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Dona-X

Empapado de vida

...Y sucedió que me atravesaban por el abdomen con una lanza. Fue una figura obscura que se escabulló por el edificio donde de pronto yo me encontraba; esa sombra fue la culpable de la injuria.
En un pequeño cuarto de paredes verdes claro, fue donde ésto ocurrió, y dónde mi sangre salpicó hacia el oeste, manchando todo lo que alcanzó a besar.
Una ventana translúcida de vidrio texturizado en Ártico, con un soporte de metal pintado en negro, filtraba los últimos y más débiles destellos del día. En la misma, una huella de mi mano, impregnada con la tintura granate del hierro de mis eritrocitos se deslizaba hacia abajo en un movimiento. En un intento ahogado por mantenerme de pie. Un intento inútil.
Sacaba la punta de un plateado reluciente desde lo profundo de mi cuerpo, impregnada también del rojo brillante que en perlas de muerte rodaban por el filo cuesta abajo. Entonces un último chorro escarlata brotó de mi vientre.
 Seguidamente, yo caía inconsciente, creyendo que moriría y que lo último que sentiría sería el intenso dolor en mis entrañas e inutilidad al ver cómo la vida se me escapaba sin tener nada más que hacer. Sin poder ni decir adiós.
El mundo perdía todo sentido y lentamente me entregaba al final; ya no me preguntaba cómo, ni quién, ni porqué; sólo me quedaba aceptar el deceso.
 Entonces, todo fue obscuridad...
De pronto despertaba con la herida cicatrizada en la misma habitación, la misma habitación en la que hace un momento había luchado por vivir, y en la que aún estaban las marcas de la contienda ocurrida.
 Me levanté, acto seguido llamé a la policía y a una ambulancia, contando lo vivido, o más bien, lo casi muerto. Ambos servicios decidieron no creer, yo me veía a mí mismo impotente, consiente de la incongruencia, la falta de sentido que tomó mi final, mismo que se veía tan cercano.
 Creí por un momento que había enloquecido, porque ví cómo la marca de la hoja en mi piel desaparecía. Pero en la habitación estaba todo en desorden, y la sangre seguía ahí, no tan fresca, el hierro se había oxidado, la sangre ya no era rojo, sino que café, con un olor para nada agradable. El arma (casi) homicida se encontraba aún en el suelo, y lo que yo hice fue salir del apartamento, confundido, todo empapado en mi propia vida.
 Caminé sin rumbo por las calles extrañamente conocidas, veía a la gente pasar, intentando comprender qué sucedió, sin éxito y lleno de desesperación. Intentaba hablar con los transeúntes, yo no podía externar las palabras con claridad y me tomaban por un orate; empezaba a dudar de mí mismo. Le rogaba a una mujer, una persona cualquiera que me escuchase, de cuclillas tomaba sus manos, suplicando que me ayudara, mas, la asustaba y salía despavorida lo más lejos de mi presencia.
Inútil y frustrado, corriendo bajo el infinito cielo nocturno, taciturno, llegaba a un área con árboles, y rocas, y tierra negra, y me echaba a llorar, recostado en la tierra, lejos del follaje verde, lejos de la muerte, lejos de toda razón, lejos de la vida, lejos de mí mismo.

Publicado la semana 52. 28/12/2019
Etiquetas
Bajo el sonido de la lluvia , Edgar Allan Poe , De noche, Con las manos frías , Crisis, sangre
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