramente hasta que una gota de lubricante le resbaló por las yemas de los dedos, se acarició con los ojos cerrados hasta que, en las sabanas, se plasmó un pequeño circulo de semen que se expandió por un segundo mojando la tela.

 

Continuará... 

Publicado la semana 24. 15/06/2019
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Adios. Gustavo Cerati , Lo que está mal para otros es bueno para mí, El viaje que es la vida , Tatuajes
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