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Erika Prado

Bola de oro

Dicen que Don Chepe, el más anciano del pueblo hasta hace poco, presintió su muerte. El día que lo supo mandó matar a su bola de oro, como le llamaba a un toro cebú que tenía años de estar con él y al que apreciaba de verdad; todos nos asombramos con la noticia. Conocíamos muy bien al toro pues en los encierros, el Don se jactaba de controlar por completo al animal, lo demostraba parándose delante de él y hacer que, a su señal, detuviera su marcha para ir a echarse a sus pies como un ser sumiso y obediente. Daban un gran espectáculo.

El toro era su única compañía y ocupación, tenía tántos años Don Chepe que ningún familiar le sobrevivió. Con el correr del tiempo, en completa soledad, el Don fue acumulando riquezas. Dicen que tenía ollas de barro donde guardaba su dinero y su oro. Cuentan los pobladores que los enterraba en algún lugar de su casa, pero nadie sabía dónde, pues aunque en varias ocasiones intentaron robarle, habían vaciado su casa y puesto de cabeza todo dentro de ella, nunca se encontró ni un centavo en su propiedad.

El Don, prometió a los matanceros que apalabró para matar su bola de oro, toda la carne del animal a cambio de dos cosas: que lo hicieran dentro de su propiedad y, lo más importante, un taxidermista que venía desde muy lejos, lo desollaría para que pudiera trabajar con la piel del animal. Así se hizo, y después de que los matanceros acarrearon su parte, se quedó el taxidermista a prepararlo todo, estuvo unas semanas viviendo en casa de Don Chepe, luego se fue y nadie supo más de él. 

Todos en el pueblo pensamos que finalmente, el viejo se había vuelto loco y había mandado a disecar a su mejor amigo, el toro cebú, para que lo enterraran con él cuando su muerte llegara. Y llegó, tan sólo unas semanas después, encontraron muerto al Don en su cama, no parecía dormido o tranquilo como suele ocurrir con las personas mayores, estaba con los ojos abiertos y su carabina en el costado, vigilante. 

Bajo a su catre estaba su toro, o parte él, pues solamente conservó su cráneo y cornamenta. También había un sobre con dinero y un escrito muy corto, en que Don Chepe pedía que lo enterraran en un lugar preciso de la propiedad y a cierta profundidad junto con los restos de su bola de oro; los billetes eran suficientes para tales efectos. Todo se hizo como pidió. 

En la casa sólo se encontraron algunos muebles viejos de madera, el catre, unos cuantos trastes de peltre, ropa zarrapastrosa y varias ollas de barro, algunas resquebrajadas y otras rotas por completo. Todo el dinero que se supone tenían no aparecía en ningún lado, y tampoco es que se hubiera buscado mucho, pues dicen que en cuanto comenzaba a oscurecer, estando en cualquier lugar de la casa, se escuchaba el bramido de un toro afuera, lo que ahuyentó a los que insistían en buscar. Regresaron muchos, varios días… Y nada. 

Transcurrieron meses hasta que las autoridades decidieron demoler la casa y expropiar la propiedad, con el fin de utilizarla para sembradíos comunales. Sospechosamente, hubo excavaciones en distintas partes del terreno. Los vecinos se arremolinaron llenos de curiosidad cuando, por una orden directa del presidente de la comunidad, se cambió de lugar el sepulcro con los restos del Don. Muchos apostaron que ahí se encontraría el tesoro, como ya le llamaban, y brincaron de alegría cuando la maquina excavadora topó con una losa de metal. El pueblo se paralizó y no hubo forma de tranquilizar a tanta gente, acordonaron la zona y, a punta de pala y pico, un par de hombres hicieron el trabajo de excavar con mayor cuidado, lo que encontraron fue una caja de metal muy pesada, los hombres más fuertes se ofrecieron para ayudar a sacarla, pues temían que una maquina dañara su contenido. 

Después de horas de arduo trabajo, lo lograron. Con mucho esfuerzo la abrieron pues tenía cadenas que la protegían, todos nos llevamos una gran sorpresa con lo que se halló en su interior: sobre varios pequeños baúles de metal viejo perfectamente acomodados, estaba la osamenta de un animal grande a la que le faltaba el cráneo, los carniceros que estaban presentes, aseguraron que eran huesos de toro, sin lugar a dudas, y todos se convencieron que en los baúles estaría la fortuna de don Chepe, esperando por ellos, así que comenzaron a empujarse para poder tomar alguno, los policías sucumbieron a la tentación e hicieron lo mismo, los que lo lograron, al abrirlos, lo único que encontraron dentro de esos pequeños cofres fue mierda de vaca seca. El chasco fue tan grande y vergonzoso que la gente se esfumó, embarrada de caca y la peste se extendió por todo el pueblo.

Desde entonces, por las noches, se escuchan bramidos de toro resonar por todo el poblado, ya no nada más en la propiedad donde algún dia estuvo la casa del Don, es como si bola de oro supiera del interés de todos ahí por saquear a su dueño. El toro anda rondando la propiedad donde nació y murió y cuida los tesoros de don Chepe, pues no en vano le llamó así, conservó su piel para, con sus riquezas dentro, enterrarlas de manera segura. Protegidas por la criatura que las envuelve se mantiene la lealtad que el animal demostró en vida. A veces, cuando el aire sopla, el olor a mierda de vaca se esparce por las calles, entra a las casas y nos recuerda lo miserables que podemos llegar a ser.      

Publicado la semana 14. 02/04/2019
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