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DanielHR

Kimihiro, el aprendiz de monje (2)

Yamamoto, en cambio, vivía tranquilamente en su santuario. No puede decirse que permaneciera ajeno a las intrigas de Tomomichi, pero les daba la importancia necesaria para poder dormir tranquilo por las noches. Después de todo, había ido a casa de Tomomichi varias veces para hacer las paces y este se había negado a recibirle. Le dolía muchísimo la actitud de su amigo, pero ya había hecho todo cuanto debía hacer. Si Tomomichi quería seguir estando enfadado, no era asunto suyo. Yamamoto estaba decidido a continuar con su vida, con o sin Tomomichi. Y como no era un hombre muy apegado al pasado y no había nada que le entusiasmara más que proponerse nuevos retos, decidió hacer de su santuario el más respetado de todo Japón.

Yamamoto sabía que el prestigio de un santuario no dependía únicamente del sacerdote que lo dirigía, sino de la sabiduría y la devoción de sus novicios. Los monjes del templo de Yamamoto eran los más devotos de Edo y su sabiduría sólo era comparable a su humildad. No había pregunta que no supieran responder y sus acertijos despertaban la admiración de los consejeros del emperador. Cuando alguien alababa su sagacidad, ellos decían: "Es obra de nuestro maestro. A él le debemos todo cuanto sabemos". Aunque no podía permitirse presumir de ello, Yamamoto se sentía muy orgulloso de sus alumnos y se esmeraba en su educación. Poco importaba que el emperador visitase el templo de vez en cuando o que la emperatriz de China hubiera pasado allí su juventud. Todos sabían que Yamamoto era un excelente maestro y su fama le precedía.

Por su parte, ya sabemos que los discípulos del templo de Tomomichi estaban gobernados por el terror. Y sí, es verdad que eran bastante devotos (después de todo, aprendían a golpe de bastón), pero su sagacidad no estaba a la altura de los muchachos del santuario rival. Tomomichi lo sabía y eso le enervaba la sangre. Si había algo que odiaba más que al propio Yamamoto era reconocerse inferior a él. Por eso dobló las horas de estudio de sus alumnos y les obligó a meditar, al menos, siete horas al día. ¡Y pobre de aquel que se distrajese durante las clases o los rezos! Además, para evitar que los jóvenes se acostumbraran a las comodidades propias de un templo, selló el pozo de donde sacaban el agua e hizo que sus alumnos sólo comieran una vez al día. Aquella férrea disciplina terminó por pasar factura a algunos alumnos, muchos de los cuales no dudaron en abandonar el templo. Con el paso de los años, el número de sacerdotes que aún permanecían en él estaba muy por debajo de los que tenía originalmente. Si antes llegaban al centenar, ahora no pasaban de la quincena.

Entre los alumnos más aventajados de Tomomichi se encontraba un muchacho avispado llamado Kimihiro. Si alguien del santuario necesitaba algo, en seguida recurría a Kimihiro. Era él el encargado de hacer todas las tareas, desde la limpieza y cuidado del templo hasta su administración. Conciente de que era un aprendiz muy competente, Tomomichi se valía de él para cualquier trabajo. ¿Que hacía falta un jardinero que arrancara las malas hierbas? Kimihiro se pasaba todo el día en el jardín hasta que se ponía el sol. ¿Que el cocinero del templo estaba enfermo? Kimihiro se ponía el delantal y preparaba el menú de toda la semana. Y pese a todo, nadie parecía reconocer su trabajo. El propio Tomomichi menospreciaba los esfuerzos de su aprendiz, alegando que no dejaban de ser las obligaciones propias de un novicio y que hacía el mismo trabajo que los demás.

Y lo peor es que no le tenían en cuenta para nada. Sí, es cierto que sobre Kimihiro recaían todas las tareas pero después, a la hora de tomar decisiones importantes, Tomomichi le relegaba a un segundo plano. Tal era el caso de su eterno enfrentamiento con Yamamoto, del que el viejo maestro se negaba a dar explicaciones. "Como dueño del santuario, no estoy en la obligación de consultar mis actos con nadie" solía decir con frecuencia. Y todo el mundo, incluido el desdichado Kimihiro, acataba respetuosamente sus palabras.

–¿Por qué no vuelve a hablarse de nuevo con Yamamoto, maestro? –le preguntaba alguna que otra vez Kimihiro a su preceptor

–Porque antes de volver a sentarme en la misma mesa que él, preferiría que me sacaran tres muelas –solia ser la cortante respuesta–. Ahora vete a sacudir los futones y no me molestes más.

Publicado la semana 7. 13/02/2019
Etiquetas
Andersen, Wilde, Perrault , Santuario, Budismo, Monjes
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