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DanielHR

El ibis y la rana

Estaban los ibis a orillas del río Nilo dándose un banquete con los peces que bajaban de la primera catarata, cuando uno de ellos capturó con su pico una pequeña rana.

–¡Por favor! No me comas y devuélveme al agua –le suplicó aterrorizada la rana.

Por toda respuesta, el ibis presionó aún más fuerte el cuerpo de su presa.

–¡Espera! Si voy a morir, al menos déjame averiguar primero si es cierto lo que cuentan de ti.

–¿Qué-quieres-saber? –dijo el ibis con la voz entrecortada, cuidándose de no soltar a la rana.

–Pues verás... Me han dicho que el cuerpo de tu abuelo descansa junto al del faraón dentro de la majestuosa pirámide de Gizeh, porque no hay nada más sagrado para los egipcios que los de tu estirpe. En un principio, yo no quería creerlo, pero basta con ver tu regio porte para darse cuenta de hay sangre azul corriendo por tus venas y que eres el protegido del sabio dios Thoth.

El ibis, aunque sorprendido por lo que había oído, se mantuvo impertérrito. La rana continuó:

–Por otro lado, también he oído hablar de tu padre y de como Nikotris, la poderosa reina de Egipto, hizo construir para él un lago en la sala del trono de su palacio. De esa forma, quienes se inclinaban ante la reina, también lo hacían ante él. Tengo entendido que allí conoció a tu madre, la más hermosa de todas las aves. De ella decían que era capaz de entonar hermosos cantos que conmovían al mismísimo Anubis. Éste, embelesado por su música, no dejaba que ningún alma atravesara el Reino de los Muertos hasta que ella terminara de cantar... De ahí que muchos volvieran a la vida y, agradecidos, la adoraran como lo que era: una reina. Me han dicho que su voz sólo podía compararse con su belleza y que el emperador de Nubia, el mítico Garamante, se hizo tejer un manto con las plumas de su cola. Ella accedió gustosa a dárselas, pues sabía que no hay honor más grande que vestir a un rey. ¡Cuánta generosidad hubo en ese gesto! Dime, ¿es cierto eso? ¡Pero bueno..! Qué voy a decirte... ¡Si eres su vivo retrato!

Sin decir ni una palabra, el ibis asintió orgulloso. ¡No todos los días reconocían la valía de uno de esa manera!

–Dicen que el talento se salta una generación, pero yo estoy seguro de que eres capaz de cantar como ella. Antes de morir, y ya que me has permitido admirar tu hermoso plumaje, ¿podría escucharte cantar? ¡Sería tan maravilloso...!

–En-can-ta-do... –dijo el ibis sonriendo y con la rana todavía aferrada a su pico.

Pero cuando el ibis se dispuso a cantar, abrió tanto la boca que la rana cayó al agua y se escabulló río abajo. Cuando el ibis se dio cuenta de su error, trató de correr tras ella y alcanzarla, pero para entonces la rana ya estaba muy lejos.

Porque suele suceder que, cuando apelan a nuestra vanidad y nos dejamos engañar por halagos y falsas promesas, tarde y mal nos damos cuenta de que se han burlado de nosotros.

Publicado la semana 36. 02/09/2019
Etiquetas
animales, Fábula, Egipto
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