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DanielHR

Las intrusas

Al principio, las vimos corretear por la casa de forma ocasional. Hasta Laura, nuestra hija pequeña, cuando las veía se reía y decía "¡Cucas! ¡Cucas!". Pensamos que procedían del piso de abajo, abandonado desde hacía varios años, aunque nos parecía extraño que ningún otro inquilino hubiese dicho algo respecto en las reuniones que los vecinos organizábamos cada mes. Incluso llegamos a suponer que era una cuestión meramente accidental, que su presencia no dejaba de ser algo normal en cualquier casa. Cuando era pequeño y vivía en la casa de mis padres, recuerdo ver sus cadáveres en el rellano de las escaleras, boca arriba y replegados sobre sí mismos. Incluso de vez en cuando podía verlas salir corriendo de debajo de mi cama.

La cuestión es que, al no recibir ninguna queja por parte de los vecinos, parecía ser un problema que sólo nos afectaba a nosotros. Era bastante probable que se nos hubieran colado en casa a través de una bolsa de la compra. Tal vez hubiesen llegado en alguna caja de hortalizas en mal estado o... ¡Oh, Dios! ¡No lo sé! ¡Todo esto es tan estúpido...!

Las primeras eran muy pequeñas. Su forma recordaba a la de los escarabajos. No podría decir que nos dieran asco. Nos daba algo de reparo verlas dentro del armario o en la despensa, pero tampoco era para tanto... Más que repugnancia, lo que nos inquietaba era la impresión de no estar solos, de sentirnos espiados en nuestro hogar. Cuando me sentaba en el sofá, tenía la desagradable sensación de que algo se movía debajo de mí. No podía ver la televisión o hacer cualquier otra cosa sin evitar pensar en la orgía de patas y antenas que se desarrollaba a mi alrededor.

El verdadero problema llegó cuando empezaron cambiar de tamaño. Comprenderá el lector que no era agradable encender la luz de la cocina y ver una enorme sombra desparecer a toda velocidad sobre la encimera. Antes sólo eran una presencia invisible, pero ahora abundaban por doquier, como si quisieran que nos diésemos cuenta de que estaban ahí. Estaban por todas partes: en el techo, dentro de los cajones de la mesa de noche... Recuerdo que nos salían al paso mientras caminábamos por el pasillo en dirección al cuarto de baño...

Llegó un momento en el que decidieron cambiar de color para confundirse con el entorno. Tengo entendido que para eso debían de atravesar por un largo proceso de adaptación, pero en este caso, apenas había pasado un mes desde que habíamos visto a la primera. Si ya era repugnante verlas sobre la nevera o el lavaplatos ahora era como si la casa tuviera vida propia. Mi mujer gritó como una histérica cuando vio un bulto blanco corretear dentro del tambor de la lavadora. ¡Oh, Dios! ¡Se habían confundido con el detergente! ¿Cómo era posible...? Por no hablar de las que habíamos visto trepar sobre los muebles del salón o entre las alacenas de la cocina, de un color a mitad de camino entre el negro y el marrón oscuro. No sabría decir cuál de ellas nos daban más asco, pero nuestra paciencia estaba al límite y amenazaba con estallar.

Decididos a cortar el problema de raíz, llamamos a un exterminador. Nos dijo que no nos preocupáramos, que cuando elegían un lugar donde asentarse, era muy difícil hacerlas salir. Conseguimos reducir su número. Casi podríamos decir que habíamos acabado con ellas... pero al cabo de unos días regresaron. Más grandes, más numerosas... y mucho más agresivas.

Una noche me levanté a por un vaso de agua. Cuando encendí la luz de la cocina, me encontré con una en el fregadero. El sobresalto inicial dio lugar a un odio irrefenable por acabar con ella. De modo que antes de que pudiera darse cuenta, abrí la llave del grifo para que se ahogara. El agua la arrastró hacia el sumidero, pero en el último momento consiguió adherirse a una de las paredes de aluminio y trepar hasta salir de aquel remolino. En su alocada carrera hacia la encimera, correteó en círculos en torno al fregadero, como si quisiera eludir aquellas partes afectadas por el agua. No sé cuantas veces recorrió aquel circuito, pero al cabo de un momento había conseguido alcanzar la encimera y caer suelo con las patas hacia arriba. ¿Cómo una criatura tan pequeña puede provocar un sonido tan pesado, tan repulsivo? Por un momento pensé que había querido encararse conmigo... ¡que había querido enfrentarse a mí! Todavía le dio tiempo a darse la vuelta y reiniciar su huida, pero un certero golpe con una de mis zapatillas cortó su retirada.

Entonces fue cuando lo oí. Era como el llanto de un niño, como si un bebé hubiera roto a llorar en mitad de la noche. Sé que puede parecer absurdo, pero por un momento pensé que aquella cosa que ahora yacía muerta en el suelo de mi cocina había sido la responsable de tales lamentos. Aquello me asustó hasta niveles inconcebibles... Un grito humano salido de la garganta de un animal... ¡Y para colmo de uno tan pequeño...! ¿Dónde se había visto algo así? Por suerte para mi cordura, al instante escuché la aterrada voz de mi esposa llamarme desde el dormitorio de nuestra hija. Y aunque por un momento mi estupor inicial pareció difuminarse, el hecho de pensar que ambas estaban en peligro hizo que me alarmará mucho más. ¡Dios del Cielo...! ¿Pero qué pasaba ahora?

Ignoro cómo llegué al cuarto de la niña, pero si recuerdo que lo que contemplé allí rompió el último cabo que me mantenía atado a la realidad. Ahora comprendía los gritos de mi mujer y los sollozos de Laura... No era para menos. El cuarto estaba infestado de cucarachas. La cama, las sábanas, los juguetes, las paredes... Todo estaba cubierto por un infinidad de pequeñas y repugnantes sombras que se retorcían entre sí y parecían deambular sin ritmo fijo. Lo peor de todo es que podía distinguir sus desagradables rasgos: sus patas recubiertas de diminutos filamentos, sus antenas tratando de reconocerse entre ellas, aquella coraza de color marrón que protegía su cabeza y ocultaba sus ojos hasta hacerlos casi invisibles... Sentí naúseas. Todo era demasiado vívido y real para tratarse de una pesadilla. Creo que enloquecí entonces...

No había tiempo que perder. Saqué a la niña de la cama y cogí de la mano a mi mujer hasta sacarlas a ambas del dormitorio. Aun no habíamos cerrado la puerta cuando comprendimos lo dramático de nuestra situación: toda la casa había sido invadida. Daba igual hacia donde miráramos... Estaban por todas partes. Tratamos de llegar hasta la puerta principal y huir, pero todo fue en vano. El picaporte había desaparecido bajo su peso y la puerta parecia un tapiz viviente. El recibidor parecía ser el núcleo desde el que se habían extendido hacia el resto de la casa. Todavía pudimos refugiarnos en el cuarto de baño, la única habitación que no habían ocupado. Conseguimos taponar todas las vías por las que pudieran acceder al interior: la rejilla de ventilación, los bajos de la puerta... Justo en ese momento se fue la luz.

                                                         * * *

No sé cuánto tiempo llevamos aquí, pero sabemos que continúan ahí fuera. Podemos oírlas. Las sentimos corretear de un lado a otro, como si tuvieran prisa por hacer algo. Vemos sus sombras moverse por debajo de la puerta. No podemos salir. A través de la ventana, hemos intentado llamar la atención de los vecinos. Cualquiera habría oído nuestros gritos de auxilio, pero se niegan a escucharnos. No les culpo por ello. ¿Quién en su sano juicio estaría dispuesto a hacerle frente a semejante horror? Tal vez en algún momento alguien nos eche de menos, pero ya será demasiado tarde. Sé que aquellos que nos encuentren nunca creerán nuestra historia, por eso he querido dejar constancia de ella. Solo espero que quien lea estas líneas sea consciente de la aterradora verdad y de las inexplicables fuerzas de la naturaleza que han desatado esta pesadilla. ¡Oh, Díos! ¿Qué es eso? ¡Han conseguido entrar! ¡Están en el techo! ¡En el techo...!

Publicado la semana 29. 15/07/2019
Etiquetas
Insectos, Hogar, Ansiedad
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