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Cati Cobas

De "Dos orillas para una crónica" La pampa (Dos "campaners" en Argentina a comienzos del Siglo XX)

¿Cómo contar la pampa? Cómo hablar de esas extensiones que parecen no llegar nunca al horizonte. ¿Cómo decir el viento o el suelo de adobe apisonado en el rancho con techo de paja de Miguel y Catalina allá, cerquita de Bahía Blanca?

Sólo los que aman la tierra o ver crecer las hojas desde el surco, podían gozar en esas soledades, a pesar de la falta de lujo o de lo precario del lugar fecundado en tierra y paja. Claro que las madonas mallorquinas saben hacer un hogar donde les toque. Eso no hay ni que explicarlo. Y eso era el rancho que servía como vivienda a mis abuelos campesinos: un hogar en medio de la pampa, lejos de la isla, lejos de todo, pero cerca, muy cerca, de sus sueños de un futuro cuajado de promesas.

Catalina mojaba, con un poco de agua sacada a puro balde en el brocal del pozo para no levantar polvo, el piso de adobe, y lo barría día a día, como al mejor mármol de Carrara. Disfrazaba con blancas carpetas de crochet los simples muebles que habían podido conseguir, mientras cocinaba leche frita como postre o, quizás, algún buen arroz seco, compartido con los vecinos. Habían comenzado, con Miguel, la costumbre del mate y el asado,  en su afán de imitar a los criollos, pensando que esa sería la mejor fórmula para aventar nostalgias. Y guardaba, cosecha tras cosecha y peso a peso,  las ganancias obtenidas en las tierras arrendadas a algún latifundista de los que, por entonces, ni siquiera podían contar las hectáreas logradas por algún golpe de suerte, un buen contacto en la política o una alguna oportuna y bienvenida  herencia.

Mis abuelos paternos apretaban los dientes, y doblaban el lomo día tras día, con la secreta esperanza de volver a Mallorca, de no quedarse un día más de lo necesario en este “hacer la América” que tan duro resultaba. Tomás y Miguel, sus hijos argentinos, andaban a caballo en pelo, como si hubieran nacido arriba de uno, y comenzaban a ayudar en las pequeñas cosas, mientras que de Antonio, el mayor, podía decirse que  era todo un gaucho hecho y derecho. Con tres varones en casa sería cada vez más fácil la faena. En pocos años: el barco. ¡A cruzar el Atlántico, para seguir labrando su destino entre rocas y molinos, allá donde florecen los almendros y las aceitunas verdean el aire con la promesa de su aceite!

El verano estaba terminando; la mies, pronta para la siega. Catalina zurcía medias a la sombra de los álamos mientras pensaba en la dura faena que tendrían en pocos días. La cosecha y la trilla necesitaban muchos brazos. No era suficiente con los hombres de la casa. Tal vez Leandro, el criollo que había venido a pedir trabajo hacía poco…Le diría a Miguel que bajara hasta el pueblo a ver si lo encontraba en el almacén. Catalina procuró detener sus pensamientos y recobrar la calma. No se estaba mal bajo los álamos. Miguel los había plantado porque crecían rápido, muy rápido, aunque su madera era buena para nada. Los buenos árboles, de noble fruto, crecerían en la isla, en tierra propia y no arrendada…

La polvareda anunció la llegada de Martín Soler, el vecino que venía cargado de propuestas.

-Buen día, madona. ¡Traigo la buena nueva! Dijo Soler, en tono jubiloso.

-No me dirá, vecino, que Nieves y Amparo tendrán un hermanito…

-¡Qué va, Catalina! ¡Es que hemos conseguido la cosechadora! Y entre todos podremos alquilarla. Este año la siega será mucho más fácil. Ya lo verá.

-No sé, Martín. No sé. ¿Está seguro de que los demás estarán dispuestos a compartir los gastos?

-¡Claro, mujer! Comenzaremos por los campos ubicados más al Norte, y llegaremos hasta los vuestros. Nos ayudaremos unos a otros para la trilla y el enfardado. ¡Ya verán los criollos cómo se apañan estos “gallegos” para salir del paso!

-A propósito: dígale a María que el otro día, cuando fui al pueblo, me crucé con Remigia, la muchacha de Coronel Pringles. Pronto le nacerá otro gauchito, y voy a precisar de ella para asistirla.

-Mande a Tomás con la potranca para avisar con tiempo, y María la acompañará con gusto, Catalina.

-¡Tomás! Me gustaría saber dónde se ha metido. Se han ido con el pequeño hace más de dos horas, y no han vuelto…

-  No se preocupe, Catalina, si los encuentro por el camino, se los envío directamente para aquí- aseveró el valenciano, con la tranquilidad de aquel que cree que en esas inmensidades solitarias nada malo puede suceder.

-Ya le diré a Miguel que vaya a verlo para ponerse de acuerdo, amigo Martín y muchas gracias...

Catalina dobló, cuidadosamente, cada par de calcetines, mientras un relente de trébol perfumaba la caída del sol en medio de la pampa. Tapó el cesto de mimbre, y levantándose, caminó, despacito, para encender el fuego. En poco tiempo, Miguel y los niños estarían de regreso.

Cati Cobas

Publicado la semana 17. 25/04/2019
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