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Chesquín

Ventisca


Otra maldición había caído en el pueblo aquella madrugada de septiembre, una ventisca azotaba la hondonada en que vivíamos 25 familias, y a la que nuestros abuelos pusieron por nombre Jorobas. Aquel aire parecía caer como castigo desde el cielo, que dejó de ser azul. Todo el territorio, empezando por la quebrada hasta el pocito, se empezó a inundar por la tormenta. Jamás, desde aquel día, había visto por mi ventana un horizonte tan negro.
Los granizos, como monedas, golpeaban por instantes gruesos tambores, descargando su energía en los techos de las casas y destruyendo por momentos las apacibles vidas de los vecinos. Un caracol se cubre más que nuestra frágil estadía por la vida.
Aquel vendaval duró dos días con sus dos noches, la cañada resultó insuficiente para drenar el azote dictado por una deidad de la cual ignoraba todo ese enojo.
Muchos años atrás, parado frente a aquel mismo ventanal, había meditado en cosas que yo consideraba importantes; mi boda, el nacimiento de mis hijas, la muerte de mis abuelos. Esta vez parecía que perdería mucho más.
Desde el piso de arriba miraba cómo los animales que no habían huido al monte flotaban sobre las calles ¿y qué decir de lo sembrado?
Con una pierna entumida caminé hasta donde estaban mis hijas durmiendo, junto a las pocas cosas que subimos cuando el agua tocó a la puerta. Al tercer día a las seis de la mañana, con un sol que asomaba en el horizonte, comprobé que la tranquilidad reposa en el sueño apacible de los hijos.

 

Publicado la semana 14. 01/04/2019
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I
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