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DanielHR

Memoria

El atronador sonido del televisor resonaba en toda la casa. Carlos sonrió. Hasta él mismo había olvidado las veces que le había pedido a Belén que bajara el volumen del aparato. Con todo, así resultaba imposible trabajar. La verdad es que la cosa tenía gracia... Con sesenta y cuatro años y todavía corrigiendo exámenes. Suspiró. Aquel ya era el décimo suspenso que rubricaba en lo que iba de tarde. ¿De verdad merecía la pena malgastar un domingo así? ¡Desde luego! Sabía el temor que inspiraba a sus alumnos y estaba muy orgulloso de ello. Algunos incluso le habían apodado "El Gestapo", mote que se había ganado a fuerza de suspender a toda una clase. Tampoco ayudaba su carácter arisco y extremadamente disciplinado, el cual le había granjeado las antipatías de algunos compañeros de facultad.

Claro que dentro de su casa era una persona muy diferente. Y no le importaba reconocerlo.

–Belén... –dijo con la esperanza de que le oyera–. ¡Belén!

Resignado, pero sin perder el buen ánimo, se levantó de su mesa de trabajo y se dirigió hacia el cuarto de estar. Belén estaba allí, mirando sin ver las imágenes que escupía la televisión. De vez en cuando se escuchaba el sonido de unas risas enlatadas. En aquel momento, los actores que salían en pantalla jugaban a contar chistes subidos de tono. Carlos se preguntó si Belén, con su mente infantil, comprendería aquellos diálogos. Sin embargo, tales pensamientos se esfumaron al contemplarla. ¡Qué guapa estaba aquella tarde!

–Belén, ¿me escuchas?

Pero ella estaba tan ensimismada que ni siquiera reparó en él cuando se sentó a su lado.

–Belén –susurró Carlos con ternura mientras la atraía hacia a él y la abrazaba.

Por un instante, ella pareció despertar, momento que él aprovechó para cogerla de la mano.

–¿Por qué haces esto? –preguntó ella extrañada.

Por toda respuesta, el viejo maestro le acarició el pelo y la besó suavemente en las mejillas. Todavía pensaba que había esperanza... Que aún no había empezado a olvidar...

–¿Por qué me besas? –volvió a preguntar ella.

Y él, sin poder evitarlo, se acordó de sus años de noviazgo, del día de su boda, de sus dos hijos...

–Para que me recuerdes, amor mío, para que me recuerdes...

Publicado la semana 91. 26/09/2020
Etiquetas
Amor, vejez, Enfermedad
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