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Chesquín

Página de viaje (2a y última)

El autobús caminó por rumbos no conocidos para mí; Coatzacoalcos, Campeche, Escárcega. La comida de esos caminos era tan rara y a la vez tan sabrosa, y aunque no tuviese hambre sabía que tenía que comer y a dormir; Chetumal, para luego subir la península hasta Cozumel. Cuando fuimos llegando me pareció que faltaba algo en el panorama pero no atiné a saber que era sino hasta tres meses después; faltaban montañas, y fue lo primero que extrañaba cuando mi vista se elevaba al cielo en busca de un horizonte, quizá también habría disipado obstáculos y mi vida sería llana. El mar fueron mis montañas. Meterse a nadar era como recorrer un sendero desconocido, la misma emoción de lo extraño y el miedo a lo que pueda pasar. En el mar se encuentran todos los latidos del hombre, y yo, maltrecho y roto, encontré uno fuerte y vigoroso que hasta el día de hoy me acompaña. Pero también es nostalgia, es encontrar lo que a uno le hacía falta y tratar de completar el cuadro, su vida y la de los que te acompañan, entonces entiendes todo, estamos en una gota de agua viajando a través del universo. 
Me establecí con un pescador de Puerto Juárez. Trabajé en muchos lugares y no precisamente haciendo música; lavé platos, arreglaba jardines, limpié casas, servía mesas. No iba con la intención de ayudarme económicamente, otros males me aquejaban. Todas las tardes caminaba hasta la orilla del mar, con el pretexto de buscar caracolas y piedras insignificantes, nadaba un poco y regresaba a tumbarme en una hamaca mirando llegar a las estrellas cuando caía la noche. Si el mar es inmenso nada se le compara al firmamento. Tenemos una gran cantidad de palabras con las cuales podemos describir la naturaleza que nos rodea, pero para hablar del infinito serán solo unas cuantas. Nada o muy poco sabemos del cosmos. Solo en la imaginación están los lugares en los que se pueden edificar otros mundos. Frente a aquellas abismales distancias lograba tranquilizar mi espíritu, la voz de mi tristeza. Entonces descubrí que en la mesura y en el equilibrio podía encontrar la paz, la tranquilidad que no tenía últimamente, no era feliz, pero tampoco viviría en la desdicha.
Tras varios meses en que el calor me acompañó a todas horas del día y de la noche, y tan lejano de pensamientos concluí que debía cerrar aquella página. Al final todos los días salía el sol, me esperaba la frescura de la costa; el agua que mecía y arrullaba mis ideas, el firmamento estrellado que lanzaba al infinito mi corto entendimiento de las cosas. Siempre ha sido así y en esta ocasión no tendría porqué no serlo.

 

Publicado la semana 22. 27/05/2019
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