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Cati Cobas

Llorar en Randa- Cuento

Este cuento fue publicado por mi sobrina Ángela Covas en su libro "La Buena Ruptura"...

"A barajar y dar de nuevo. Sin remedio, niña…” Eso se dijo Ángela la tarde en que firmó la sentencia de divorcio. La boda, con todo el pueblo invitado, las mesas repletas de manjares típicos y el fin de fiesta en pasodoble y, sobre todo, aquel traje que la mamá cosiera sobre el talle fino de la hija, habían quedado definitivamente atrás. Sumergidos en el pueblo de tierra roja y muros de piedras ambarinas. Atrás, junto a los chismorreos malintencionados de las vecinas que, tal vez, en el fondo, disfrutaran de que la alegría, pocos años después, terminara en desconsuelo. Atrás, junto al vestido que yacía en su ataúd de cartón con flores blancas en el cuarto de trastos de la casa paterna. Justo al lado de los enseres que se emplearían en la próxima matanza. Ahí, en penitencia, lo había dejado Ángela mientras se deshacía de su vida de casada. Los objetos eran, en ese momento, madera, tela o porcelana que solo servían para rasguñar su pena, su dolor, su desconcierto por el engaño de Pedro. Tanto daba si morían cerquita de la máquina de extraer  miel o sobre algunos tomates de racimo que su padre dejara secándose en cañizos.

 

¡El vestido! Seda. Pura seda natural comprada en Palma. Sí. En Palma. Frente al Mar Mediterráneo. En una tienda pequeñita a pocas calles de la Plaza Mayor. Ángela recordaba el laberinto del viejo barrio medieval. Y su alegría de entonces, recorriendo, con el preciado tesoro que se convertiría en traje, las callecitas apretadas, que poco dejaban mirar un cielo tan azul que mareaba, en aquel mayo. Los faroles acristalados se balanceaban, tiernamente, remedando a las campanas de Sant Julià, que pronto tocarían a fiesta. Y parecía que tras las rejas de los patios solariegos de las casas palmesanas -asomados entre el encaje de piedra de las barandas y pasamanos- los  filodendros y las buganvillas se inclinaban a su paso.

 

Por la puntilla que bordearía el velo de ilusión, había subido a Randa. Un pueblito escondido en la sierra, al pie de un antiguo monasterio. Ahí, en Randa, decían que vivía la más primorosa artesana del encaje de bolillos. Justo al lado de las fuentes romanas, a las que las payesas acudían por agua fresca con sus cántaros  y en las que lavaban su ropa y sus miserias cuando Mallorca despuntaba hambrunas. En el tiempo en que el turismo no había manchado las callecitas de piedra verdeadas de cipreses. Si. Definitivamente: a Randa.

 

Había encontrado a la artesana en el portal de su casa. Al lado de una mesa de piedra, en la que convivían unos extraños recipientes de barro llenos de semillas para recibir a los pajaritos que volaban por ahí. Junto a ellos, la puntilla a medio hacer era una espuma de la que pendían infinidad de bolillos que bailaban en las manos expertas de la mujer. Una anciana tocada por un pañuelo renegrido a la vieja usanza de la isla, que de inmediato simpatizó con la hermosa e ilusionada muchacha de cabellos castaños y mirada clara.

Ángela recordaba ahora su alegría al cerrar trato y su regreso al llano con el preciado tesoro. Recordaba también haber pensado en que era más que lógico que en ese pueblo viviera la mejor encajera de Mallorca, ya que el encaje de bolillos se conoce, universalmente, como “randa”. Y se había reído de sí misma por andar haciendo juegos de palabras a tan poco tiempo de amonestaciones y participaciones de boda.

 

El velo también dormía  debajo de una caja de higos secos. Ángela no había tenido miramientos al arrojarlo allí, cerquita de los cerdos, como Pedro tampoco los había tenido para con los juramentos de amor eterno. Habían bastado cuatro días en Barcelona, con una de las mejores amigas de su mujer, precisamente, para comenzar un romance a cara descubierta en plena feria semanal en el mismo pueblo en que vivían.

 

Por eso, Ángela no se había preocupado por poner a buen recaudo los deshechos de su vida de casada. Junto al arado y la piedra de afilar estarían más que bien. Ella debía pensar en otras cosas. Llorar el desamor volcado en agua fría sobre sus hombros como una ola inesperada; la vergüenza de sentirse descartada, como las almendras que luego de escogidas se dejan de lado por deformes; los chismorreos del pueblo, cargados de lástima y regocijo. Ángela y Pedro habían sido para todos una hermosa, hermosísima pareja y eso suele acarrear más envidias que complascencia cuando los ojos que miran son mezquinos. Ángela sentía que no era momento de cuidar objetos. Necesitaba llorar el sueño de su vida compartida, que se desmoronaba como la sal, en las rocas junto al mar cercano a su pueblito. ¿Y qué lugar más adecuado para derramar sus lágrimas que las fuentes romanas de Randa? Quizás la viejecita le daría albergue por unos días y …

 

Llegó a Randa la misma tarde en que decidió que debía comenzar de cero. Lloviznaba. Todo estaba desierto. En el portal de la casa de la artesana solamente se veían los tiestos para pájaros absolutamente vacíos. Ángela empujó la puerta. La sala, abovedada en crucería de marés, resonaba en abandonos. Ella, que había llegado pensando en pedir cobijo para sus desamores por una semana o dos a la vieja encajera, se encontraba con que la mujer había desaparecido. Quedaban en la habitación una cama torneada a la vieja usanza mallorquina, una rústica mesa de pino y dos sillas de paja. Y junto a la chimenea, un banco largo con un trabajo de encaje de bolillos recién comenzado y una nota, garabateada toscamente, que decía: “la randa te mostrará el camino”.

 

Había leña suficiente y Ángela encendió un fuego que comenzó a chisporrotear mientras ella se ponía a luchar con los bolillos. Se alegró de haberse iniciado, en la escuela, aun cuando fuera en forma muy precaria, en las labores típicas de la isla. Lloraba mientras entrecruzaba los bolillos. De rabia, de desazón, de desconcierto. De miedo por no saber cómo seguiría su vida sin aquél que la había traicionado. Todavía lo amaba. Todavía le dolía .

 

Se hizo de noche sin que nadie apareciera . El llanto dio paso a un hambre feroz y Ángela buscó en la despensa. Ahí confirmó que el que busca encuentra. Y pudo preparar su cena, agradecida por la previsión de la anciana que continuaba sin dar señales de vida. Finalmente se desmoronó sobre la cama torneada.

 

Fue más de una semana de fuegos y randa de bolillos y de lágrimas . El dibujo del patrón comenzaba a mostrar una ciudad ya convertida en encaje. Y Ángela decidió salir por primera vez a llenar de semillas los tiestos de los pájaros.

El tordo le pareció amenazante pero finalmente comenzó a comer de su mano para volar, a continuación, hacia las fuentes.

 

La muchacha lo siguió y ahí, entre los arcos romanos y los estanques de agua limpia, comenzó a llorar llorar llorar. Tantas fueron las lágrimas en Randa que desbordaron las fuentes y un hilito comenzó a bordar de cristal el empedrado.

 

Hasta que se acabaron las lágrimas de Ángela y pudo regresar a la casa de las casas de los pájaros y los encajes de bolillos.

 

El bordado mostraba París. Sus catedrales y su torre, sus puentes y su río. Sus parques y sus jardines de simetría abrumadora. París era la respuesta de la randa. Y la niña supo que ya había llorado suficiente. París sería. Ya llegaría tiempo de volver a la isla pero para reír y soñar. Y, tal vez, ¿por qué no? Para encargar una nueva puntilla a la encajera para una nueva boda sin ninguna lágrima. A la viejita que, quizás, regresaría paso a paso por las calles empedradas, a su casa en medio de la sierra, a la vuelta de las fuentes romanas, al pie del santuario rodeado de cipreses. En Randa.

 

Cati Cobas

Publicado la semana 8. 20/02/2019
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I Will survive , Girls , En cualquier momento , tejer
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