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Cati Cobas

De "Dos Orillas para una crónica"... El gato

El gato

Oro en las espigas casi listas para la cosecha. En el sol que alumbraba ranchos y aguadas. En el cabello rizado de Tomás mientras guiaba a Miguel, su hermanito, por entre el sembrado, con el gato de la casa a su lado, siguiéndolos como si hubiera renegado de su condición felina para convertirse en un cuzco cariñoso. Ninguno de los niños sobresalía de las espigas que se movían al compás del viento.

¡Qué hermoso  seguir los surcos, jugando a poner un pie delante del otro! Eran lo suficientemente pequeños aún y podían andar libres de preocupaciones. Eso era bueno. Pronto tendrían que ayudar a los padres y al hermano mayor, pero mientras tanto vivían esos momentos únicos de la infancia en que todo está realmente bien y nada se desea.

Las piernas cortitas de Miguel comenzaron a acusar cansancio y plantó bandera. En seguida emprendió el retorno dejando a Tomás acompañado por su gato.

Grande fue el disgusto de Catalina, que aprestaba la cena un poco preocupada por la tardanza de los pequeños, cuando vio llegar al niño sin que Tomás lo acompañara. El pequeño casi no hablaba todavía y lo poco que dijo contribuyó a ensombrecer a su mamá. Cuando llegó el padre, con Antonio, era casi entrada la noche  pero no había rastros del hijo ni del gato.

“¡Esto no ocurriría allá en Mallorca!- decía mi abuela Catalina-allá todo es pequeño y las distancias son tan cortas…”

“Calla, mujer, no sufras, que Tomás es pequeño pero hábil para moverse en el campo. No temas. Ya estará por llegar”- respondía mi abuelo-

Pasaron las horas pero el hijo no regresaba. Catalina procuraba mostrar presencia de ánimo pero cada vez le resultaba más difícil. ¿Qué habría pasado con su niño? ¿Dónde se hallaría? ¿Y si hubiera sido presa de algún animal salvaje?

-¡Ve, Miguel, ve a buscarlo! En algún sitio ha de estar. No puede habérselo tragado la tierra.
Una luna llena alumbraba la mies. Miguel subió a su caballo y fue en busca de los vecinos para pedir ayuda. Los hombres se repartieron el terreno, y comenzaron a recorrerlo palmo a palmo pero no había rastro del muchachito de cabellos rubios que buscaban.

Regresaron a la casa con los brazos vacíos hasta que Catalina sugirió que el pequeñín, que había vuelto solo, rehiciera el camino. “Es muy despierto nuestro Miguelito”, dijo mi abuela. Y así, con el niño delante y las primeras luces del día, mi abuelo Miguel y Martín, el vecino valenciano, junto a otros arrendatarios criollos que se habían unido al grupo, rastrearon los sembrados sin encontrar nada.

De pronto, a lo lejos, un suave maullido rompió la desazón de todos. El grupo se dirigió hacia el sitio de donde venía ese sonido y observaron al gato girando en círculo. Al acercarse comprobaron que el trayecto estaba determinado por el contorno de un pozo en cuyo fondo yacía Tomás, desvanecido. Las sogas de los recados fueron suficientes para descender, y traer al muchachito a los brazos de su madre.

Así, gracias a un gato y a la solidaridad entre vecinos, salvó su vida mi papá cuando era apenas un niño pequeño con los cabellos del color del trigo allá por Bahía Blanca donde la tierra es fértil y sopla el viento entre las espigas granadas.

Cati Cobas

Publicado la semana 16. 21/04/2019
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