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DanielHR

El enano Mayantigo

Había una vez una pareja de ancianos que tenía como nieta a la niña más hermosa del mundo. Cualquiera que la hubiera visto la habría confundido con una princesa. Sus padres habían muerto siendo ella muy pequeña y los abuelos la acogieron encantados en su casa.

–¡Pobrecita! –exclamaron cuando la vieron por primera vez–. ¡Cuánto debe haber sufrido! Pero no te preocupes, pequeña Ana, que aquí no te faltará de nada.

Y fue tanto el cariño que le tomaron que, en lugar de llamarla por su verdadero nombre, terminaron llamándola Annie. Y a todo el mundo en el pueblo le pareció una buena idea, porque no había bajo el cielo nadie más amable y alegre que ella.

–¡Buenos días, pequeña Annie! –le decía el guardia urbano mientras hacía su primera ronda de la mañana–. ¿A dónde vas tan temprano?

–A la panadería, a comprar un poco de pan y algunos dulces para mis abuelos –respondía ella.

–¡Buenas tardes, pequeña Annie! –le decía el relojero después del mediodía, mientras le daba cuerda a sus relojes–. ¿A dónde vas a estas horas?

–A la floristería, a comprar unos claveles para llevarlos a la tumba de mis padres, que cuidan de mí desde el Cielo –respondía ella con una media sonrisa.

–¡Buenas noches, pequeña Annie! –le decía el farolero poco después de que se pusiera el sol, mientras encendía los faroles que iluminaban el pueblo–. ¡No te acuestes tarde esta noche y procura descansar!

–Y así lo haré, porque soy tan feliz que no hay nada que me quite el sueño –respondía ella somnolienta.

* * *

No muy lejos de donde vivía Annie había un bosque tan profundo que, por mucho que uno se empeñara en atravesarlo, tardaría una vida en recorrerlo y otra en regresar, de ahí que todos los que se internaran en él lo hicieran para no volver. A pesar del peligro, Annie había elegido aquel lugar para ir a jugar con sus amigas de la aldea. Sus abuelos le habían advertido muchas veces que tuviera cuidado, no fuera a perderse entre los miles de caminos que se ocultaban tras la espesura. Para meterle algo de miedo, le decían que en mitad del bosque vivía un pavoroso ogro que se comía a los niños extraviados. Pero cuando escuchaba tales historias, ella enseguida se echaba a reír.

–¡Eso no son más que tonterías! –decía–. ¡Los ogros no existen!

Claro que una cosa era lo que dijera y otra muy distinta lo que pensaba. ¡Por supuesto que los ogros existían de verdad! Además, ¿qué hay más emocionante que visitar la guarida de un ogro? A lo mejor dormía sobre un tesoro de oro y piedras preciosas, como el dragón de Sigfrido. Es más, puede que incluso consiguiera robarle algunas monedas con las que sacar a sus abuelos de pobres. Tenía que averiguar dónde vivía. ¡Vaya que sí! Y sucedía que cuanto más se internaba en el bosque, más cerca creía estar de la casa del monstruo.

Pero tanto fue el cántaro a la fuente que se acabó rompiendo. Una tarde Annie se perdió y sus amigas, por más que la llamaran, no pudieron encontrarla. Las muchachas regresaron al pueblo muertas de pena y le contaron a los abuelos lo que había sucedido.

–Nos hemos quedado sin nieta –se lamentaron.

Mientras tanto, nuestra amiga no se había quedado de brazos cruzados. Dispuesta a encontrar el camino de regreso, se subió al árbol más alto del bosque. Tal vez así pudiera distinguir el campanario de la iglesia o el rastro que deja el humo cuando sale por una chimenea. Pero salvo el sol ocultándose entre las nubes, desde allí no se veía absolutamente nada. Viéndose perdida, se recostó sobre una de las ramas y comenzó a llorar.

–¡Ay, si le hubiera hecho caso a los abuelos! –se dijo entre lágrimas.

Al poco, un oso atravesó el sendero y se detuvo al pie del árbol.

–¿Qué te pasa, niña? ¿Por qué lloras?

–¡Ay, señor oso! Me he perdido y no sé cómo regresar a casa. Y para colmo, está anocheciendo y el ogro del bosque está a punto de salir de paseo.

–¿Eso es todo? Venga, bájate del árbol que yo te llevaré de vuelta.

–¡De eso nada! –contestó ella llorando–. ¡Tengo miedo de que me comas!

–¿Pero qué dices?

–¡No pienso bajar!

El oso se encogió de hombros y prosiguió su camino.

Annie continuó llorando un rato más. Al poco, un lobo atravesó el sendero y se detuvo al pie del árbol.

–¿Qué te pasa, niña? ¿Por qué lloras?

–¡Ay, señor lobo! Me he perdido y no sé cómo regresar a casa. Y para colmo, está anocheciendo y el ogro del bosque está a punto de salir de paseo.

–¿Eso es todo? Venga, bájate del árbol que yo te llevaré de vuelta.

–¡De eso nada! –contestó ella llorando–. ¡Tengo miedo de que me comas!

–¿Pero qué dices?

–¡No pienso bajar!

El lobo negó con la cabeza y prosiguió su camino.

Annie continuó llorando un rato más. Al poco, pasó por el sendero Mayantigo, el enano del tamaño de una uña y con el bigote tan grande como las ramas de un roble. Mayantigo regresaba a Canarias después de haberse pasado más de tres siglos en el Reino de los Demonios y haber servido como criado en la casa de la bruja Yagá.

–¿Qué te pasa, niña? ¿Por qué lloras? –le preguntó curioso.

–¡Ay, señor enano! Me he perdido y no sé cómo regresar a casa. Y para colmo, ya ha anochecido y el ogro del bosque ha salido de paseo.

–¿Eso es todo? Venga, bájate del árbol que yo te llevaré de vuelta. Además, el ogro es un buen amigo mío.

La muchacha descendió del árbol y juntos iniciaron el regreso.

"Pues no ha estado nada mal este encuentro –pensó el enano–. Cuando lleguemos a la casa de los viejos, me estarán tan agradecidos que me darán de comer y beber todo cuanto guardan en la despensa, pues la gente de los pueblos es así de amable. Lo que no saben es que como pago a mis servicios les voy a pedir la mano de su nieta, porque otra cosa no, pero la niña es bastante linda. Es verdad que todavía es una muchachita, pero con el tiempo crecerá y será mía".

Cuando por fin llegaron a la casa de los abuelos, estos les recibieron con alegría, y Annie les contó quién era Mayantigo y cómo la había ayudado a encontrar el camino de regreso. Los abuelos invitaron al enano a cenar y le agasajaron con todo tipo de platos. Mayantigo comía que era una barbaridad. Todavía no había servido la abuela el primer plato cuando ya estaba pidiendo el segundo. Y lo mismo con el tercero y el cuarto. Al rato, la despensa quedó completamente vacía.

Entre tanto, el abuelo, que ya había visto venir desde lejos las intenciones del gnomo, charlaba animadamente con su huésped.

–¿Y hacia dónde decía usted que iba, maese enano?

–A las Hespérides –respondió Mayantigo–. Europa es un continente maravilloso, pero en ningún lado se está mejor que en casa. Mañana mismo me subiré al primer vapor que vaya para allá.

–¿Y qué hay de nuevo por el mundo? –preguntó la abuela.

Y Mayantigo contestó:

–Cuando estuve de criado en la casa de la bruja Yagá, contemplé cómo el sol se ponía mil veces tras las estepas rusas. La bruja me enseñó cómo el Zar Guisante lo encerraba todas las noches dentro de una caja de oro que volvía a abrir a la mañana siguiente. Y cuando estuve en el Reino de los Demonios, en las profundidades del Rhin, vi cómo los rayos de la luna llena reflejaban sobre sus aguas la imagen de la reina Selene, cuyos ojos hechizaban el corazón del más innoble de aquellos desalmados. Cuando esto ocurría, los demonios huían aterrorizados y yo aprovechaba para entrar en su cámara del tesoro y salir de allí con los bolsillos llenos de rubíes, esmeraldas y diamantes. Ni en sueños habría imaginado que tales maravillas pudieran existir... Pero ninguna de estas cosas puede compararse con la grandeza y majestuosidad de los bosques de Taburiente, mi patria... Y mucho menos con la belleza de su nieta, a quien tomaré como esposa como pago por haberla encontrado.

Al oír eso, los abuelos se quedaron de una pieza.

–¡Pero si le hemos dado todo cuanto teníamos en la despensa como agradecimiento! –dijo la abuela a punto de echarse a llorar.

–¿Y qué es todo eso comparado con haberles devuelto a su nieta?

–¡Pero ahora nos la quiere quitar!

–Yo la encontré, luego yo me la quedo –fue la cortante respuesta del enano.

–¡Habla usted sin ninguna lógica!

Mayantigo se atusó los bigotes y dijo amenazador:

–O me dan la mano de la niña o les aseguro que van a llorar lágrimas de sangre para librarse de mí. No sólo me quedaré aquí para siempre, sino que además envenenaré el ganado, arruinaré las cosechas, armaré jaleo por las noches y cambiaré las llaves de sitio para que nadie las encuentre. Y les advierto que, por mucho que traten de alejarme de la casa, terminaré regresando, dado que conozco el camino de vuelta.

–¡Basta! –exclamó el abuelo–. El enano tiene razón. Y como yo respondo ante mi nieta, doy el visto bueno a ese enlace. Mi única condición es que la boda sea esta misma noche.

–Pero abuelo... –musitó Annie.

–¡Tú a callar! –tronó el gnomo al tiempo que le estrechaba la mano al anciano–. ¡Muy bien! ¡Así se habla, viejo! Pero que no sea en una iglesia cristiana, por favor. Tengo prohibido entrar allí.

–Sea. Yo mismo os casaré. Te doy mi palabra. Espéranos frente al bosque de pinos que hay delante de nuestra casa.

Mayantigo abandonó muy satisfecho el salón sin hacer caso a los sollozos de su prometida y de la abuela, que también lloraba a lágrima viva. Cuando se vieron solos, el abuelo se sentó junto a ellas y les dijo:

–Ese enano es un sinvergüenza y quiere aprovecharse de nosotros, pero no se lo permitiremos.

–¡Pero le has dado tu palabra! –respondió la abuela.

–Ante el Diablo la palabra de un hombre no tiene ningún valor. Os contaré lo que vamos a hacer: Annie, vete a la cocina y trae un saco. Abuela, vete donde tenemos los gatos y traeme el más grande.

Cuando lo tuvo todo, el abuelo metió el gato dentro del saco mientras murmuraba: "Ahora va a saber ese lo que es bueno". Poco después, la familia entera salió de la casa para reunirse con el gnomo, que tras haber estado todo ese tiempo esperándoles se había puesto de muy mal humor.

–¡Ya era hora! –dijo cuando los vio aparecer–. Ya pensé que te habías echado para atrás, abuelo.

–En absoluto, maese enano. Ahora, si no le importa, póngase al lado de mi nieta.

–¿Qué llevas ahí dentro? –preguntó Mayantigo con desconfianza cuando reparó en el saco.

–Mi bendición, hijito, mi bendición –contestó sonriente el abuelo. Y antes de que el enano pudiera reaccionar, abrió el saco y dejó salir al gato, que en dos zancadas ya se había puesto a la altura de Mayantigo y extendido sus zarpas hacia él.

Cuando el enano vio la que se le venía encima, profirió un grito y salió disparado en dirección al bosque. Corrió tanto que más de una vez se pisó los bigotes y rodó sendero abajo. Solo cuando alcanzó la seguridad de los árboles se permitió mirar atrás, pero un horrible maullido le hizo cambiar de idea y reanudar su huida. En esas, todavía llegó a oír las risotadas del viejo y su familia.

–¿De verdad pensabas que ibas a salirte con la tuya, maldito enano? –gritó el abuelo–. Ya puedes correr, ya... ¡Ah! Y por si se te ocurre volver, tengo siete más como ése durmiendo a los pies de mi cama. ¡Y puedo asegurarte que corren tanto como su padre!

Cuentan que Mayantigo, el enano que tenía el tamaño de una uña y los bigotes tan grandes como las ramas de un roble, corrió tanto esa noche que llegó hasta Canarias sin necesidad de subirse a un velero ni reservar plaza en un aeroplano. Una vez allí se dio cuenta de que, a fuerza de tanto correr, se había quedado sin zapatos. ¡Y ni con todo el oro del Reino de los Demonios pudo conseguir que un zapatero le hiciera unos de su talla!

Publicado la semana 23. 03/06/2019
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Andersen, Wilde, Perrault , Duende, Cuentos, Niña
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