08
DanielHR

Collioure

Y todo el campo un momento
se queda, mudo y sombrío,
meditando. Suena el viento
en los álamos del río.
A. Machado, Soledades

La ambulancia, convertida en un improvisado camión, recorría los verdes paisajes que tanto caracterizaban a los bosques catalanes en aquella época del año.

Todo había sido muy precipitado. En otras circunstancias, Antonio hubiera deseado coger el barco o el tren. “Un vehículo con clase para un hombre con clase” pensó entre divertido y triste (que no con ironía) mientras que la camioneta, atestada de refugiados, proseguía su marcha.

Su madre, una mujer mayor y casi ciega, dormía plácidamente junto él. Antonio le besó la mano y en un susurro, le dijo que todo iría bien, que en Francia podrían empezar de nuevo.

En la camioneta, un miliciano miraba con aire embobado a ninguna parte. Al fondo, una pareja de novios permanecía con las manos entrelazadas y murmurando disparates. Antonio los observó con simpatía. Nadie les decía nada. Simplemente, eran felices.

Por fin cruzaron Los Pirineos. Desde allí, tomaron un tren que les llevaría hasta Collioure. En la estación, Antonio contempló a la muchedumbre que trataba de subirse a los vagones. Al ver a toda aquella gente, se acordó de los refugios antiaéreos y del llanto de las mujeres. Inmediatamente desechó aquellos pensamientos de su cabeza.

Lo único que de verdad le consolaba era que Leonor no estuviera allí. Pese a que hacía más de veinte años que la muerte de su mujer le atormentaba, aquel pensamiento era una bendición. No quería imaginarla despidiéndose de sus padres o abandonando, entre lágrimas, su casa de Valencia (en el caso de que la hubieran tenido, claro)…No, cargar con su madre ya le parecía demasiado doloroso. Por una vez, la vida le había hecho un gran favor al poeta.

Pero aún así, el recuerdo de Leonor le infundía una enorme tristeza. De repente, se vio a si mismo al lado de la cama donde la joven permanecía enferma. ¡Antes había estado tan llena de vida! El silbido del tren le hizo volver a la realidad. Cogió a su madre cariñosamente del brazo y le dijo.

–Vamos.

Y subieron al tren.

Durante el viaje, recordó todo lo que había pasado en los últimos meses. Unas semanas antes, todavía había alcanzado a hablar con Negrín.

–¿Podremos volver? –le preguntó.

El político no supo que responder pero por la cara que puso, Antonio ya sabía que las cosas se iban a poner muy difíciles. Aún así, todavía dudaba.

La decisión de marcharse llegó unos días después. Mientras preparaba la mesa para la cena, la radio le confirmó sus peores temores. El vencedor no tendría piedad con el vencido. Ya Inglaterra y otros países europeos se habían apresurado a reconocer al nuevo régimen.

–¡Se acabó! –dijo mientras arrojaba el mantel al suelo–. ¡Estoy harto de todas estas historias! Me marcho a Francia.

Y ni que decir tiene que cumplió su promesa.

¡Iba a echar de menos tantas cosas! Todavía recordaba al bueno de don Miguel, al pobre Federico y a otros amigos que no habían podido llegar a ver el terrible desastre que la guerra había causado. Se preguntó que pasaría con Max y con los jóvenes Miguel y Rafael. Con un poco de suerte, tal vez ya hubieran abandonado el país. Recordó también a su hermano Manuel, que prefirió quedarse en Burgos, a la espera de ver qué rumbo tomarían los acontecimientos. Su despedida fue menos calurosa de lo que hubiera deseado. Un escueto apretón de manos y poco más. Quedaron en volverse a ver, aunque tanto uno como otro sabían que, al final, las palabras se las llevaba el viento.

Finalmente llegaron a Collioure. Allí recibió la visita de algunos exiliados. Le hablaban de cómo marchaban las cosas en España, del camino que habían tomado algunos de sus antiguos compañeros, de su hermano… El poeta, que procuraba parecer alegre y despreocupado, hacía las delicias de sus invitados, satisfechos al ver que su amigo seguía manteniendo su habitual entusiasmo. Pero Antonio sabía que no era así. En su mente, aparte del imborrable recuerdo de Leonor, estaba Soria. Siempre Soria…

A las pocas semanas de llegar, su madre falleció. A Antonio esta noticia no le sorprendió demasiado, pero fue un golpe que hubiera querido postergar. Había muerto durante la noche, calladamente. Al día siguiente, cuando entró en su habitación, la encontró arropada bajo las sábanas de la cama, como si aun estuviera durmiendo. El poeta le besó en la frente y permaneció un rato abrazada a ella.

El entierro fue bastante emotivo. El pueblo había acogido con bastante cariño al poeta, al que muchos ya le habían cambiado su nombre por el de Antoine.

–No entendemos –le decía el alcalde en un torpe español–, como usted ha podido acabar aquí. En nuestro país honramos a los poetas, no nos deshacemos de ellos.

–Ya quisieran en España pensar así… –añadió él–. Tanto unos como otros…

Y desvió la conversación hacia la última obra de teatro que se había estrenado en París.

A Antonio le gustaba callejear y de vez cuando se dejaba caer por un café que frecuentaban otros republicanos exiliados. Allí se enteró por unos conocidos que Manuel quería reunirse con él. Pero ni a su hermano le dejaban salir de España ni él podía volver. ¡Otro disgusto más cubría el cada vez más desanimado y apagado corazón del poeta!

La paciencia de Antonio había llegado al límite. Se sentía cansado, se despegaba de la vida… ¡Habían sido tantas cosas!

Fue entonces cuando sucedió. Una intensísima fiebre se apoderó de él. Durante los siguientes meses tuvo que guardar cama. Ni siquiera podía escribir.

“Ya he dicho todo cuanto tenía que decir” pensó.

Una noche su estado empeoró. Llamaron al médico, quien lo único que pudo hacer fue pasearse de un lado a otro de la habitación. El enfermo ya tenía en su rostro el sello de la muerte. Antonio sonrió feliz. Ya no oía el estruendo de las bombas ni el llanto de las mujeres que abrazaban a sus hijos. Ni siquiera padecía la pena del aquel despiadado destierro. Rememoró los paseos por Soria en compañía de su joven mujer, los juegos con su hermano en el campo, las tertulias en el café junto con sus amigos escritores… Y después… la nada.

Al día siguiente le dieron sepultura. Una bandera española y otra francesa cubrieron el féretro, aunque aquel día poco importaron los símbolos. La noticia conmocionó al exilio. Desde Madrid, el nuevo embajador español en Francia recibió órdenes tajantes. No dejaron que el cuerpo de Antonio regresara a España.

Publicado la semana 60. 23/02/2020
Etiquetas
Guerra Civil, Machado, Exilio
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