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Andbenedetti

He muerto

Sin duda conocía aquella mirada y por supuesto que sabía muy bien que algo no andaba mal. Lo había visto tratar de mentirle muchas veces y sin embargo nunca lo logró, él era malo para mentir pero yo hacía como que lo creía para no lastimar su orgullo y no obligarlo a buscar formas más refinadas de mentira que tal vez yo no podría captar en el futuro, de cualquier forma, nunca supo mentir y realmente eso era algo que me gustaba de él.

-¿Qué tan malo es? – pregunté mientras el ruido de los monitores, los tubos, la cánula, mientras me veía rodeado de un montón de aparatos que conocía muy bien por haber trabajado tanto tiempo en un hospital.

-Nada amor, bueno, al menos nada grave – dijo con un hilo de voz mientras trataba de sonreír, sin saber como cogerme la mano sin desconectarme de ese montón de tubos y catéteres. – Te vas a recuperar, el accidente ha sido complicado, pero estarás bien, además, ya sabes lo que dicen: “Yerba mala, nunca muere”- trató de sonreír nuevamente mientras yo le seguía el juego desde aquella cama de urgencias, tratando de simular una sonrisa.

Había despertado hacía un par de horas y él había sido la primera persona junto a mi, incluso contra el consejo de los médicos que le pedían esperar afuera, desperté justo con una frase muy suya: “Tendrá que matarme, para impedirme quedarme a su lado” Pese a no saber en donde estaba, ni que había pasado, incluso, no sabía muy bien quiera era yo; reconocí su voz de inmediato y supe de alguna manera que todo estaba bien o al menos, que no estaría tan mal.

-¿Qué pasó? ¿En dónde…?

-No debe hacer esfuerzos, debe tratar de descansar, está en el hospital central, tuvo un accidente de tránsito bastante grave, debe guardar reposo lo máximo posible, aquí está su…- la voz le tembló al médico, no con rabia, más bien con algo de pena y pudor- su esposo, él no ha querido alejarse de su lado desde que le avisamos que lo había traído la ambulancia.

-Amor – dije, mientras contenía las ganas de toser. – Amor ¿Qué pasó? ¿Tu sabes qué pasó?

-Me dijeron que te estrelló una camioneta en el cruce de tu oficina, al parecer el conductor venia borracho, ¡Ese maldito imbécil! ¿Puedes creer que haya alguien borracho a las 8 de la mañana conduciendo? Pero ya veré yo, que se pudra en la cárcel, ¡Ya verás!– la preocupación, mezclada con la ira, al igual que con el amor, me hicieron quererlo más y ratificar la decisión que habíamos tomado 10 años antes en aquel chat en el que empezamos esta locura juntos. También sentí pena por el imprudente borracho y algo de rabia, pero supongo que en ese momento debía estar tan lleno de medicamentos, que sufría de alguna especie de "iluminación medicamentosa" en la que veía todo desde una perspectiva muy positiva. 

-No te envenenes con eso amor. Estoy vivo y seguro que salgo de está – dije lentamente, para no sentir el impulso de toser nuevamente.

 

No sé qué hora era, ni que día era, ni cuanto tiempo llevaba ahí,  solo recuerdo que un velo negro se fue poniendo sobre mis ojos y por un momento el mundo sufrió de un gran eco, todo empezó a sonar en forma alarmante, maquinas, maquinas y más maquinas, gritos, lo escuchaba a él, así es amor, nunca lo sabrás pero te escuche claramente pedir auxilio de una forma desgarradora, una tan dolorosa, que casi yo también quise pedir auxilio, aunque no sentía miedo por aquel velo o aquel eco o la sensación de estar sobre una nube que se va levantando lentamente hacia el cielo. No esperaba un túnel, ni ángeles, ni luz, ni a Dios recibiéndome en su seno, realmente, mi paraíso era un bosque frondoso y templado en el que pudiera leer, meditar, pescar y pensar por toda la eternidad, siempre fue una visión extraña del mi paraíso, pero siempre fue mi visión extraña del paraíso. De repente, un golpe profundo en el pecho, una descarga, volví de aquel lugar de ecos y escuchaba el alboroto causado por mi casi muerte. Escuchaba como los médicos te sacaban a gritos, mientras como de rutina revisaban todo, subían de aquí, de allá, mandaban exámenes, pedían más especialistas, mandaban más medicamentos, la locura típica de un paciente complicado en una sala de urgencias. Sentí la opresión en la garganta y nada más, después de eso, me sentí indefenso, inmóvil, sabía que tenía un tubo de ventilación y tenía un cableado de poste telefónico, lo que los médicos llaman “Soporte vital” es decir, seguía en este mundo, literalmente anclado; sentí pavor, había repetido mil veces que me dejaran morir si tenia que vivir el resto de mi vida como un vegetal, mil veces preferí la muerte  y en ese momento no esperaba otra cosa y de repente volvió la calma, como si supera que todo estaría bien, como si todo estuviera bien. El tiempo transcurrió en silencio, solo perturbado por el ruido de las maquinas, médicos y enfermeras que salían y entraban con solemnidad, revisando y anotando, no podía ver porque tenía los ojos cerrados, pero lo sabía. De repente, esa voz familiar tan cercana que creí me estaba hablando a mí.

- ¿Qué pasó doctor? ¿Es grave? ¡Dígame algo, me estoy muriendo de la angustia!

-Hemos hecho varios análisis, también nos hemos reunido en junta médica y realmente el pronostico no es muy halagador. De momento está estable gracias al soporte vital, pero tendremos que llevarlo a cirugía, por ahora hemos detectado un daño importante en el hígado, un sangrado amplio en el abdomen, tiene una hemorragia entre las capas que recubren al cerebro, el riesgo de infección es alto debido a las golpes, cortes y demás, tuvo un colapso pulmonar por eso el tuvo en el pecho y no puede respirar por si solo, por eso el soporte ventilatorio, pero siendo muy sincero; le aconsejo que comparta el mayor tiempo posible con él, son cirugías muy complicadas y la probabilidad no juega a su favor.

Me sentí extrañamente indignado y a la vez feliz de saber que te había dicho la verdad, dura y un poco fuerte, pero era la verdad. Pensé en las vacaciones que habíamos planeado, en que luego de 10 años, tus papás aceptaron visitarnos y conocerme, en que queríamos remodelar el apartamento, pensé en tus planes, en los míos en lo duro que sería irme  y dejarte a merced del mundo. No quería morirme, pero tampoco quería mal vivir o vivir a medias una existencia porque sí. Te escuché llorar un buen rato, mientras con delicadeza sostenías mi mano y pensabas un poco en lo mismo que yo, en todos los planes, el tiempo, el presente, el pasado, el futuro, todo. Por un momento contuviste el aliento como tratando de calmarte y susurraste: “Tan solo quédate conmigo”

Estoy seguro que lloré o así lo sentí, no sé si alguna lágrima habrá caído por mi mejilla y en ese caso, no sé si él la vio, solo sé que se quedó quieto, sosteniendo mi mano mientras los médicos enfermeras, iban y venían

-En un momento lo llevaremos a cirugía – dijo una jefe de enfermeras que entró – tenemos que prepararlo y le agradeceríamos que esperara afuera.

Sujetaste mi mano con mucha fuerza y luego con delicadeza, poco a poco, la fuiste soltando, como un acto de despedida. De nuevo, el velo negro sobre mi rostro, la desesperación de escuchar hasta el paso de la sangre por mis venas, el susurro del corazón apagándose, los pulmones que subían y bajaban con menos rapidez, con menos brío, ahora con una sensación más intensa y fuerte, me desesperé por un momento y luego me deje llevar, ahora volaba; me sentía flotar sobre la camilla, el hospital, la ciudad, el mundo.

Publicado la semana 45. 04/11/2019
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