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DanielHR

Kimihiro, el aprendiz de monje (1)

Hace muchos años, en Japón, vivieron dos monjes budistas que presumían de ser los mejores amigos del mundo. Ambos convivían en el mismo templo y se encargaban de todas las tareas por igual. Mientras que uno se ocupaba del mantenimiento del huerto, otro cuidaba de los animales del establo. Así, ambos instruían a los novicios, encendían las lámparas de aceite cuando caía la noche y tocaban juntos la campana cuando llegaba la hora del rezo. Gracias a su esfuerzo, su santuario llegó a ser uno de los más respetados de toda Edo.

Pero un día ambos se enfadaron y dejaron de hablarse. Y lo peor es que nadie supo por qué. Se rumoreaba que uno de los monjes había sido capaz de llegar al Nirvana y conocer así a los Príncipes de los Cuatro Cielos, lo que provocó los celos del otro. También se decía que uno de ellos había descuidado sus obligaciones hasta el punto de que su compañero, harto de tanta holgazanería, había acabado por echarlo del templo. Se decían muchísimas cosas, pero nadie pudo averiguar nunca la causa del desencuentro.

El caso es que uno de los sacerdotes, el orgulloso Shikano Tomomichi, terminó por abandonar el santuario y fundar el suyo propio al otro lado de la ciudad. Por su parte, el venerable Shizuka Yamamoto, su compañero, prefirió quedarse en el antiguo templo y proseguir con su labor. Por aquella época, Edo era una ciudad muy pequeña y no era extraño encontrarse con la misma persona todos los días. Pues bien, la antipatía que sentían el uno por el otro era tan grande que, cuando se veían por la calle, más de una vez cambiaron de acera para no tener que saludarse.

Pasaron los años, pero la rivalidad entre los dos monjes no cesó. Al menos ése fue el caso de Tomomichi. El odio que guardaba hacia su compañero era proverbial y no había día en que se no acordara de él. Cuando alguno de sus alumnos le preguntaba por su antiguo amigo, Tomomichi montaba en cólera, castigaba a su pupilo enviándole a la cocina y se encerraba en su habitación hasta el día siguiente. El agrio carácter del sacerdote era conocido por todos y nadie osaba molestarle durante todo ese tiempo. Los pocos valientes que se acercaban a su puerta le oían rezongar durante horas. En una ocasión, uno de sus enfados coincidió con una tormenta que anegó las calles de Edo y ocultó el sol durante varios días. A partir de ese momento, la imaginación de los novicios se puso en marcha y muchos no dudaron en afirmar que el humor del maestro provocaba tempestades y mal tiempo. De ahí que, en los días de lluvia, algunos monjes formasen pequeños corrillos y murmuraran: "Cuando Tomomichi se enfada, hasta el sol se esconde".

Y eso por no hablar de la envidia que invadía a Tomomichi cuando se enteraba de los éxitos de Yamamoto. Entonces ya sí... La intensidad de sus rabietas desencadenaba la intervención de los feroces Raijin y Fuujin. ¡Y aun faltaba poco para que el terrible Raijuu abandonase su prisión! Así las cosas, muchos se temieron lo peor cuando el emperador visitó el templo de Yamamoto y le otorgó la categoría de Santuario Real; o cuando el primer ministro declaró que sería el lugar idóneo para celebrar la boda entre el príncipe heredero y la recién coronada emperatriz de China, una hermosa joven que pasó sus primeros años años sirviendo como doncella en... Sí, lo habéis adivinado: ¡en el templo de Yamamoto! Los éxitos de su antiguo compañero hacían babear de rabia a Tomomichi, y sus alumnos hacían auténticos malabares para evitar que tales noticias llegasen a sus oídos, no fuera a ser que la cólera de cien espectros de la lluvia se desatase sobre ellos.

Tomomochi tenía mucho carácter, pero eso no era nada comparado con la cantidad de planes que ideaba para humillar a su mortal enemigo. Se tenía por un as del sabotaje, pero en realidad era un auténtico chapucero... Como la vez en la que, armado con un cubo de pintura y una brocha, llenó la fachada del templo de Yamamato de garabatos e insultos: "Aquí vive un mentiroso", "¡Yamamoto, farsante!", "¡No tienes vergüenza, embustero!", "¡Ladrón!"... Y claro, como todo el mundo sabía que no se llevaba nada bien con Yamamoto, en seguida le echaban a él la culpa de tales destrozos. Tomomichi juraba y perjuraba que no había tenido nada que ver, lo cual, por supuesto, era mentira. Las denuncias se le agolpaban en su mesa de noche y todos los días tenía que comparecer ante el gobernador, a quien por supuesto no podía ni ver.

–¿Y ahora qué ha hecho? –le preguntaba divertido el gobernador siempre que Tomomichi aparecía en el umbral del ayuntamiento.

–Casi nada –le respondía el alguacil–. Ha ido de casa en casa recogiendo la basura de los vecinos y luego la ha arrojado al jardín de Yamamoto.

–Pero Tomomichi... –le recriminaba el gobernador con condescendencia–. ¿No le da vergüenza a su edad? ¿Se da cuenta de que vamos a tener que ponerle otra multa por eso?

Y Tomomichi, que además de ser la viva estampa de la soberbia era bastante tacaño, ponía el dinero sobre la mesa de malos modos y se marchaba de allí sin decir palabra. Aquella tarde los habitantes de Edo tendrían que volver a salir a la calle con paraguas.

Publicado la semana 6. 06/02/2019
Etiquetas
Andersen, Wilde, Perrault , Santuario, Budismo, Monjes
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