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DanielHR

Un día cualquiera

La ciudad entera acababa de despertarse. Sus habitantes casi podían considerarse afortunados. Era una de las pocas que se habían salvado de los bombardeos, pero aún así...
Mientras caminaba, Makoto revisaba mentalmente su horario. A primera hora tendría clase con "El Mapache". ¡Dios, cómo lo odiaba! ¡Y pensar que no volvería a casa hasta la una!
–Si hubieras aprobado, no tendrías que estar yendo a clases particulares. ¡Bola de arroz!
¿Bola de arroz? Makoto se paró en seco. Por un momento, creyó que había pensado en voz alta.
–¡Hola, bola de arroz! –exclamó un alegre muchacho apareciendo detrás de ella.
–Hola, Hideki –le saludó ella ruborizándose, mientras procuraba tapar con la cartera el horrible zurcido que su madre le había hecho a su falda.
–¿Otra vez a la escuela de verano?
–¡Ajá!
–Vaya...
Silencio. La alegría del joven pareció desvanecerse de pronto. Makoto sabía que Hideki estaba loco por ella. Y sin embargo...
–Oye, Makoto... –comenzó a decir él.
–¿Qué pasa? –respondió la chica poniéndose en guardia y temiéndose una posible declaración.
El muchacho parecía estar meditando cuidadosamente cuáles iban a ser sus palabras. Ella, por su parte, le observaba expectante, preguntándose si así no contribuiría a ponerle aún más nervioso. Fuera como fuere, aquello le encantaba. La timidez había dado paso a la satisfacción.
Por fin Hideki pareció arrancar.
–Esta tarde iremos a casa de Ouchi –dijo–. Vamos a organizar una partida de Risk. ¿Quieres venir a vernos jugar?
Makoto suspiró, aunque no sabría decir si aliviada o decepcionada. "¡Así que era eso! ¡Menos mal!"
–Pues no lo sé –repuso–. Mi madre me había comentado de ir al parque a pintar...
–Vamos, Makoto, por favor... –le rogó su amigo.
Ella se lo pensó durante un minuto. Ya no tenía ninguna duda. Le gustaba mucho ver la cara de carnero degollado que ponía el chico siempre que le pedía un favor.
–Está bien –respondió–. Pero sólo si me dejáis jugar.
–¿Qué? –exclamó Hideki sorprendido–. Los chicos me estarían tomando el pelo durante días.
–Pues entonces no iré -contestó ella dándole la espalda.
Hideki supo que no tenía alternativa. Tal vez por eso le gustara tanto. ¡Siempre se salía con la suya!
–Está bien. Te guardaremos un sitio. Pero a cambio, el próximo viernes iremos al cine.
–Trato hecho, pero la película la elegiré yo.
El chico le enseñó la lengua a modo de burla y corrió a ocultarse tras una farola, mientras fingía portar un arma.
–¡Estupendo! ¡Ya verás que paliza le damos al tonto de Ouchi! Se lo tiene muy creído.
Y casi sin dar tiempo a responder a su amiga, comenzó a imaginarse que estaba en mitad de un tiroteo.
–¡Ra-ta-ta-ta! –gritaba mientras daba órdenes que Makoto no entendía–. Derrotaremos a los americanos y marcharemos por las calles de Washington. ¡Boom! ¡Boom! Llegaremos hasta el corazón de Europa y liberaremos a nuestros hermanos alemanes. ¡Bang! ¡Bang!
Y se alejó de allí corriendo, como si de verdad se dispusiera a liberar él sólo Berlín. A lo lejos, Makoto escuchó un alegre "¡Hasta la tarde!".
Ella sonrió. Hideki era un buen chico. Quizá un poco atolondrado, un "cabeza loca" como le gustaba decir a su padre... ¡Su padre! ¡Si la viera tonteando como una veinteañera! ¡Entonces sí que iba a tener problemas!
Pero papá ya no estaba...
Todavía recordaba la última carta que le había escrito a su madre. Cuando le preguntaba por ese asunto, la señora Kino cambiaba drásticamente de tema. Su madre había sido tajante con ella. Nunca le dejaría ver aquellas cartas.
Pero Makoto siempre había sido muy curiosa. Y una tarde, aprovechando que mamá había salido a hacer la compra, abrió la cómoda y las vio. Se sorprendió cuando descubrió que había muchos más sobres escondidos entre la ropa. Convencida de que iba a pasar una agradable tarde de lectura, se las llevó a su cuarto y comenzó a leerlas.
Todavía no había acabado de leer las cinco primeras cuando decidió terminar con la sesión. Aquello no era lo que se había imaginado. Creyó que iba a encontrarse con alguna declaración romántica o algún recuerdo que sus padres guardaban de cuando eran novios. Ahora entendía porque su madre no le había hablado de aquellos papeles. La descripción de los cuerpos desfigurados y aplastados por el impacto de los obuses fue demasiado para ella. También leyó de pasada algo sobre la decapitación de un prisionero...
¡Pobre papá! Imaginarle en mitad de aquel infierno, tan indefenso y vulnerable... ¡Qué horror! Nunca se había sentido más culpable de haber desobedecido a mamá. Hubo una frase que no pudo olvidar, quizá por su imaginería sangrienta:"El barro se espesaba cada vez más con la sangre de los que iban cayendo". Inmediatamente volvió al cuarto de su madre y lo dejó todo como estaba.
Makoto se detuvo. El recuerdo de aquella tarde le horrorizaba. Aunque el corazón le latía con fuerza, tenía la impresión de que éste no se encontraba allí, ocupando su lugar una agobiante sensación de vacío. Para olvidarla, decidió centrarse en la charla que había tenido con su entrañable amigo.
¡El bueno de Hideki! Estaba claro que le gustaba y que tenía mucha paciencia con ella. ¿Cómo podía tratarlo tan mal? Sabía que sus amigos se iban a burlar de él durante mucho tiempo. Y lo que es peor: ella sería la responsable de todo. ¿Quién había sido el imbécil que había dicho que al Risk sólo podían jugar los chicos?
–¿Cómo es que has traído a una chica? –le dirían. Y después se pondrían a decir tonterías, como aquella de que eran novios... O cuando se iban a casar... ¡Pobre Hideki!
En aquel momento, recordó lo que le había dicho su madre unos días antes: los chicos eran unos estúpidos. ¿Cuándo se decidirían a madurar? Sin darse cuenta, pensó en los jóvenes de la Escuela Superior, a los que agrupaban en batallones para servir en la Brigada Antiaérea. Ellos siempre estaban serios y serenos, dispuestos a darlo todo por el bien común. Quizá le recordaban un poco a su padre. ¡Los admiraba tanto! Luego los comparó con Hideki y sus amigos. Todavía eran demasiado jóvenes para eso.
Makoto se detuvo de nuevo y volvió a ponerse de mal humor. ¡Maldición! La guerra había vuelto a planear por su mente.
–¡Uf! –rezongó mientras se derrumbaba sobre un banco.
Miró su reloj. Eran las ocho y cinco. Otra vez volvía a llegar tarde. Ya se imaginaba al "Mapache" mirándola con severidad y esperando una explicación. Seguramente terminaría por llamar a su madre.
–Si llego tarde –se dijo– mamá volverá a regañarme y tal vez no me deje quedar esta tarde con Hideki.
Entonces cayó en la cuenta de que para esa misma tarde ya había quedado con su amiga Rei. No quería plantarla, pero el plan con el muchacho le parecía más apetecible. Daba igual. Ya hablaría con ella mañana. Tal vez aquella tarde conociera a algún amigo de Hideki que pudiera presentarle. "Así tal vez podríamos salir juntos los cuatro" pensó.
¡Qué día! Hideki, papá, la ciudad, la Brigada Antiaérea... Makoto se perdía en sus pensamientos.
Casi sin darse cuenta, observó como un solitario avión volaba hacia el centro de la ciudad. Se encontraba tan lejos que ni siquiera escuchaba el ruido de sus motores... ¡Qué extraño! Su silueta no se correspondía con la de aquellos modelos que le habían enseñado a distinguir en clase. Las sirenas antiaéreas todavía no habían sonado, por lo que supuso que el avión estaba de paso. Makoto ya no abrigaba ninguna esperanza de salvación. Volvió a mirar su reloj al tiempo que se imaginaba la regañina del maestro. Eran las ocho y cuarto.
Entonces sucedió algo terrible. Un ruido ensordecedor resonó en las montañas, en las calles, en las casas... Era como si alguien hubiera roto cien vasos de cristal. Una estremecedora luz cegadora la traspasó, como si fuera un espectro llameante. El cielo, antes azul, se había vuelto blanco y amarillo, para después tornarse rojo y negro. Antes de ser devorada por la intensísima luz, Makoto decidió que no iría a jugar con Hideki aquella tarde. En vez de eso, irían al parque. De pronto, el Risk le había parecido demasiado aburrido.
Mientras, el Enola gay se alejaba de Hiroshima tan lentamente como había venido.

Publicado la semana 32. 07/08/2019
Etiquetas
Guerra, Niños, Hiroshima
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