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Chesquín

Página de viaje. (Primera parte)


Con el corazón destrozado, sin amigos y sin dinero me dirigí a la terminal de autobuses. Quería irme muy lejos, lo más lejos que se pudiera para no encontrar nada que me hiciera evocarte. La tarde se anunciaba sin mayor ambición que el frio. Solo llevaba una maleta de ropa y mi teclado, era trovador y terminaría siendo caminante. Jamás pensé tener días que agonizaran así y noches de permanente invierno; estaba a punto de dejar todo lo poco que hasta ese momento tenía, para tomar toda la nada que me ofrecía tu ausencia. En aquellos días la presencia de mis hermanas fue como un bálsamo, desde que anuncié la partida hacia costas del atlántico ninguna de las dos puso en duda mi itinerario de viaje, pero tampoco quisieron saber el porqué me iría tan lejos. El día señalado caminaron junto a mí hasta el anden del autobús. No hubo despedidas tristes, sabían, o eso dijimos, que solo era por un tiempo.   Una vez que el autobús emprendió su viaje de veinticuatro horas a Cancún, sentí que la comodidad del asiento me abrazaba como hacía muchos meses en que no lo hacía nadie hasta hacerme dormir, mis últimos pensamientos del día se iban quedando en la carretera; tantas idas y vueltas para terminar cambiando rumbos y retorcer el destino. A partir de ese día ya no lloré. Miraba acantilados, tormentas marinas, sauces llorones que gemían junto a mí. Había un niño a mi lado que no dejaba de limpiarse las lágrimas y yo le ayudaba. Pero a partir de ese día también le dije adiós al pequeño y a su tristeza. 

 

Publicado la semana 21. 26/05/2019
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