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Cati Cobas

Isabel

Isabel

El desván de la casa de mi infancia albergó durante muchos años dos tesoros para la memoria de la madre de mi madre. El cofre, casi rústico, en el que había traído sus pocas posesiones a esta tierra y la reposera de lona naranja y madera clara en la que había dormido durante su primera travesía transatlántica. Ella evitaba cuidadosamente los detalles del rancio dormitorio compartido con cientos de mujeres y niños emigrantes. Evitaba, también, contarme su pena al ver ponerse “así” chiquita  la isla de Mallorca, tan marina y azul, pero tan pobre por entonces, para buscar un mejor destino a orillas de este río marrón y cansado que acompaña a  Buenos Aires. Es que Isabel conservó siempre la dignidad y la alegría del almendro en flor, y las mantuvo hasta su muerte, amparada en una fe que iba más allá de toda lógica y de todo dolor o dificultad en este mundo.

A las doce de un lunes cualquiera  de diciembre del catorce  aquella muchacha tan pequeña y tan valiente desenvolvía, con cuidado, la sobrasada que su madre   le diera para calmar el hambre en el viaje. Un inmenso pan mallorquín, redondo y de compacta miga, se prestaba a ser cortado en finas lonjas cuando Maria, una paisana de Porreras, apenas mayor que Isabel, se sentó a su lado y, abriendo el atado en el que traía sus provisiones y mostrándole a Isabel otra sobrasada tan gruesa o más que la de ella, le dijo que era una pena “abrir” ambas. Así propuso: “¿No crees, Bet, que podríamos comer la tuya primero y luego compartir la mía? Entre las dos habrá suficiente para todo el viaje, y de ese modo evitaremos que se arruinen con la humedad del barco”. Isabel asintió, compartiendo, gustosa, su sobrasada y pensando en el buen criterio de su compañera de viaje.

Los días pasaron. Transcurrieron en densa monotonía, en el balancearse de las olas, en las nostalgias que ya comenzaban a aparecer en las miradas; en la inquietud por saber cómo sería la tierra nueva a  la que se dirigían.

 

Cuando la sobrasada de la abuela se acabó, aún faltaban varios días para llegar a la Argentina. Pero María, la de Porreras, se declaró inapetente, dejando a Isabel en compañía de la nada que quedaba de su pan mallorquín junto a  algunas almendras, como único alimento hasta el desembarco. Tal vez por eso, Isabel instituiría, más adelante, a la cocina y la despensa de nuestra casa como sus reinos absolutos, procurando que siempre hubiera “un poquito de reserva”. Tendría miedo de recibir la visita de María ofreciendo, generosa, compartir la sobrasada.

Ustedes querrán saber por qué razón la abuela vino a Buenos Aires. ¿Cierto? Su papá y su hermano mayor habían viajado a mi ciudad a probar suerte, como tantos otros por entonces. Ella venía del dolor inmenso de no contar con otra dote que sus manos y el caudal enorme de su viva inteligencia, unidos a una voluntad gigante, que contrastaba con la pequeñez de su figura regordeta y simpática, adornada por aquella sonrisa de dientes parejitos y aquel cabello ondeado, bien castaño, que acentuaba el gris de sus ojos en la piel aceitunada. Aunque, pensándolo bien, nada de eso había sido suficiente para evitar el sufrimiento de sus rodillas arruinadas por el frío de los pisos de mármol del convento de las monjas donde intentara, por dos veces, permanecer como novicia, con la esperanza de aprender a leer y escribir como la gente, ni tampoco los sinsabores del carbón y los rezongos de la patrona palmesana que la contratara como cocinera por un tiempo. Buenos Aires sería otra cosa…Allí el trigo crecía sin sembrarlo y había pan de sobra para todo el que quisiera trabajar con ganas. A eso, Isabel no le temía. Cuando se han criado siete hermanos, el trabajo ya no asusta. Por eso guardó sus recuerdos en el pañuelito de seda pintado con claveles y la poca ropa blanca, producto de su trabajo en Palma, dentro del cofre -aquél del desván de la casa de mi infancia- y casi sin mirar atrás, se vino a “hacer la América” durmiendo en la reposera de madera clara y lona anaranjada en la que yo, después de muchos años, me sentara a tomar sol, ignorando por entonces el lugar que había ocupado en el acre dormitorio compartido, en el barco que traería a la abuela Isabel a Buenos Aires.

Cati Cobas

Publicado la semana 13. 26/03/2019
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