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DanielHR

Kimihiro, el aprendiz de monje (y 3)

Una mañana, Kimihiro estaba en el mercado haciendo la compra cuando se encontró con uno de los alumnos de Yamamoto. Kimihiro se preguntó si de verdad eran tan sabios como se decía, de manera que se armó con la mejor de sus sonrisas y se acercó a él.

–¿A dónde vas? –le preguntó curioso.

–A donde me lleve el viento –respondió el muchacho amablemente.

–¡Oh! –contestó Kimihiro sin saber muy bien qué decir mientras observaba como el otro se alejaba calle abajo.

Kimihiro regresó al santuario preguntándose qué habría querido decir su nuevo amigo. Desde luego, podrían ser muy sabios, pero su educación y sus modales dejaban mucho que desear. "A donde me lleve el viento... ¡Vaya una respuesta!" pensaba Kimihiro, aunque lo cierto es que había sido una respuesta muy inteligente... aparte de que le había oído decir cosas peores a su maestro. Cuando por fin llegó al templo, se dirigió hacia la habitación de Tomomichi y le contó toda la historia.

–¿Pero es que no te das cuenta de nada? –gritó Tomomichi– ¡Ese canalla de Yamamoto se ha burlado de nosotros a través de uno de sus pupilos! ¡Nos está poniendo a prueba! Y tú eres tan tonto que no supiste darle una respuesta igual de profunda. ¡Condenado, imbécil! –ante los violentos aspavientos de Tomomichi, Kimihiro cerró los ojos en espera de recibir una bofetada–. ¡Maldita sea! ¡Ahora no tengo el bastón a mano! ¡De la que te acabas de librar...! ¡Además de estúpido, cobarde! Está bien, está bien... –murmuró algo más tranquilo–. Te perdono... Mira, esto es lo que haremos: la próxima vez que te encuentres con ese monje en el mercado y te responda eso, tú le preguntarás "¿Y si en vez de viento hace sol?"... ¡Ya verás cómo se queda con la misma cara de lerdo que se te ha quedado a ti!

–¡Pero maestro...!

–¡Ni maestro ni nada...! Ahora retírate y déjame solo.

Kimihiro consideró un milagro haber salido de ese encuentro sin un ojo morado. Eso sí, como castigo tuvo que irse a su dormitorio sin cenar y levantarse de madrugada para adecentar el oratorio. Sin embargo, sabía que sus problemas no habían hecho más que comenzar. Tal y como esperaba, Tomomichi le envió al mercado al día siguiente bajo la amenaza de no regresar hasta que diera con el condenado discípulo.

–¿En qué cabeza cabe que alguien vaya más de dos días al mercado? –se dijo Kimihiro tratanto de abrirse paso entre la multitud. Claro que nuestro amigo ignoraba que no todo el mundo era igual de avaro que su maestro.

Pero he aquí que se encontró con el muchacho del día anterior en un puesto de fruta. Kimihiro recordó lo que le había dicho el viejo y, ni corto ni perezoso, le preguntó:

–¿A dónde vas?

–A donde me lleven los pies –respondió el joven con una sonrisa de oreja a oreja.

Y al ver que Kimihiro no decía nada, le dio los buenos días y se marchó.

Kimihiro se puso lívido. ¡Nadie le había preparado para eso! Temeroso de cómo pudiera tomarse Tomomichi la nueva respuesta, hizo algo de tiempo dando un paseo por las calles de la ciudad y regresó al templo.

El recibimiento fue exactamente el mismo que se había imaginado.

–¡Idiota! –rugió Tomomichi cuando Kimihiro le contó lo ocurrido–. ¿Y me lo dices así, como si tal cosa? –Kimihiro no supo de donde salió aquel jarrón que estuvo a punto de impactar en su cabeza–. Maldición... ¡Maldición! ¡Qué listo es ese Yamamoto! ¡Pero qué listo...! ¿A dónde te crees que vas? ¡Ven aquí! –dijo furioso al ver que su alumno se había refugiado detrás de una puerta–. Escucha, esto es lo que vas a hacer: si vuelves a encontrarte con ese monje y te responde de la misma forma que ha hecho hoy, tú le preguntarás "¿Y si te cortan los pies?". Seguro que así se le bajarán los humos. Te acordarás, ¿verdad? Si es que lo que no se me ocurra a mí...

Y de nuevo el pobre Kimihiro tuvo que quedarse sin cenar y limpiar a conciencia el oratorio... Con la diferencia de que esta vez no tuvo que tomarse la molestia de madrugar... Más que nada, porque Tomomichi le ordenó pasar la noche al raso en las escaleras de entrada al templo sin más abrigo que una vieja manta. Ante esta situación, y con el tremendo frío que hizo aquella noche, ya os podéis imaginar que lo menos que hizo Kimihiro fue dormir.

Al día siguiente, un maltrecho y ojeroso Kimihiro estaba en la plaza del mercado esperando a que el enviado de Yamamoto hiciera su aparición. Y ya estaba a punto de caerse redondo al suelo cuando vio que una figura familiar estaba doblando la esquina y cruzaba rápidamente la plaza. Kimihiro todavía tuvo tiempo de alcanzarle y hacerle la tan ansiada pregunta.

–¿A dónde vas?

–Voy al palacio del Emperador –respondió su amigo–. El príncipe acaba de casarse y nos ha invitado a la ceremonia. Cuando la pareja se haya desposado, nos sentaremos a su mesa y brindaremos a su salud. No se nos permite beber, pero Yamamoto nos dijo que por tomar un poco de sake y vino de uva no pasará nada. También comeremos ricos manjares, pues Ebisumaru, el cocinero real, ha preparado un espléndido banquete: tonjiru de cerdo acompañado de hortalizas salvajes, tamagoyaki y oden servido con todo tipo de frituras, taichazuke con arroz y té de La India, takoyaki con gambas y salsa de eucalipto... También comeremos pastel de frutas y dulces de vainilla. Luego iremos a la capilla del palacio y rezaremos una oración por los príncipes. El oratorio es muy hermoso y en él reposan los antepasados del Emperador, encerrados en preciosas urnas de oro. Para terminar, descansaremos en las habitaciones que el Emperador reserva a sus invitados, por cuyas ventanas puede verse el Jardín Imperial. En medio del jardín hay una fuente tallada en marfil, en cuyo interior vive un kudagitsune que atrae la buena fortuna. Cerca de la fuente hay un lago rodeado de narcisos y que dicen que sirve de portal entre este mundo y el reino de los espíritus. Y allí estaremos hasta un poco después del mediodía, pues el príncipe también nos ha invitado a tomar con él el desayuno.

El muchacho se despidió de Kimihiro rogándole que le disculpara por no poder llevarle a la fiesta, pero el emperador había sido muy estricto en lo referente a las invitaciones.

Sin embargo, Kimihiro ya no le escuchaba. Desde el principio tuvo claro que la réplica de Tomomichi iba a servirle de muy poco, pero en ningún momento pensó que recibiría una respuesta tan detallada y contundente. Y temeroso de que aquello desembocara en un nuevo castigo, se dirigió con decisión al santuario, solicitó ser recibido por Tomomichi y, antes de que este pudiera preguntarle algo, le espetó:

–Dígame, maestro: ¿usted sabe lo qué es que lo manden a uno a tomar viento? ¡Porque yo me voy a donde me lleven los pies!

Y dicho esto, se marchó de allí dando un portazo y dejando a Tomomichi con un palmo de narices. Cuentan que el anciano se enfadó tanto que no dejó de llover en treinta días.

Aquella misma noche Kimihiro abandonó el templo. Tiempo después se supo que había ingresado en el santuario de Yamamoto y que este, reconociendo su valía, le había enviado a países tan lejanos como La India o el Tíbet. Cuando Yamamoto murió, Kimihiro pasó a ser el dueño del santuario, donde muy pronto se reveló como un hombre capaz y un digno sucesor de su maestro. Y dicen que llegó a ser tan sabio, que muchos no dudaron en considerarlo como una de las numerosas reencarnaciones de Buda.

Pero por mucho que meditase, nunca pudo descubrir el verdadero motivo por el que se habían peleado Yamamoto y Tomomichi.

Publicado la semana 8. 21/02/2019
Etiquetas
Andersen, Wilde, Perrault , Relato, Budismo, Monjes
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