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Erika Prado

Perros tristes

Hubo una vez en nuestra colonia una epidemia de perros tristes. La visita a la veterinaria los dejaba así, idos, con la cola baja y los ojos caídos, ya nunca regresaban a su normalidad. 

 

Pronto se corrió el rumor de que algo horrible sucedía dentro de aquella clínica. Cuando uno de sus voluntarios se suicidó, la noticia corrió por toda la colonia, me atrevería a decir que más allá de sus limites, si de algo nos sentimos orgullosos es por ser punto de encuentro de colonos circunvecinos y tener una epidemia de perros tristes seguida de un suicidio en el mismo lugar en donde los animales trastornaban, parecía ensombrecer ese sentimiento, además de apuntar a una conexión entre ambos hechos.  

 

Lo único bueno después del suceso, fue que no hubo más perros tristes. Lo malo, que los animales infectos por la tristeza se quedaron así para siempre. Lo fatal, enterarnos de lo que realmente sucedió y es que el suicida dejó en su última nota, a manera de comentario en la página web de la veterinaria, la explicación de lo sucedido. 

 

Por un imperdonable descuido propio, decía el post, la anestesia empleada en las cirugías caninas fue reemplazada por una sustancia paralizante. No merezco vivir.

 

Concluimos entonces, que en todas las intervenciones quirúrgicas los perros eran suministrados de una sustancia química que no los anestesiaba, únicamente impedía su movimiento, por lo que atravesaban desde el corte del bisturí hasta los puntos de sutura con plena consciencia pero inmovilizados. Que la epidemia de perros tristes se debía exactamente a la misma situación, pues después de padecer tal dolor ningún ser vivo vuelve con naturalidad a ser quien fue antes de ello y que el sufrimiento era en realidad lo que infectaba a nuestras mascotas.

 

De estas circunstancias nace el hecho del suicidio, el voluntario, al darse cuenta de todo el dolor que había causado su torpeza a los únicos seres que alegraban su vida, decidió acabar con la suya, tomando un arsenal del mismo fármaco con que dormían a las mascotas enfermas buscando parar su sufrimiento. 

 

Aquí conviene detenerse un momento a fin de encontrar la respuesta a una posible última pregunta, no todos los perros tristes habían necesariamente entrado a cirugía en la clínica, algunos fueron llevados a revisión, estética o por cualquier otro motivo que los hizo permanecer ahí unas horas ¿porqué todos y cada uno de ellos parecían muertos en vida? Cada quien encontró su respuesta y se guardó individualmente.  

 

Después de todo, nos quedaban los perros tristes, con los cachetes caídos y la mirada perdida, algunos dueños tomaron la decisión de dormirlos, pues su perro, al que conocían y amaban, en realidad ya no habitaba ese cuerpo peludo, eran seres sin alma. 

En la colonia parece que nada cambió, pero nunca podremos ser los mismos después de aquello, algunos tienen un perro triste en casa, otros en un recuerdo, pero muchos más, llevamos un perro triste en el corazón. 

Publicado la semana 1. 10/01/2019
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