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Cati Cobas

London City


Huelo la mezcla de aromas a humanidad con café expresso y me sumerjo en el dulce letargo de esta mañana de otoño, mientras encierro entre mis manos el jarrito con el cortado que entibia mi día de burocracia inútil y anodina.
Me pregunto, nostálgica, si alguna vez sabré a qué huele el Café de Gijón o qué se siente en la vereda del legendario Café de la Paix. Pero aterrizo de inmediato: estoy en “La London” Perú y Avenida. Justo ahí, donde Perú, a punto de florecer en mi calle favorita, y mi amada y españolísma Avenida de Mayo se juntan, cerquita de la Plaza homónima y del emblemático edificio que albergara a “La Prensa”, con su farola que supo ser testigo de la vida de los argentinos en tantos hechos que ya son historia.
El lugar, redecorado hace unos cuantos años, no ha perdido del todo su carácter, aunque para mi gusto, debería verse más “tradicional” y con menos bronces y porcelanatos menemistas.


No digo nada cuando la pareja -parecen ser hermanos, pienso-, un tanto desleída, casi en sepia, se sienta a la mesa frente a mí sin pedir permiso. No hablan, pero creo entender sin palabras algo así como que les han tomado su casa. No tengo mucho tiempo para concentrarme en ellos porque desaparecen de mi vista diciendo que tomarán una autopista que va hacia el sur. Pienso que será la ruta dos a Mar del Plata y que hay algo que no cierra en mis percepciones esa mañana. Vuelvo al café con un dejo de sospecha. ¡Pasan tantas cosas! ¿Me habrán puesto “algo” en él? Estoy sola después de tanta cola para pagar esos impuestos atrasados. No creo que sea un delito tomar café en La London…


El ayer me pone de nuevo en esas mesas, y me veo con veintitantos años cubierta por la harina del bautismo que, como egresada universitaria, me hicieran mis propios compañeros o un poco más acá, empleando sus mesas, con otras muchachas recién recibidas y llenas de sueños como yo, a guisa de mágico tablero para alguno de nuestros primeros diseños que, para suerte de la ciudad de Buenos Aires, creo, no conocieron más realidad que el papel de calco y el past partout.


Los conejos vienen casi en seguida. Es un poco molesta la sensación de que me salgan de la boca y se escondan, corriendo, debajo de las mesas. No puedo evitarlo. Lo más difícil es disimular frente al hombre que me mira de reojo desde la mesa junto a la ventana. Sí, desde esa que está rodeada por un cordón rojo y que tiene un cartelito. ¡Qué caprichoso!, pienso. ¿No ve que a esa mesa está prohibido sentarse? Se alisa el pelo lacio con la mano izquierda y me mira con una cierta ironía. Después me ignora e ignora a mis peluditos amigos y sigue escribiendo rabiosamente. ¿No se da cuenta de que uno de ellos se ha metido en el bolsillo de su pantalón? Debería avisarle…
Me levanto con la intención de hacerlo, y ya no hay conejos ni señor de pelo lacio en la mesa junto a la ventana.


Alguien abre la puerta de vaivén y el aire frío que entra de golpe y sin aviso me devuelve a mi sitio con un poco de cordura.
Llamo al mozo para pagar, y poder así alejarme del lugar, de los conejos y de las parejas casi sepia.
Pasan cosas raras, a veces, en esta Buenos Aires 2006, tan llena de turistas que disfrutan de los entrañables lugares que propone. Como esta confitería que se yergue, hace mucho tiempo ya, en el lugar donde estuviera una de las más importantes tiendas de comienzos del siglo pasado: “A la Ciudad de Londres”.
El mozo me cobra sin chistar, y me pongo de pie para sumergirme en la maraña urbana de oficinistas argentinos, turistas latinoamericanos y españoles y chicos de la calle que siguen peleando por abrir una puesta ahí justito, a la vuelta del Cabildo.


Cuando estoy por salir, leo el cartelito de la mesa en la que el señor de pelo lacio escribía sin importarle nada sobre los impertinentes conejos. El cartel dice: “Aquí, Julio Cortázar, (1914-1984) escribió su novela “Los Premios” (1960). Sea éste, el simbólico homenaje de la Confitería London City a tan honorable habitué del lugar”.
Comienzo a caminar por Florida pensando si pronto me encontraré con Don Bartolo* y su bastón o con Mariquita*, de miriñaque y peinetón enorme.


*Bartolomé Mitre, presidente argentino y fundador del periódico La Nación y Mariquita Sánchez de Thompson, en cuya casa, en la calle Florida, se cantó por primera vez el Himno Nacional Argentino.


Cati Cobas

Publicado la semana 22. 02/06/2019
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