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DanielHR

La lavadora de la abuela

Iba la abuela a recoger la colada de la lavadora cuando se dio cuenta de algo terrible: ¡la cajetilla del suavizante todavía estaba lleno y la ropa estaba áspera y rugosa!

–La lavadora no coge el suavizante, ¡qué raro! ¿Se habrá roto! –se preguntó preocupada.

Y como la abuela no tenía ni idea de lo que podía ocurrir, le pidió a su marido que se la arreglase, pero este la mandó a la porra diciéndole que los domingos se habían hecho para descansar. Por fin, tras muchos ruegos, el viejo accedió a echarle un vistazo. Se pasó una hora contemplando la lavadora desde una distancia prudencial y otra más abriendo y cerrando la tapa del tambor, pero no supo averiguar lo que le ocurría.

–Será mejor que llames a un técnico –le dijo a la abuela mientras salía por la puerta.

Pero la abuela era muy práctica y sabía que no estaban los tiempos para dejarse la mitad de la pensión en arreglar una lavadora, de modo que decidió aguantar con el problema unos días más.

–A lo mejor solo es algo puntual. Puede que la próxima vez funcione bien.

Pero la lavadora seguía en las mismas y se negaba a funcionar correctamente. Tuvieron que pasar tres lavados para que la abuela se decidiera a llamar al técnico.

El técnico se presentó en la casa y procedió a examinar el aparato. No necesitó ni cinco minutos para descubrir lo que pasaba. Mientras tanto, la abuela se deshacía en explicaciones sobre los motivos por los que, según ella, la lavadora estaba estropeada.

–Tiene que ser cosa de la presión del agua, que no sale lo suficientemente fuerte y...

El técnico, ajeno a las palabras de la abuela, arregló el problema (como no entiendo mucho de lavadoras, no sé exactamente qué fue lo que hizo), pero cuando iba a decirle a la anciana que no tenía nada de lo que preocuparse, se le ocurrió una mala idea.

"Esta vieja no sabe de lo que habla –pensó–. ¿Por qué no sacar partido de ello? Sustituiré una pieza nueva por otra estropeada. Le cobraré por la chapuza y la semana que viene volverá a llamarme para arreglarle lo de hoy".

–Entonces, ¿qué dice usted qué le pasa? –le preguntó la abuela por fin.

–Esto tiene muy mal aspecto –contestó el técnico con voz grave–. Uno de los condensadores se ha sobrecalentado debido al exceso de uso. ¿Cuántos centrifugados programa usted? ¿Tres? ¿Cuatro? ¿Agua caliente o fría? ¿Ve usted cómo no se enciende el piloto rojo? ¿Se da cuenta? ¿Y qué marca de detergente usa? Bla-bla-bla-bla... Hay que cambiar el condensador. Si me da un momento, iré a mi furgoneta a buscar uno nuevo.

Aturdida, la abuela contestó como buenamente pudo a las preguntas del técnico y le dejó hacer cuanto quiso.

–¡Pues ya está! –dijo el técnico cuando terminó–. Ya puede usted volver a lavar la ropa sin preocuparse de nada.

–¿Cuánto le debo? –le preguntó ella.

–Cincuenta euros –contestó el otro.

–¿Cincuenta euros? –volvió a preguntar la abuela asombrada.

–Treinta por la pieza y veinte por la mano de obra.

–Comprendo –respondió la abuela abriendo la cartera.

El técnico se marchó de allí muy contento y con el convencimiento de que a la semana siguiente volvería a dejarse caer por allí.

A los pocos días la abuela volvió a poner la lavadora. Apenas llevaba una hora en marcha cuando dejó de funcionar. Disgustada, llamó de nuevo al técnico, que se presentó en la casa incapaz de disimular su sonrisa.

–¿Qué hay, abuela?

–La lavadora, que se ha vuelto a estropear.

–Veamos...

El técnico se pasó un buen rato trasteando de aquí para allá. Mandó a la abuela a la cocina y le dijo que la llamaría en cuanto supiera algo.

–Entonces, ¿qué dice usted qué le pasa? –le preguntó la abuela por fin.

–Esto tiene muy mal aspecto –carraspeó el técnico con voz grave–. El tambor se ha oxidado debido al exceso de uso. ¿Cuántos centrifugados programaba usted? Cuatro, ¿verdad? ¿Agua caliente o fría me había dicho? ¿Ha visto cómo parpadea el piloto rojo? ¡Fíjese, fíjese...! ¿Y qué marca de detergente me dijo usted que usaba? Bla-bla-bla-bla... Hay que cambiar el tambor. Si me da un momento, iré a mi furgoneta a buscar uno nuevo.

Aturdida, la abuela contestó como buenamente pudo a las preguntas del técnico y le dejó hacer cuanto quiso.

–¡Pues ya está! –dijo el técnico cuando terminó–. Ya puede usted volver a lavar la ropa sin preocuparse de nada.

–¿Cuánto le debo? –le preguntó ella.

–Sesenta euros –contestó el otro.

–¿Sesenta euros? –volvió a preguntar la abuela asombrada.

–Cuarenta por la pieza y veinte por la mano de obra.

–Comprendo –respondió la abuela abriendo la cartera.

El técnico volvió a visitar a la abuela una tercera vez. Y una cuarta. Y una quinta. Y con cada visita aumentaba el precio de la reparación, de modo que aquel mes la abuela no pudo comer carne.

–Aquí debe de haber algún embrollo –se dijo la abuela cuando la lavadora se le estropeó por cuarta vez.

El técnico, en cambio, vivía a base de bien. Todas las noches se iba de juerga con sus amigos y los invitaba a comer y a beber en el bar de la esquina. En una de esas, cuando le preguntaron cómo lo hacía para tener tanto dinero, les explicó quién era la abuela y cómo se las había ingeniado para sacarle hasta el último céntimo, tras lo cual se desplomó sobre la mesa borracho como una cuba.

Pero lo malo de los pueblos pequeños es que basta con que uno diga algo para que a las dos horas ya lo sepan hasta las porteras. Al final la abuela terminó por enterarse del negocio que había montado el técnico a su costa y decidió tomar cartas en el asunto.

–Se va a enterar ese de quién soy yo –dijo cogiendo el teléfono y marcando el número del taller de reparaciones.

Al día siguiente el técnico volvió a la casa de la abuela.

–¿Qué hay, abuela?

–La lavadora, que se ha vuelto a estropear.

–Veamos...

El técnico se pasó otro buen rato trasteando de aquí para allá. Mandó a la abuela al rincón más apartado de la casa y le dijo que la llamaría en cuanto supiera algo.

–Entonces, ¿qué dice usted qué le pasa? –le preguntó la abuela por fin.

–Descacharro total –contestó el técnico–. No funciona nada. Casi es mejor que se compre otra. Pero no se preocupe, que esto se lo arreglo yo. Por cortesía del fabricante, tengo una lavadora completamente nueva en mi furgoneta. Si le parece, puedo ir a buscarla ahora mismo.

–Sí, hijo, sí –contestó la abuela haciéndose la inocente–. Tú vete tranquilo que yo te espero aquí.

"Ahora voy y le saco otros quinientos euros a la vieja –pensó el técnico con malicia mientras salía de la habitación–. Anda que no es tonta ni nada". Al cabo de unos minutos se presentó con la lavadora nueva, la sacó de la caja, la conectó a la toma del agua y le explicó a la abuela cómo funcionaba.

–Este botón sirve para ponerla en marcha; este otro, para el centrifugado; esta rueda regula la temperatura; aquí se programa el tiempo de lavado...

–¡Ay, hijo! –exclamó la abuela–. ¡Estoy tan despistada...! ¿Qué botón me habías dicho que servía para encenderla?

–¡Pues este de aquí! –respondió él de malos modos–. ¿Es que no lo ve o qué?

–¡Vaya que sí lo veo, desgraciado! –contestó la abuela empujando al técnico dentro de la lavadora y cerrando la tapa de un golpe–. ¡Ahora me las vas a pagar todas juntas!

–Pero señora... ¿Qué le he hecho yo? –preguntó el técnico aterrado–. ¡Sáqueme de aquí!

–¡Ya lo creo que saldrás! –contestó la abuela llenando la cajetilla de detergente y abriendo la llave del agua–. Pero antes quiero asegurarme de que la lavadora funciona bien, no vaya a ser que se rompa y tengas que venir a arreglármela de nuevo. ¡Y no te preocupes, que sólo será un centrifugado!

El pobre técnico se pasó cerca de una hora dando vueltas y vueltas en la lavadora. Para cuando salió, estaba tan blanco y arrugado que daba hasta pena verlo. Y como la abuela era una persona a la que le gustaba hacer bien las cosas, terminó por tenderlo al sol a cambio de que le devolviera todo cuanto le había estafado.

Publicado la semana 34. 19/08/2019
Etiquetas
lavadora, Abuela, Andersen
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