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Andbenedetti

Despidete con gracia

Si, aquí estoy en mi tercer intento de suicido y espero por mi bien, que no sea solo un intento. ¿Qué más podría hacer ahora sino despedirme? ¿Pero de quien? ¡De mi mismo! 

Siento mis piernas agitarse en el vacio inmenso bajo ellas y yo sentado en la cornisa, viendo el mundo y el caos allá abajo. 

¡Mira allá está la cafetería en la que acabo de comer un sandwich! - No importa, pense. Suspiré, tomé aire profundamente y decidí saltar.

Pero ¡Espera! ¿Por qué la prisa? - me dije- tengo todo el tiempo del mundo para contemplar el atardecer e irme. ¿No?, al fin de cuentas, seria el último. Cogí un cigarrillo de la caja a mi lado, lo prendí sin afán, con una pausa casi ceremonial,  ya no tenía prisas, ni miedos, en aquel momento mi más grande temor, el temor a las alturas había desaparecido, ese temor amargo que siempre me hizo un nudo en la garganta y un hueco en el estomago, ya no estaba. El vertigo imposible se había ido y yo estoy tranquilamente en este lugar, sabiendo que no regresaré sobre mis paso esta vez. -¡Esta vez no! - dije con determinación, la brisa fría de la tarde se hizo presente y me causó temor que una ráfaga acabara con aquello sin que me permitiera darme el lujo de saborear aquellos instantes finales.

Contemplo la ciudad, que con cada minuto se me hace más ajena, mas lejana, un lugar impersonal y demasiado lejos de mi, tengo todo bajo mis pies, todo eso por lo que la gente se consume y se obsesiona, autos, apartamentos de lujo, compras, teléfonos celulares, carreras, títulos, prestigio, dinero. 

 

-Todo es tan relativo y lo sabes- Su voz era todo lo que quería tener, lo miraba con un amor inmenso, pese a saberlo tan lejano de mi como tal vez lo estaba China. 

-Lo sé, pero...No puedo evitar sentirme así ¿Sabes? Es esta maldita depresión, me hace odiar todo y le he cogido cierto gusto a eso de odiar. 

-¿Me odias también a mi? - respondió. 

-No, a ti no - respondí, mientras encendía tal vez el cigarrillo número 20 del día, hacía mucho había dejado de contarlos y al fin de cuentas ¿Quien necesita saberlo?

-Deberías dejar de fumar. He estado pensando apuntarme al gimnasio - dijo mientras señalaba su abdomen. 

-Así estás bien - dije intentando dibujar una sonrisa, lo que tal vez se vió muy falso, porque en su cara se dibujó una mueca de preocupación. 

-Deberías venir conmigo, a lo mejor conoces a alguien y te animas a salir de la depresión - su voz era lo que necesitaba, pero sus palabras me parecían tan terribles como las uñas de un escolar sobre el pizarrón 

- Si, me vendría tan bien como una patada en la entrepierna. No me gusta y lo sabes, sabes que para mi un gimnasio es un templo a la superficialidad, allí solo van los que quieren verse bien, mientras los que lo necesitan, solo se atragantan de comida esperando el día en que se les tape una arteria y se mueran. 

-Que negativo eres, pero no te culpo. A proposito, ¿Cómo te ha ido en el hospital?

Escuché el ruido de las sirenas de la ambulancia, no me hacía gracia, pero no pude evitar mirar hacia abajo. ¿Qué sería? ¿Un robo? ¿Un accidente? ¿Un gordo infartado? - No necesito pensar en eso, en unos minutos ellos mismos vendrán a ver mi cadáver estampado contra el pavimento, así que ¿Por qué habría de interesarme la suerte de alguien más ahora? Ahora solo importaba yo, había planeado durante años este momento y tenía la oportunidad, era una muerte segura y sin posibilidades de fallar, veinte pisos de caida libre y por si acaso, había robado una buena dosis de insulina del hospital, me la aplicaré, me desvaneceré y caeré, tal vez este muerto antes de tocar el suelo. -pensé- 

El cigarrillo se consumía rapidamente y quise saborear solo otro más, uno mas o menos ya no me podrá hacer nada, le habría ganado la batalla a la carrera del envejecimiento, habria muerto antes de tener Alzheimer o Parkinson, antes de sufrir un infarto, un EPOC o tal vez un cáncer, he vencido toda esa mierda y me iré del mundo a mi manera. 

Deje dos cartas en el apartamento, una con el sueldo del mes de Antonia, esa mujer fiel y consentidora que durante casi tres años ha limpiado mi casa, se ha preocupado en mis días de enfermedad, ha estado ahí en mis momentos más tristes e incluso se había quedado a mi lado en un parde ocasiones, pese a tener tres hijos, dos nietos y un marido alcohólico al que cuidar, ahí había estado siempre, había sido como una madre y no iba a dejarla desamparada. Preparé para ella, no solo su último pago y una muy generosa indemnización, también decidí que tendría la mitad de mis cosas. La segunda carta estaba dirigida a los pocos amigos que quedaban y allí di instrucciones precisas sobre que hacer con todas mis pertenencias. Fui muy claro, todo debía quemarse o destruirse, mi ropa, mis libros, mis escritos, mi computadora, las fotos, todo. Dejé también todas las claves de todas mis redes y limpié aquella casa, lo mejor que habia podido. No dejé nada para nadie. ¿Y mi familia? ¿Qué merecen ellos? Bueno, no merecen nada y nada les dejaré, ni una carta, ni una linea, ni una mención, habían sido todo lo que nunca necesité y eso no cambiaría al morir, también deje una nota en la portería del edificio, pidiendo que no dieran misas o hicieran reuniones a causa de mi situación, no necesitaba el chisme, ni los comentarios de mis vecinos, aunque sé que lo harán, pero no quiero que mi muerte sea la  causa de esos corrillos comunales de quinta. 

¿Y ahora? - dije mientras sostenía la colilla apagada del último cigarrillo en la cajetilla. Un sonido lejano y tal vez demasiado familiar me hizo volver de golpe a la realidad, sentí el vacio, el vertigo, la maldita ciudad y el caos debajo de mi, la gente, senti que me miraban, sentí el ruido, el ruido o más bien el sonido de mi teléfono. Lo saqué y cuando trataba de contestar, el teléfono cayó de repente al vacio, se fue de entre mis manos, no pude o intente contenerlo, no importaba, yo caería solo unos momentos después. 

 

Publicado la semana 6. 04/02/2019
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