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Cati Cobas

Otra vez sopa ¡Y sin fideos! (De la zanja, a la grieta) Caticrónica

 “No se puede ser feliz entre infelices”  Raúl Portal

Los lectores históricos de mis crónicas, aquéllos que comenzaron a leerme hace ya catorce años y viven por otros sitios lejos de Argentina, deben estar pensando: “no puede ser que esta mujer regrese escribiendo que se le achicó el jabón, que los argentos traseros monologan reclamando un papel higiénico suave, que se les está haciendo difícil comer otra vez”. Otra vez. ¿Otra vez? Sí. ¡Otra vez!

Y los nuevos, la enorme cantidad de amigos que no leyeron aquellas “Caticrónicas de la crisis”, deben decir: “Pero si Cati es una señora que ama sus raíces mallorquinas y sobre eso escribe. A lo sumo, sobre la mala prensa que tiene la vejez. ¿Qué le ha dado por meterse en estos temas?”

La realidad es que he vivido y vivo en la más absoluta contradicción. Y si no empiezo a escribir sobre ella corro el riesgo de ser detenida por los cuadernos… “no escritos”, que no “truchos” o por portación de aspecto clase medio media y sentimientos cercanos a los que menos tienen. Vi la luz en un hogar en el que el abuelo era ateo y socialista y la abuela, salida de un convento. Vaya contradicción

Tomás, mi papá, era un sol en .todo sentido. Inteligente, honesto, trabajador,  pero para él, el estado debía intervenir lo menos posible y, aunque no quisiera adjudicarle el alimentarse solamente con bananas*, tenía como lema: “si yo vine con una mano atrás y otra adelante, y estudié y me esforcé y me fue bien, todos pueden hacerlo”, olvidando que todos no somos iguales ni tenemos las mismas capacidades de vida, de lucha y de adn.

En cuanto a mamá, creo que a ella le debo esto de poder separar el cariño de las decisiones políticas. Para ella siempre fue importante conservar a su gente más allá de cómo pensara.

Una vez cada dos meses íbamos con mis padres y mi abuela Isabel a visitar a los primos de Longchamps. Margarita, prima de mamá, estaba casada con Manolo. Dicharachero y simpático integrante de todas las cooperadoras de su (en aquel entonces) pueblo. Comprometido con su escuela, su hospital, Para mí, que desde la cunita sentí al trabajo voluntario y asociativo como algo muy valioso, Manolo era mi ídolo. (Lástima, decía papá, que Manolo ¡era… pe-ro-nis-ta!)

El Citröen negro y trompudo intuía lo que le esperaba, no me cabe duda. Relinchaba desde que salíamos de casa hasta que anclábamos dos horas después en el jardín suburbano de Manolo y Margarita.

Corrían los años en que “el tirano prófugo” no se podía nombrar y gran parte de la clase “media” acordaba con “la Libertadora”.

Todo empezaba genial. Manolo nos mostraba sus conejos, su huerto, sus gallinas. Los grandes tomaban mate y los chicos, Toddy con factura. A continuación: a cazar sapos en una zanja que rodeaba el terreno, ya que en esa época no había cloacas. Zanja que saltábamos de una a otra orilla con la inocencia y la alegría de la infancia.

De repente, papá decía: “vamos, que la visita terminó por hoy”. Mamá y su prima se miraban desoladas. Otra vez Manolo y Tomás habían discutido. Y entre ellos, la zanja de los sapos ya se había vuelto abismo.

Y así fue por mucho tiempo porque después de unos meses Manolo y su familia nos visitaban en casa y mamá y Margarita estaban felices por un rato hasta que… ¡otra vez sopa! En realidad, ahora me doy cuenta, cariño, pero abismo… y sopa.

De esto han pasado sesenta años. ¡Mejor no pensarlo! Manolo y papá ya no están en este mundo pero todo sigue igual. Y lo malo es que la dicotomía no cesa. Y el prejuicio mutuo continúa. Y la palabra hiere y separa.

Los 90 trajeron el mercado, la pizza con champagne y los viajes al exterior para muchos. y se llevaron los trenes, la educación técnica, las industrias, el trabajo y nuestra dignidad como país. El 2001 nos dejó el corralito, la crisis, y un largo etcétera que en los próximos años se revirtió bastante. Volvió el estado, sin té de Ceylan y con menos dólares, pero con muchos logros en infinitas áreas y, por más que haya habido errores y hechos que no debería haber habido, algunas cosas mejoraron para mucha gente.

Lástima que igual seguíamos con la zanja, el abismo, la grieta, el no darnos cuenta de que todos los que no somos archimillonarios estamos de un solo lado, no importa si somos blancos y europeos o cabecitas negras, como se sabía decir en el tiempo de Tomás y de Manolo.

Y así volvió  el mercado. Y Balcarce, un can, sentado en el sillón presidencial. Otra vez las deudas. Otra vez el desempleo. Otra vez las pymes y los colegios públicos que se cierran y los pobres que no pueden pretender llegar jamás a la universidad. Otra vez los jubilados sin bono y en la lona y la inflación y el hambre y la tristeza y mucha más gente en la calle… ¡Otra vez sopa! Lo peor es que en esta oportunidad ni para fideos hay.

Por mi parte, a partir de hoy, mis cincuenta y dos crónicas 2019 prometen una visión al uso de Aurora. Más allá de las grietas. Con la mirada puesta en los afectos, en la ciudad, en sus edificios, en la gente. Pero mía y no ciega.

Deseo que Manolo y Tomás se hayan encontrado en el cielo de los buenos, y nos ayuden,  desde allá, a encontrar un camino que deje sin efecto tanta zanja y comience a pensar una Argentina nueva, en la que se pueda vivir con dignidad, justicia y decisiones propias. Aunque, ciertamente, será una tarea de titanes, soñar todavía no se considera servicio público ni paga impuestos…

Cati Cobas*En Argentina, a los antiperonistas se los llama “gorilas”.

Publicado la semana 1. 02/01/2019
Etiquetas
Edith Piaf-Je ne regrette de rien , La vida misma , Cualquier rato , Crisis
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