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Berthy Cantillo ©

El abrazo de Morfeo

Hace unas horas llevaba puesto un vestido largo de seda, muy fino de color blanco roto y unos zapatos de ante en rosa talco con un alto tacón que pretende imitar la columnata de Bernini. Recuerdo estar en perfecto estado hasta la clausura de mi libertad y haber entregado a una pobre inocente el ramillete que decorará su tumba mientras ella yace enamorada.

Justo ahora mi reloj ha marcado las 00:42. Tengo mucho calor, pero hace frío, alcanzo a ver desde una estrecha ventana que no es exactamente la de mi dormitorio el termómetro callejero de una farmacia que marca cinco grados bajo cero. No sé que tengo, me retuerzo sobre aquella cama dura, mi cuerpo tiembla y he empapado las ásperas sabanas de sudor. Me da asco al tacto, pero creo que podría estar peor.

Me huele a vainilla, posiblemente huela muy mal, pero prefiero pensar que es a vainilla. Tengo mucha sed, demasiada. Miro un sucio vaso que duerme sobre una pequeña y vieja mesa de noche, y para mi fortuna el espíritu de Morfeo me abraza. Creo que intenta aliviar mi pena. He viajado a tantos lugares en tan solo cinco minutos que he llegado a pensar que deliro.

Morfeo está jugando realmente conmigo, he sentido estar aquí y al mismo tiempo en otro lugar, he sentido morir y estar viva varias veces. Me he visto llorando y en un instante reírme a carcajadas, es como si hubiese robado a un gato sus siete vidas y haber agotado a seis de ellas.

Por fin Morfeo se quedó a mi lado. Allí tendida volví a mirar el reloj y ahora son las 00:47 ¡No puede ser! Tan solo han trascurrido cinco minutos y siento que he vivido diez años. Arrastras he atravesado aquel lugar que aun no logro reconocer. No veo a nadie, solo ropa tirada en el suelo, botellas sucias y vacías acumuladas por montones en los rincones, las paredes se deshacen con solo mirarlas. He llegado a un baño sucio y me agarro del wáter asquerosamente manchado. Vomité, realmente era lo que quería hacer, pero vomito más por asco que por ganas.

Como pude me puse en pie y me miré en un espejo roto y desgastado. Mi rostro permanece firme con mirada impasible. Como si todo eso fuera normal. Jamás había estado en aquel lugar ni en alguno parecido. Podría estar asustada pero no, estoy como si estuviera acostumbrada a esa sensación a esa podredumbre.

De repente siento que alguien me mira, mi sentido del miedo estaba completamente anulado. Era un hombre de piel blanca, pelo largo y una ligera barba recién dejada. Estaba sentado con las piernas abiertas  en un sofá bordado en marruecos y con bordes deshilados en dorado ocre.

Su pecho estaba tatuado por un dragón que llegaba hasta la parte trasera de su hombro izquierdo y recorría parte de su brazo. Me acerque a él y me senté sobre sus piernas, él no me rechazó muy por el contrario, se sonrió con picardía y metió su mano detrás de mi cintura acariciando mi espalda con sus largas uñas puntiagudas que ligeramente me dolía.

Me acercó mucho más cerca de sí y mordió mis pechos. Solo hasta ese entonces me di cuenta que no llevaba sujetador. Mi piel se encogió y apreté mis piernas entre sí. Mi trasero se endureció y mi esternón se elevo hacía cielo; mi cabeza se extendió hacía su mano que había llegado ya hasta mis hombros. Sentí un placer singular.

Mi desorientación no me daba miedo, no sabía ni como me llamaba. Estaba en la agonía de saber que sentía, jamás había desnudado mis pieles ante un hombre. Aquello ya me estaba comenzando a gustar.  La sangre de mi cuerpo hervía y yo me encendía en un placer que se convertía en lujuria. Le besé retirando mi lengua entre sus labios y él me recogió en un puño mis cabellos sueltos, se puso en pié y bajo sus pantalones. Me acercó junto una mesa alta que miraba hacía un patio de luces, me  alzó por el trasero hasta sentarme a la altura de su cintura. Retiró mis tangas hacia un lado y me penetró suave una y otra vez. Todo mi cuerpo, comenzó a temblar.

Me perdí y me encontré tantas veces como él pudo acercarme  a su pecho. Gemí tan fuerte y supe que había conocido lo que era haber tenido sexo por primera vez. Entonces Morfeo me soltó y yo volví en sí. Miré el reloj y eran las 00:59. Puse mi traje, mis tacones cogí mi bolso y llamé a un taxi. Le pedí que me dejará en la Rue Baudin nº8 en Suresnes, Francia. Me duché me puse el pijama y Morfeo me volvío a abrazar hasta hoy a las  ocho de la mañana. No sé si estamos a 28 de enero o Morfeo aun no me ha soltado.

Publicado la semana 4. 27/01/2019
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