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DanielHR

Tertulianos 2.0

–¡Mentiroso!

–¡No, tú eres la mentirosa!

–¡Ni hablar!

El público empezó a abuchear a Teodoro, el hábil y ácido tertuliano que, desde hacía poco, se había convertido en una de las estrellas más importantes de la cadena. Por su parte, Alfonso, el presentador, trataba de enfriar los ánimos con algún comentario ligero o haciendo bromas de doble sentido. El público gritaba y aplaudía.

Los ecos de los aplausos llegaban hasta el control, donde Armando y Raúl, encargados de la dirección y producción del programa, se encontraban ultimando los detalles del mismo y comentando lo que harían al salir de trabajar. Pura rutina.

–Que la cámara siga los gestos de Lucrecia… Eso es, muy bien…

–Alf, ajústate un poco mejor la chaqueta… 

Todo transcurría con normalidad. Teodoro estaba a sus anchas y arremetía contra todo el que quisiera llevarle la contraria. 

–Lo que has hecho no tiene nombre –dijo encarándose con su compañera–. Eres un-n-n-n…

–¿Eh?

Algo iba mal. Muy mal. Y Armando se dio cuenta de ello. 

–¡Raúl, mira eso!

Una desagradable espuma blanca comenzó a salir de la boca del tertuliano, al tiempo que sus miembros comenzaban a convulsionarse de forma violenta.

–¡Oh, Dios! ¡Se nos va!

–¡Alfonso! –le gritó Armando a través del pinganillo–. Acércate a Teo y mira a ver qué pasa.

–Teo... –dijo el presentador obedeciendo–. ¿Estás bien?

–Prrrtzzz… Ree-fuulll-aaal-ta-ta-trizstz… 

–¡No! ¡No! ¡No! –chilló Armando a punto de salir por la puerta y llevándose las manos a la cabeza–. ¡Ahora no!

–¡Va a estallar! –exclamó Raúl.

Un deslumbrante y cegador brillo, seguido de cientos de chispas inundó el monitor. Al poco, el cuerpo de Teodoro yacía en el suelo mientras sus compañeros de tertulia continuaban hablando como si no hubiera pasado nada. Un penetrante olor a plástico quemado comenzó a inundar el estudio. 

–Es falso, ¿me oyes? ¡Te voy a demandar! –berreaba apasionadamente Lucrecia mientras señalaba con el dedo índice al sillón vacío de Teo. 

Mientras tanto, en el control, las cosas tampoco iban del todo bien. 

–¡Pasa a publicidad! ¡Que corten la emisión! ¡Llama a los técnicos! –gritaba Armando.

–¡Que la cámara uno deje de enfocar a Lucrecia! ¡Dad paso a Alf! ¡Rápido!

Al instante todas las cámaras enfocaron al presentador que, aturdido, comenzó a sudar copiosamente y a tartamudear como un condenado, mientras la discusión de sus contertulios subía de tono y amenazaba con provocarle un ataque de nervios.

–¡Joder, Alfonso! ¡No te quedes ahí parado! ¡Haz algo! –vociferó el director.

El pobre presentador no sabía donde meterse y miraba de un lado a otro sin saber qué hacer, como si fuera la víctima de un secuestro a la que estuvieran obligando a leer una nota de rescate.

–Eh… esto… yo… nosotros…–balbuceaba. 

Desde el control, Raúl logró hacerse con el micro y gritarle por el pinganillo.

–¡Politonos! ¡Saca los politonos, por Dios! ¡Muévete!

–¡Oh, bien! –respondió él–. A ver… e-e-es-to… sí… ¿Queréis te-te-te-ner el últi-ti-ti-ti-mo éxito de Pacha Tron en-en-en el móvil? Pu-pu-pu-es envía…. eh… este… 

–¡Pero dilo ya, coño! –tronó la voz de Raúl

–Es que me he olvidado, tío –murmuró Alfonso entre dientes.

–¡Corta! ¡Corta de una vez! –gritó Armando tirándose de los pelos. 

–Lo sabía –dijo su amigo con la cara apoyada contra la mesa–. Sabía que teníamos que haberle hecho otra copia también a él.

Por fin el logotipo del canal ocupó el lugar de la sudorosa cara de Alfonso. El presentador se derrumbó sobre su butaca y rompió a llorar mientras algunos técnicos entraban en el plató y “apagaban” a los tertulianos y al público.

Raúl y Armando se plantaron en el decorado. Los gemidos de Alfonso resonaban por todo el edificio, y su estado de ánimo les hizo temerse lo peor. El tartamudeo había dado paso a un monótono sonsonete acompasado por unos gestos lentos y acompasados. Cualquiera diría que estaba arrullando a un bebé. 

–Alfonso… –le dijo Raúl sentándose a su lado y dándole algunas palmaditas en el hombro–. Alf, ¿estás bien?

–Ya no quiero seguir montando en el tiovivo, mamá –dijo el otro con la mirada perdida.

Visiblemente preocupado, el productor se levantó y se dirigió hacia donde estaba su amigo, que discutía acaloradamente con uno de los técnicos.

–Armie... –musitó Raúl sin dejar de mirar a Alfonso

–Ahora no. Estoy ocupado.  

–Oye, en serio… es importante, de verdad… Creo que a Alf se le ha ido la olla…

El director se dio la vuelta y observó la patética figura del presentador

–¡La madre que me…!–exclamó impresionado.

–¿Y bien?

–Haz que lo lleven a su camerino. Debe estar preparado para volver a salir en quince minutos. 

–¡No! –gritó Alfonso a voz en cuello mientras dos seguritas se lo llevaban y se perdían en el pasillo–. ¡No quiero salir otra vez, psicópatas! 

–Bueno –dijo Armando encarándose con uno de los técnicos–. ¿Qué tenemos? 

–Descacharro total. La batería ha reventado y se ha llevado por delante la célula de alimentación. 

–¿Pero tiene arreglo o no?

–Verás, hay que cambiar la carcasa, conseguir otra fuente…

–¿Cuánto puedes tardar?

–Tres horas, quizá cuatro… Eso sí, date cuenta que el calentón habrá dañado también la memoria y…

–¡¿Qué?!

–Pues eso… –respondió temeroso el mecánico ante el rostro cada vez más rojo de su jefe–. El cortocircuito habrá afectado a los circuitos de la memoria y…

Armando no le dejó terminar, y tras sacudirle un tortazo de general vikingo al técnico, se lanzó a estrangular al destartalado robot y a soltar una ristra de palabras demasiado indecentes para transcribirlas aquí. Al ver que no podía sacar nada en claro del monigote salvo algún que otro corrientazo eléctrico, se lió a patadas con el decorado. 

–¡Joder! –gritó como un perturbado mientras lanzaba por los aires una silla–. ¡Todo el trabajo de la temporada a la mierda!

–Espera, ¿quieres decir que no tenemos una copia de seguridad de los recuerdos de este fulano? –preguntó Raúl señalando hacia el amasijo de cables que estaba ante él.

–¡Pues claro que no, idiota! A éste lo pescamos a principio de temporada, cuando lo del nuevo reality. Y los recuerdos sólo son actualizados y almacenados cada seis meses. Si todavía estamos en la temporada media, ¿qué datos quieres que guardemos?

–¿Y qué pasa con la gente del público? –preguntó Raúl–. Podemos sacarle las pilas a uno de ellos y ya está, ¿no?

–Son modelos distintos –respondió Armando mientras trataba de serenarse–. El público sólo está diseñado para aplaudir, moverse y ya está. ¡Si hasta los efectos de sonido los sacamos de una mesa de mezclas! Sería como ensamblar un cohete americano con piezas de un satélite chino. Y además, ¿de qué serviría? Si la memoria se ha ido a tomar por culo entonces no hay nada que hacer… ¡Dios, de ésta nos echan! ¡Nos echan!

En aquel momento, una de las asistentes de producción entró en el plató.

–Chicos, el señor Kavan quiere veros a los dos en su despacho antes de las siete.

Raúl se puso lívido. 

–¡Ya está! Nos vamos a la calle…

–Un momento… Espera… –decía Armando mientras caminaba de un lado para otro–. ¡Tiene que haber una solución, joder! Espera… 

De pronto una bombilla pareció luminarse en la mente del director. 

–Raúl, llama al guionista y dile que se invente algo sobre Teodoro… ¡Un corte de digestión, un ataque al corazón…! ¡Yo que sé! Pero que sea creíble, ¿entiendes?

–¿Pero qué hacemos con el material que nos falta?

–Habla con Mantenimiento… ¡Que llamen a Mauricio! Necesitaremos las baterías de una de sus chicas. 

–¿Qué? ¿Las de Premios telefónicos? ¡Pero sí son el buque insignia del canal! –exclamó asombrado su compañero.

–¿Tienes alguna idea mejor? –le contestó tajantemente Armando, para después dirigirse al técnico–. Tú vete al Almacén de Recuerdos y mira a ver si nos queda algún disco de memoria sobre… sobre… ¡Dios! ¿De qué demonios estaban hablando éstos?

–No sé –respondió Raúl–. Creo que…

–¡Da igual, que el guionista lo arregle! –ladró el director mientras volvía la vista hacia al mecánico–. Tienes diez minutos. El robot de Mauricio estará aquí en cinco.

–¿Qué? –protestó el técnico–. No pienso poner las manos sobre las chicas de Mauricio. ¡A saber lo que hace ése en sus ratos libres!

–¿Quieres cobrar otra vez? ¡Hazlo! –rugió Armando.

La cadena entera parecía haber sido enloquecido. Pocos días más tarde, Teodoro (o lo poco que quedaba de él) era desarmado y enviado al desguace. En la actualidad, su puesto es ocupado por una chica de voz estridente, piernas de infarto y senos descomunales.

–No te dejes engañar, chico –le dijo Raúl una vez a un muchacho que se había quedado embobado mientras la contemplaba a través de una pantalla de plasma de un centro comercial–. Son de plástico.

Publicado la semana 80. 12/07/2020
Etiquetas
Robot, Programa, Televisión
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