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DanielHR

El Duende

Érase que se era, un Duende que vivía en una caja de broma. Cuando se le daba cuerda, un resorte hacía que saliese disparado y diera un buen susto a todo el que estuviese delante de él. Cuando llegó a la casa de sus dueños, estos lo convirtieron en la novedad de la temporada. Cada tarde era una fiesta y todo el mundo celebraba su intervención entre risas y aplausos. Cuando las carcajadas del público aumentaban de intensidad, el Duende se quitaba su sombrero y saludaba a los presentes, encantado de que su espectáculo hubiese tenido tanto éxito. Por las noches, pasaba revista a la representación de esa misma tarde, tratando de idear nuevos números para así sorprender a su público.

A pocos pasos de dónde vivía nuestro amigo, se alzaba un castillo de cartón. La Bailarina estaba allí, sostenida sobre una única pierna en un maravilloso paso de baile, al tiempo que su vestido se reflejaba sobre un lago de cristal. El Duende la veía bailar todas las noches, admirado de su belleza y elegancia. Estaba claro que se había enamorado de ella.

Y tanto fue el tiempo que la admiró en secreto que el Duende no volvió a ser el mismo. Ni siquiera se molestaba en ensayar su número. Cuando se le daba cuerda, ya no saltaba con el mismo entusiasmo de antes, de modo que sus dueños se acabaron aburriendo de él. Pero al Duende no le importó. En su cabeza estaba la Bailarina y sus graciosos pasos de baile.

–¡Qué criatura más extraordinaria! –se decía a sí mismo antes de dormir–. Si ella me lo pidiera, sería capaz de saltar hasta el techo. Actuar ante los dueños de la casa está muy bien, pero así no hago más que desperdiciar mi talento. ¡A partir de ahora actuaré únicamente para ella!

Y desde ese día, cada vez que se encontraba con la Bailarina, pegaba tales saltos que cualquiera lo habría confundido con un cohete.

–Salta usted muy alto –le dijo ella en una ocasión–. Si continúa así, tal vez le dé permiso para venir a verme.

El Duende no hacía más que soñar con la hermosa muñequita e imaginar lo maravilloso que sería su noviazgo. Las más dulces fantasías sobrevolaban su imaginación. Pronto se dio cuenta de que aquel castillete de papel era un lugar poco apropiado para ella. Entonces tuvo la solución: ¡la llevaría al mágico Reino de la Luna! Allí serían recibidos por sus bondadosos soberanos, quienes abrirían la sala de baile de su palacio para así celebrar su llegada. ¡Y todo el pueblo estaría invitado a la fiesta! De nuevo los salones del castillo volverían a iluminarse, y todo el mundo hablaría de la elegancia de la Bailarina y de la exquisita educación del Duende.

–¡Qué buena pareja hacen esos dos! –murmurarían los invitados. Y tanto el Duende como la Bailarina sonreirían felices.

Cansados de tanto bailar, el geniecillo llevaría a su novia hacia el jardín más apartado del palacio, y allí le hablaría de su amor, al tiempo que varias estrellas fugaces cruzarían veloces el firmamento.

El Duende se perdía en sus pensamientos. El día menos pensado se declararía... Hasta entonces, se contentaría con seguir actuando para ella.

Pero pasado el tiempo la Bailarina dejó de prestar atención a las acrobacias del Duende, llegando a comportarse de forma grosera y a negarse a recibirle cuando este la visitaba. El motivo de esta actitud se debía a un Soldado de plomo que había llegado a la casa hacía pocos días. La primera noche, el Soldado y sus compañeros salieron de su cuartel y desfilaron ante el castillo de la Bailarina, que contemplaba la marcha muy admirada.

–¡Qué guapo es! –pensó–. ¡Lástima que le falte una pierna!

Cuando el regimiento llegó hasta la puerta del palacio, el Soldado pasó revista a sus compañeros y les obligó a que presentaran sus armas. Su autoridad impresionó a la muñeca, que accedió a que viniera a verla todas las noches.

Y el Soldado le tomó la palabra. Era habitual verle en los jardines del castillo de papel, contándole, entre otras cosas, cómo había perdido su pierna. Ni que decir tiene que ella le escuchaba admirada.

–Teníamos que tomar la colina pero… ¡Atención! Por el lado derecho apareció la infantería enemiga, apoyada por la caballería del general Von Büchenffausen…

El Duende no podía evitar reírse de semejante historia. Siempre que se la oía contar lo hacía cambiando algún detalle. Unas veces, la infantería enemiga cuadruplicaba su número; en otra ocasión, los ulanos cabalgaban sobre leones de dos cabezas; otro día, el general de nombre impronunciable llevaba otro distinto… Pero aún sabiendo que la historia era mentira, no podía dejar de prestarle atención, pues el Soldado la contaba muy bien. Lo mismo debía pensar la Bailarina, que rara vez se paraba a reflexionar en el contenido de las historias del soldadito. ¡Pensar demasiado le daba tanto sueño...!

–¡Ojalá yo también supiera contar cuentos tan maravillosos! Así tal vez me ganaría la admiración de la Bailarina –pensó el Duende.

Entonces cayó en la cuenta de que él nunca había vivido una aventura tan emocionante como la del Soldado, pero sí que podía contarle todos aquellos sueños que había tenido junto a ella. La Bailarina, que tenía un corazón noble y sentimental, terminaría conmoviéndose ante la historia del Reino de la Luna, mucho mejor que esas historias de batallas y asaltos que tanto parecían impresionarla.

Aquella noche, el Duende se aseó lo mejor que pudo, se ajustó los cascabeles de su sombrero y procuró recortarse correctamente la barba. Cuando estuvo seguro de que ningún otro gnomo pudiese hacerle sombra, se dirigió hacia el castillo de papel.

Encontró a la Bailarina ante la puerta del castillo, practicando el mismo paso de baile que le había visto hacer el primer día. El Duende creyó que sería bien recibido, pero no fue así. Pese a que se mostró educado con la dama, esta hizo gala de una notable frialdad. Aún así, el geniecillo decidió contarle su sueño, con la esperanza de que tal vez así lograra enternecerla.

–¡Qué disparate! –dijo ella cuando terminó–. Nadie puede caminar por la Luna sin que se caiga de cabeza al mar. Hágase un favor a sí mismo y ponga los pies en el suelo, que es donde deben estar.

El Duende pareció sorprenderse por un momento, pero aún así, continuó contándole de qué color eran las paredes del palacio del rey y cómo eran aquellos bailes organizados por la reina. La Bailarina no pudo evitar aburrirse y ponerse de mal humor. Había escuchado aquella estúpida historia por educación, pero la cháchara ya resultaba insoportable.

–Si tanto le gustan esos bailes le recomiendo que vaya a visitar a esa reina todas las noches –le contestó con desdén–. Estoy segura de que sabrá aprovechar mejor el tiempo y… ¿quién sabe? Puede que tal vez llegue a enamorarse de usted. Eso sí que sería gracioso.

Y dicho esto, continuó arreglándose ante el espejo. El Duende la miró horrorizado ¡Ella no debía pensar así! Trató de volver a hablarle, pero no le hizo ningún caso. La Bailarina estaba tan embobada mirándose a sí misma que no advirtió que el Duende se había alejado de allí entre sollozos. Poco después apareció el Soldado y comenzó a cortejarla. Ella reía muy divertida. Parecía que había olvidado su repentino mal humor. Desde su caja, el Duende todavía alcanzó a escuchar sus risas.

                                                  * * *

Al día siguiente, los dueños de la casa celebraron una fiesta. Para sorprender a sus invitados, bajaron la caja del Duende al salón. Estuvieron mucho rato dándole cuerda para que este saliera, pero nada ocurrió. Los niños abrieron la caja, pero se llevaron una desilusión al ver estaba vacía.

Aquella noche el Soldado y la Bailarina continuaron bailando al compás de la música. Pasados unos días por fin se casaron, pero ya nadie se acordaba del Duende, cuyos cascabeles brillaban entre las cenizas de la estufa.

Publicado la semana 52. 28/12/2019
Etiquetas
Duende, Andersen, Juguete
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