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Cati Cobas

Sucedió en Buenos Aires: Del Trianón de Boedo, al Café Margot, en un cuento

Ahora me llaman “Margot”

“¿Dónde se encuentran ya?
¿Qué fue del tiempo aquel?
Cuando me acuerdo se me eriza hasta la piel.”

Carnaval de Antaño

Tango
Música: Sebastián Piana
Letra: Manuel Romero

   Pichuleo*. Ese apodo, que trasciende mezquindades, se correspondía con el del Rey del Carnaval 1955 de mi barrio. Lo  veía llegar, y desparramarse frente a una de mis mesas en la vereda de Boedo, para engullir dos o tres de mis célebres sandwiches, empujados, al hilo, por tres o cuatro balones de cerveza, y no podía menos que sonreír haciendo castañetear el estaño de mi mostrador.

     Metro noventa. Ciento cincuenta kilos por lo menos. Era la principal atracción de Los Cometas, una de las comparsas más exitosa por entonces.

     Blanco. Transparentaba sus venas a través de una piel contradictoriamente suave. Si hasta parecía que aquel grandote nunca había ostentado barba. Las manazas delataban el oficio que le daba de comer durante todo el año. Manotas acostumbradas a blandir fratachos, carcomidas por la cal y el cemento y el ladrillo. Fanático furioso del Ciclón, encabezaba también la hinchada para alentar al “Nene” Sanfilippo sin faltar nunca a un partido local o visitante. Le encantaba sentir los tablones de la tribuna de Avenida La Plata cimbrando bajo su generosa figura.

     Mis parroquianos de Carnaval eran, habitualmente, las familias que paseaban a los pibes por el corso.  Papel picado, serpentinas y pomos rellenados en alguna canilla de la cuadra. Lagarteranas, madames Pompadour, baturros, damas antiguas y piratas. Zorros, comboys y manolitas.

También, los emperifollados asistentes a los bailes en la Casa Balear, con la que compartíamos la cortada de San Ignacio.

    Adentro, en las mesitas con mantel y sillas de madera oscura, o en la vereda, sentados en pequeños sillones tijera de metal, el pedido era infaltable: “un sandwich de pavita en escabeche”. ¡Si hasta Perón se había bajado del coche para probarlo cuando me conocían como el famoso “Trianón de Boedo“ y nadie me enmendaba la plana! Orgulloso estaba de mis paredes revestidas en madera, de mis baldosas en damero blanco y negro, de mis mozos impecables y de mi fama, que había cobijado escritores y poetas al Sur del Sur de la ciudad…

     Pero volviendo a Pichuleo, no sé cómo decirlo. Porque ahora todo ha cambiado, pero en mis tiempos de gloria era un tema difícil de asumir. A Pichuleo le gustaba vestirse de mujer.  Solo vestirse. Y para eso, los Carnavales le venían como anillo al dedo.

“Somos los Cometas de Boedo,

en Carnaval lo seguimo a Pichuleo

que todo el año es el capo del Ciclón

pero estos días se convierte en un “minón”...

No puedo olvidarme del cantito. Y ahora, que con mi nuevo nombre me han designado “Bar Notable de la Ciudad de Buenos Aires”, mi memoria sigue viendo al hombrón con su peluca a lo Marilín Monroe, sus uñas postizas y aquel vestido largo de color azul eléctrico que le ceñía el busto prefabricado y puntiagudo, repleto de lentejuelas.

Pongo al blanco umbral de Carrara de mi entrada principal por testigo. Y también a las vidrieras, con mi nombre tradicional escrito en semicírculo de letra gótica. La discusión empezó por nada. Pasaron los muchachos de “Amores de La Quema”, una de las comparsas de Parque Patricios y comenzaron las burlas, el sarcasmo, el prejuicio y el desprecio. ¡Pobre gordo que tanto disfrutaba de su traje y de la femineidad exterior por tres o cuatro días gracias a la excusa del Rey Momo para volver al andamio en la semana y al tablón los domingos a la tarde! Apretaba los dientes y no respondía a las afrentas. Mientras, el corpiño relleno se iba inflando de impotencia.

        Los del Globito siguieron y siguieron sin advertir que, por detrás, se acercaba la banda de los azul grana.

         Aquella noche, mi esquina  parecía del lejano oeste, la verdad. Revolcones, familias enteras que huían para refugiarse en la Balear, los bastones de la policía repartiendo golpes. Y muchos en el hospital o en la comisaría. Ahí le tocó estar a Pichuleo el día en que el Corso de Boedo se terminó temprano.

        Me temo que ataviado de azul eléctrico con lentejuelas y peluca no habrá pasado muy bien las horas en la cárcel. Porque desde entonces, y hasta que me cerraron por unos cuantos años, condenándome  al silencio, solo lo vi con la camiseta de Los Santos.

       Decididamente he conocido otros tiempos… Pero me alegro de poder vivir estos sin tantos prejuicios y preconceptos sobre todo porque ahora... ahora  me llaman “Margot”.

Cati Cobas

*pichulear es sinónimo de regatear en lunfardo en Buenos Aires

Publicado la semana 5. 29/01/2019
Etiquetas
De la vida , Relatos , En cualquier momento , carnaval
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