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Cati Cobas

En San Cristóbal

“Si no puedes tener lo que amas, procura amar lo que puedes tener” C.C.

Este es, amigos, el secreto de la resiliencia (característica que mis amigas dicen reconocer en mí): amar lo que tengo. Y hacer con ello lo mejor posible.

Por eso, aunque  planifiqué partir de Parque Chacabuco, el barrio de mis amores y soñaba con vivir en Villa Urquiza, barrio porteño de casas nuevas, calles anchas y plazas y jardines generosos, cuando comprendí que el presupuesto implicaba mudarme a un departamento pequeñísimo en ese barrio, preferí optar por San Cristóbal y vivir a mis anchas. Dos años hace del cambio. Y no me arrepiento para nada. 

Mi nuevo barrio nació formalmente a partir de 1884 con la creación de la parroquia que le da el nombre. Un hermoso templo neogótico que maravilla por cierto y es casi desconocido.

Zona de quintas y arrabal por mucho tiempo San Cristóbal es ahora un fuelle entre otros barrios al sur de la avenida Rivadavia y, justo es admitirlo, carece del carácter de Boedo o Parque Patricios pero, al que sabe desentrañarlo, poco a poco le devela sus secretos.

Aquí talló María la Vasca, en su  casa de baile. Aquí murieron muchos luchando por sus derechos obreros en la huelga de la Casa Vassena. Y aquí también crecieron algunos bares emblemáticos que todavía conservan estaños y solera: El Bar de Cao y el Miramar.

Recorrer mi nuevo barrio es sumergirse en los comienzos del Siglo XX. Imaginar una vida que ya no es e intuir que pronto aquí tampoco será porque los subtes están haciendo brotar edificios de muchos pisos y la imagen de casas chorizo y calles sombreadas se irá perdiendo inevitablemente.

Pero amando tercamente lo que  tengo, camino por la avenida Jujuy, al encuentro de Doña Petrona en su museo y paso por "el barrio de los turcos" (en realidad libaneses), comprendiendo cuán generosa ha sido esta bendita tierra. Los comercios de artículos de gastronomía han sido el modo de hacer la América de esta buena gente. También los japoneses me llenan de admiración con su magnífico Centro Okinawense, que llena de color las calles celebrando a Japón.

Y conste que no todo es oriente en San Cristóbal. Son tantos los centros españoles (Zamorano y Salamanca entre otros) que me siento realmente en casa.

Mi barrio es tranquilo, mucho menos peligroso de lo que la gente cree, cálido y entrador cuando uno se le entrega.

Y compensa con su gente una cierta indefinición  que lo define.

Definitivamente soy feliz aquí. Poco a poco los comerciantes me reconocen y me regalan su sonrisa, Poco a poco me identifico en los rostros de mis vecinos y disfruto de los árboles añosos y los jacarandaes en noviembre. Poco a poco bailo en las molduras que algún italiano trazó para algún gallego dispuesto a vivir mejor y acaricio con la mirada algunas viejas casonas con historia.

Soy feliz aquí. Definitivamente elijo sentarme por un café en algún bar de nostalgia desteñida y ser despertada por algún benteveo en mi ventana, mientras un bandoneón trasnochado me transporta a un tiempo diferente.

¡Bendita vida!

Cati Cobas

 

 

 

Publicado la semana 20. 19/05/2019
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