18
Cati Cobas

De inmigrantes socialistas a comienzos del Siglo XX

Semillas al sol

Ése, que se refleja en la pantalla de mi computadora, es el mismo sol que debe haber encandilado a Marcial cuando traspuso la cancel del inquilinato en que vivía Quino, su amigo desde que hicieran juntos el servicio militar. El pudoroso abrazo contenido entre aquellos dos jóvenes fue el preludio de un tiempo en el que el ya aquerenciado mallorquín le enseñó a mi abuelo materno el oficio de zapatero, mientras desayunaban pan con aceite  y tomate, como si estuvieran aún en su Marratxí natal.

Sus precarias banquillas, confeccionadas con restos de cajones de fruta, ubicadas entre malvones y geranios, frente a las respectivas habitaciones,  ponían un toque pintoresco en el inquilinato de Boedo plagado de inmigrantes provenientes de Mallorca. Uno había ido trayendo al otro, y se contaban por cientos en el barrio.

Poco a poco los dos amigos se trasmitieron saberes y habilidades para defenderse y, sin quererlo casi, se acriollaron, pero procurando sin embargo conservar a ultranza, con una tenacidad a toda prueba, los usos y costumbres ancestrales.

Para eso, Juana, la mujer de “En” Quino, tendía mantel y platos para todos los recién venidos, que devoraban un “cuinat” muy generoso en carnes y legumbres, como pocas veces habían podido probar en La Roqueta; “cuinat” que, con el tiempo, deviniera en “pucherito”, -como supo llamarlo Marcial, más argento ya, cuando se convirtió en mi abuelo-. Los añoradizos mallorquines veían en esa mujer de otro, a la mamá o la hermana o, tal vez, a aquella esposa que todavía no se había animado a la larga travesía, y esperaba en el pueblo el regreso de su hombre o el envío de unas cuantas pesetas que paliarían las carencias de comienzos del Siglo XX, allá por el Mediterráneo.

De lunes a lunes, la eterna retahíla: “Marcial: mojas el “corte”, colocas el contrafuerte, la talonera, el cambrillón en la horma, y cuando  tienes todo bien dispuesto, lo sujetas con estas “semilitas””. Decía En Quino, entre dientes, evitando que los pequeñísimos clavitos salieran de su boca. ¿Semillitas? ¡Con las tierras que hay por estos lados ya querría yo semillas que no fueran de acero! - pensaba Marcial, para sus adentros-. El campesino luchaba por salir de sus entrañas, aunque él se estuviera transformando, poco a poco, en un buen obrero del calzado, como tantos de sus paisanos afincados en esta Buenos Aires.

Los viernes: ¡a la escuela sindical! Ésa era la forma de defenderse de los que quisieran aprovecharse de los recién venidos: el aprender, el conocer, el “saber” serían las legítimas semillas que con el tiempo darían fruto. Sólo así nadie se abusaría de ellos, ni avasallaría sus derechos. Sin golpes bajos. Quino y él serían socialistas, pero lejos de las anárquicas violencias que algunos pregonaban. ¡Cómo les gustaba escuchar a Juan B. Justo y a Palacios, el de los bigotazos inmensos y el poncho criollo a caballo del hombro izquierdo, el de la defensa de la mujer, aquél que fuera el primer diputado del partido , en cuya chapa de abogado ostentaba, con orgullo increíble, el lema “Atiende gratis a los pobres”.

“¡Vístete, Marcial, que nos esperan los compañeros!”, la imperiosa voz de Quino sacó al paisano y amigo de su ritmo monótono de clavitos y martillo.

-Falta, Quino, faltan unas horas para que hable Palacios. Déjame terminar el armado de este par. Es una pena no acabarlo. El cuero se secará, y luego será muy difícil trabajar.

-Pero debemos caminar muchas cuadras hasta poder tomar el tranvía, y ha llovido. Por aquí es todo un fangal- apuró Quino, que ya se había quitado el delantal azul con que protegía la ropa de manchas y tintes inoportunos.

-Tienes razón; dejaré todo, y saldremos en cinco minutos- replicó mi abuelo poniéndose la chaqueta y la corbata y coronando su cabeza con un chambergo de paja... Aunque era un obrero, sabía que la dignidad también se conquista desde afuera. Esos mítines en la Plaza Miserere junto a los desfiles del 1º de Mayo, entonando, valientes y orgullosos, La Internacional, les daban una conciencia del valor de su trabajo y un orgullo de clase, que supieron volcar en sus hijos y sus nietos. El blasón de las manos gastadas en las herramientas y en el saber hacer la vida a pura lucha; sin el adormecimiento impuesto por muchos años de catequesis eclesial como había sido la costumbre allá, en Mallorca. En Argentina, a nadie se lo obligaba a profesar una religión por la fuerza. Cada uno podía rezarle a quien quisiera o no rezar, era libre de hincar sus rodillas ante Dios o de imprecar a las fuerzas de la Naturaleza siguiendo al admirado Darwin. Eso era algo maravilloso en esta patria nueva.

La libertad de credos no tenía precio.

Cati Cobas

Publicado la semana 18. 01/05/2019
Etiquetas
Compartir Facebook Twitter
Género
Relato
Año
I
Semana
18
Ranking
0 65 0