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Andbenedetti

Memorias del Holocausto

La marcha de los inocentes

Llevábamos tres días caminando y aquella marcha macabra no parecía acabar, el calor del verano se acentuaba en los caminos polvorientos que nos llevaban a casa. ¿Cuánto más? No parecía posible padecer un infierno peor al que ya habíamos padecido, pero si existía, era aquel camino. 

-Papá ¿Cuándo llegaremos a casa?

No pude evitar sentir un soplo de animo inmediato al escuchar su voz, la voz de mi hijo. Desde que nos separamos en la estación de tren en Varsovia, hasta el momento en que nos sacaron a rastras para hacernos marchar por aquellos caminos polvorientos, no había visto a mi hijo, lo único que quedaba de mi familia. Mi padre y mi madre habían muerto en el tren de camino al campo de concentración, mi esposa falleció días después en las duchas, las criminales duchas de los monstruos que nos hacían caminar como esclavos a través de caminos terribles que se convertían en cementerios a cielo abierto de cuerpos raquíticos que se abandonaban a la muerte esperando descansar de alguna manera. ¿Habrá un Dios para este suplicio?

-Pronto hijo, no desesperes demasiado, estaremos pronto en casa y seguramente habrá mucha comida, podrás jugar con tus primos y tus vecinos, también volverás a la escuela – respondí

-¿Y mamá también vendrá?

-Si hijo, mamá siempre estará con nosotros, no olvides eso.

-¡A callar malditos judíos!- dijo un cabo alemán que lideraba la marcha.

El silencio se impuso en aquella miserable caravana de cadáveres andantes, niños suplicantes y con hambre, ancianos que no se rendían y añoraban morir en su tierra natal, moririan por la mano de Dios y no por el azote terrible de aquella idea demoniaca del nazismo.

No lo vimos llegar o no quisimos verlo, nos sentíamos cómodos, aunque el golpe de sentirnos ocupados si nos dio temor al principio; los días seguían y las cosas parecían iguales en la rutina inquebrantable de nuestra querida Varsovia, cambiaron las banderas, los saludos, nos tuvimos que acostumbrar de un momento a otro, a los disgustos propios de tener extraños en nuestro vecindario, pero fuera de eso la amenaza parecía lejana. Se hablaba de guerra, de matanza, de exilio, todo aquello parecía tan lejano e imposible, que elegimos no creerlo.

Luego empezaron a encerrarnos y marcarnos, cada vez más parecidos a animales en jaulas que a personas en una ciudad.

-¿Cuándo le dirás la verdad a tu hijo? – susurro Samuel, un compañero de la caravana que había conocido mi historia entre las noches frías en las barracas abarrotadas de extraños, en las que los extraños nos volvíamos familia, la familia del infierno.

- No lo sé, ahora mismo ni él, ni yo tenemos la fuerza para afrontar la verdad – contesté.

-Es cierto, esta caravana es posponer un poco la muerte, todos creen que nos liberaran, pero de los nazis no hay escapatoria, nos están haciendo morir al borde de la carretera, como perros…-respondió Samuel, su cara acabada por el trabajo forzado y su semblante decaído por la dieta miserable a la que nos sometían, me hacía pensar en como me vería yo mismo y traté de imaginar la cara de Samuel antes de los campos de concentración.

-Pararemos aquí por una hora, no habrá raciones sino hasta mañana y no podemos parar por demasiado tiempo ¡Caminarán toda la noche si es necesario! – dijo en tono de mando el cabo que nos había obligado  a callar unos momentos antes.

-Claro, estos hijos de puta no caminan, caminamos nosotros, nos persiguen como buitres esperando a que caigamos, se alimentan de nuestra muerte y sufrimiento – dijo una mujer entre la multitud, su tono no era discreto, era más bien una provocación, tal vez quería morir allí y no caminar más, prefería recibir un tiro, como lo habían recibido todos aquellos quienes se habían negado a ir en aquella terrible caravana, en lugar de caminar un paso más. 

-¡Caminarás puta judía! -dijo el oficial a bordo de un tanque que iba en la retaguardia de la caravana - ¿Qué creías? ¿Qué gastaría municiones en una escoria como tú? Si quieres morir, muere caminando.

Quedé atónito, en realidad esta gente no tenía nada humano en su interior, eran monstruos sin corazón a los que el resto del mundo les importaba más bien poco. ¿Qué hacer? ¿A dónde iríamos? ¿Tendría que morir en aquella carretera polvorienta con mi hijo en brazos? ¿O aquello sería una marcha hasta otro campo de muerte y hambre?

 

Publicado la semana 5. 03/02/2019
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