14
DanielHR

De amores y palabras

El Estudiante llegaba a su casa todos los días a las seis, justo a la misma hora en la que ella salía del portal. No se conocían. Nunca habían intercambiado ni una palabra... pero él se había enamorado perdidamente de ella. Cualquier otro la hubiera saludado dándole las buenas tardes o haciendo una observación sobre el tiempo que haría al día siguiente. ¿Acaso era tan difícil? Una vez escuché la historia de unos enamorados que se conocieron gracias a una anécdota muy tonta: él, que era muy pedante y tenía un gran concepto de sí mismo, le había dicho que un soldado prusiano era capaz de dar más de cien pasos por minuto; y ella, que era muy impresionable, puso los ojos en blanco y dijo "¡Oh!". La última noticia que tuve de ellos es que estaban a punto de casarse. ¡Así de fácil fue!

Pero el Estudiante de esta historia era demasiado tímido y tonto para hacer algo así (por saber, no sabía ni donde estaba Prusia), de forma que todas las tardes se repetía la misma historia: mientras su enamorada salía del edificio y se perdía calle abajo, él bajaba la cabeza avergonzado lamentándose por su timidez.

El Estudiante subía las escaleras maldiciendo su suerte. "¡Hoy será el día en que sepa toda la verdad!" se decía con frecuencia. Y no era una bravuconada. Cuando por fin entraba en su apartamento, se acercaba a su mesa de estudio, cogía uno o dos periódicos viejos y, armado con unas tijeras, empezaba a recortar las palabras de aquellos titulares que más llamaban su atención. Siempre procuraba tomárselo con calma. Después de todo, sabía que ella no regresaría hasta las nueve. Sin embargo, para esa hora, él ya tenía un buen montón de recortes sobre la mesa. Y cuando hacía balance de toda la tarde de trabajo, sonreía satisfecho.

Cualquier palabra era digna de pasar a su colección, aunque el Estudiante se lamentaba de recortar siempre las mismas. Por ejemplo, las palabras "peligro", "guerra" o "crisis", se repetían con bastante frecuencia, y no pasaba un día sin que se las encontrara por lo menos hasta cinco veces. Otras palabras eran más agradables, como "juguete", "música" o "diversión". Las había desde pequeñas y fáciles de pronunciar ("mar", "gato", "luna", "pez"...) hasta largas y difíciles ("pluscuamperfecto", "austrohúngaro", "electromagnetismo", "clavicordio"...). Había mayúsculas y minúsculas, verbos y sustantivos, artículos y pronombres... Y eso por no hablar del mosaico de colores que formaban algunas letras entre sí. El color amarillo de la palabra "hierba" se escondía detrás del verde oscuro con el que estaba escrita la palabra "sol". O quizá fuera al revés.

A veces no se limitaba a recortar palabras, sino frases enteras. Y solía suceder que, cuando las ponía a un lado de la mesa, unas y otras formaban todo tipo de construcciones. Todavía recordaba lo mucho que se había reído cuando, una tarde, superpuso un titular de la sección de "Noticias Internacionales" con el anuncio de unos grandes almacenes: La canciller de Alemania recomienda nuestro pescado de temporada. ¡Aquello sí que fue divertido! Cuando pensaba en la canciller de Alemania, ancha como un botijo y con su rostro tan serio y estirado, presumiendo de lo rico que estaba su besugo en mitad de una sesión del Bundestag, se moría de risa.

También recordaba cómo se sorprendió cuando, en una ocasión, vio que había unido los versos de lo que podría ser un poema contemporáneo, de esos que están ahora tan de moda: ¿Qué hay detrás de un kamikaze? Cazadores de sueños, buscando amores de tres vértices". Cuando esto ocurría, el Estudiante, que no era nada modesto, decía: "¡Caramba! ¡Qué ocurrente soy!". No podemos reprocharle que fuera tan presuntuoso. Al fin y al cabo, estaba enamorado. Y sin embargo, cuando se esforzaba en escribir algo mínimamente coherente, algo que de verdad reflejara sus sentimientos hacia ella, terminaba enfadándose consigo mismo al ser incapaz de encontrar las palabras adecuadas.

Cuando daban las nueve, el Estudiante metía dentro de una bolsa los recortes de periódico y se asomaba al balcón. No pasaban ni cinco minutos cuando su vecina ya estaba doblando la esquina y sacando las llaves de su bolso. Justo en ese momento, el Estudiante arrojaba el contenido de la bolsa a la calle, de tal modo que la mayoría de los recortes se prendían en los cabellos de la joven.

Pero ella nunca hacía caso de ellos y entraba en el portal. Después de todo, ¿qué es el amor no correspondido sino una sucesión de palabras que apenas tienen sentido entre sí y que sólo uno de los dos puede comprender?

Abatido, el Estudiante siempre bajaba la persiana y se encerraba en su habitación. ¡Y ni siquiera el recuerdo de la rechoncha canciller de Alemania vendiendo boquerones en el parlamento podía volver a hacerle sonreír!

Publicado la semana 66. 05/04/2020
Etiquetas
Amor, Estudiante, Balcón
Compartir Facebook Twitter
Género
Relato
Año
II
Semana
14
Ranking
0 134 0