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Chesquín

Georgina

Cada mañana saludaba a Georgina bajando las escaleras de la vecindad al irme a trabajar, todos los días la llevaban a un rincón del corredor a que le diera el sol, hasta el día de ayer en que se ha ido. Tiempo atrás ya esperaba su partida, porque se quedaba en el pasillo hasta muy tarde, y ella no estaba acostumbrada a eso. Ismael, irresponsablemente descuidaba su hora de descanso y el adecuado abrigo. Ella no podía meterse sola al cuarto donde habitaba, o proporcionarse el alimento. Georgina era callada, algo nerviosa, no le conocí por mucho tiempo, pero como vecinos de cuarto en la vecindad sabía muy bien algunas cosas que le ocurrían; su alimentación no era muy buena, vivía muy sola y tal vez un compañero de su misma edad le habría hecho agradable el resto de sus días. El ejercicio no era lo más adecuado para ella, que solía estar encerrada desde hacía mucho tiempo, solo sus ojos escapaban hacia el horizonte. Todo esto que escribo no es para reprochar o remediar algo que ya no se puede hacer, sino porque ésta mañana la vi nuevamente, sí, he visto a Georgina. Se hallaba quizá como siempre quiso estar; libre, cerca del pasillo donde solía tomar el sol volvió su escuálida figura a hacer presencia. Aminoré mi paso desconcertado hasta que me di cuenta que ella no me veía. Parecía que su cuerpo se preparaba para su primera y última jornada extendiendo sus extremidades y alargando su cuello, tenía tal postura que si no supiera que estaba muerta, me hubiese alegrado mucho, por el contrario, resultaba tan falsa su presencia que irremediablemente sentí un leve temor y una cierta tristeza por la vida. Si tan solo hubiese batido sus alas por los aires como tantos otros.

Publicado la semana 24. 16/06/2019
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