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DanielHR

Al otro lado

La playa todavía estaba muy lejos, pero las columnas de humo eran claramente visibles desde nuestra barcaza. Justo en ese momento vimos como algunos aviones se dirigían hacia la costa para machacar las posiciones alemanas que aún quedaban en pie. A esas horas, los pocos puentes que no habían sido tomados por los de la 101 habrían sido destruidos por los bombardeos, y el III Ejército se encontraría combatiendo más allá de los montículos de arena, en el interior. Por lo tanto, no éramos el primer grupo que iba a tomar parte en el desembarco y no nos esperábamos una tenaz resistencia. Sin embargo, nuestra misión era una de las más ingratas que pueden darse a un soldado: teníamos la obligación de acabar con los últimos defensores que todavía quedaran vivos. Eso significaba perder la vida en una posible emboscada o bien en una refriega con un francotirador. Siempre preferí tener que vérmelas con el enemigo cara a cara. Así al menos podríamos devolverle cada golpe e infligirle algunos más... Pero nuestras órdenes no eran más que una vulgar operación de limpieza.

Desde el aire, los ingleses seguían haciendo su trabajo. El fuego antiaéreo era prácticamente inexistente, pero no podíamos confiarnos. En cualquier momento una columna de tanques podría aparecer detrás de una trinchera y detener nuestro avance. Al contrario de lo que cualquiera pudiera pensar, no veíamos la hora de llegar a tierra. Queríamos poner fin a todo aquello de inmediato.

La lancha aminoró la velocidad hasta casi detenerse del todo. Supuse que ya habíamos llegado a la orilla, pero nada más lejos. Cuando desembarcamos nos dimos cuenta de que el agua nos llegaba hasta cintura y que el fuego enemigo era más intenso de lo normal. ¿Acaso habíamos cometido un error? Tuvieron que pasar algunos minutos para que lo comprendiéramos todo: los alemanes habían rechazado la primera oleada y ahora mismo nadábamos entre los restos de lo que debía haber sido el III Ejército. Los cadáveres se habían acumulado de tal forma que habían detenido la marcha de nuestro transporte. Y lo que es peor: una buena parte de las defensas costeras estaban todavía intactas. Habíamos estado tan pendientes de lo que sucedía en el cielo que pasamos por alto la terrible situación que se vivía en la playa. Bien mirado, aquello tenía gracia. Si apenas unos momentos antes renegaba de la misión que se nos había encomendado, ahora rezaba para no tener que vérmelas con medio ejército alemán. ¿Una misión ingrata? ¡Y una mierda! ¡Con lo fácil que hubiera sido sacar a aquellos bastardos de sus parapetos! Ya digo, tendría gracia de no ser porque iban a masacrarnos allí mismo.

No sé cuántos de nosotros pudimos llegar hasta la orilla, pero creo que fuimos menos de la mitad. En aquel momento tuve que haber dado la orden de retirada, pero un obús había destrozado nuestra lancha y a parte de los que se encontraban cerca de ella, impidiendo así cualquier posibilidad de huida.

A duras penas conseguí arrastrarme hasta detrás de un obstáculo antitanque. Al notar las balas rebotar contra el hormigón, tuve la certeza de que me habían localizado y que iba a costarme muchísimo trabajo salir de allí. La situación era desesperada. Salir corriendo significaba que me volaran la cabeza con una ráfaga de ametralladora. Poco importaba que la radio hubiese quedado inutilizada. Al pertenecer al último grupo de asalto no podía esperar un segundo desembarco, por lo que nadie iba a ir a buscarnos. En caso contrario, tardarían horas antes de darse cuenta que aquella zona aún no había sido tomada, tiempo más que suficiente para que los alemanes bajaran a la playa para rematarme. La otra opción era esperar a que esos cabrones asomaran la cabeza detrás del obstáculo y vaciar el cargador de mi carabina. Con suerte, podría llevarme a dos o tres por delante antes de que decidieran emplear el lanzagranadas.

La batalla proseguía sin tregua. De vez en cuando, los alemanes se divertían disparando contra mi posición. A lo lejos, algunos desgraciados que huían hacia la playa eran ametrallados por el enemigo. Más allá, un joven soldado aullaba de dolor al ver que había perdido las dos piernas. El panorama era desolador. Mirara donde mirara, no veía más que cadáveres. Mi ánimo inicial se había esfumado hasta el punto de pensar en llevarme la pistola a la sien, apretar el gatillo y acabar así con todo. No había nada que hacer.

Fue entonces cuando los vi. Eran dos hombres de aproximadamente treinta años. Aparecieron detrás de un promontorio, charlando animadamente e indiferentes al drama que se estaba desarrollando a su alrededor. Era como si las balas no les importaran, como si no fueran conscientes de lo que estaba sucediendo. Por un momento, pensé que eran alemanes, pero les oí hablar en un perfecto inglés. Asimismo, su vestimenta era desconcertante. Ambos iban vestidos de civil, pero sus ropas eran completamente distintas a las que cualquiera vería en las calles de Londres, Berlín o Nueva York. No entendía nada. Traté de hacerles señales y decirles que se pusieran a cubierto, pero no me oyeron.

Finalmente, llegaron hasta mi altura. Para mi sorpresa, no repararon en mi presencia. El miedo a que fuera alguna extraña treta de los nazis me impidió salir de mi escondite. Sin embargo, los alemanes continuaban disparando como si aquellos tipos no estuvieran allí.

Fue entonces cuando les oí hablar.

–Deja la grabadora aquí. Ya pasaremos luego a recogerla, ¿vale? –dijo uno.

–Hay demasiado sonido ambiente y el viento es muy intenso. Ya verás que después será imposible escuchar nada. ¿Seguro que no quieres que vayamos a los búnkeres que hay más arriba?

–No, primero quiero pasarme por el cementerio militar que hay por aquí cerca. No tardaremos más de veinte minutos en volver.

–Otra cinta desperdiciada... –dijo su compañero con un bufido–. Deberías saber que uno de los motivos por los que nadie va a grabar psicofonías a los cementerios es porque allí la gente está en paz.

–No creo que sea el caso. Me he documentado bien antes de venir. ¿Vamos?

–Como quieras. Tú eres el experto –respondió el otro poco convencido.

Y dicho esto se alejaron.

Nunca sabré en qué momento fui consciente de la verdad, pero vivo con el temor de olvidar lo que realmente soy. Tal vez mañana me encuentre vagando por esta playa o esté de nuevo a bordo de la lancha de desembarco, atrapado en un bucle infinito y a la espera de otro encuentro que me haga recordar de dónde vengo. No lo sé. Lo peor de todo es que nunca sabré cuando dejé de estar vivo... Porque ahora conozco la verdad y sé que aquellos hombres habían ido allí para escuchar las voces de los muertos.

Publicado la semana 51. 22/12/2019
Etiquetas
Guerra, Soldado, Fantasma
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