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Andbenedetti

Parabellum

 

Parabellum

Nadie estaba para aquello y sin embargo era algo que no podía evitar: La guerra. Al fin de cuentas no estaba en manos de nadie, excepto de aquellos quienes planearon esta barbarie, pero veía como cada día las señales llegaban, cada vez con más frecuencia, cada vez más crudas y terribles, era como presentir el final de una película mala, pero aquello era mi mundo, el mundo en el que había crecido, en medio de cambios profundos, de heridas que nunca sanaron en una sociedad construida a trozos que jamás se habían podido unir del todo.

-¿Escuchaste lo que dicen en las noticias? – la voz de Fernando me sacó de golpe de mis pensamientos y me instaló de nuevo en aquella realidad tan triste y tan ineludible.

-¿Sobre qué? – devolví la pregunta tratando de restar importancia al caos que se azotaba justo a fuera de nuestro apartamento.

-Habría que estar muy sordo para no escuchar todo lo que ha pasado o muy ciego, porque mi celular está a punto de estallar de tantas noticias que me envían. ¿En realidad no lo sabes o solo quieres hacerte el tranquilo?

-Lo sé, supongo que es inevitable – respondí - ¿Qué haremos? – mi pregunta era auténtica, teníamos una ventana de tiempo muy corta para tomar decisiones, era ahora o nunca.

- He empacado todo lo indispensable por si tenemos que salir corriendo de aquí.

Lo miré con algo de compasión y ternura, él siempre tenia la esperanza de que todo tuviera alguna solución y casi nunca se preocupada de más, sin embargo, al mirar su cara supe que eso había cambiado para siempre.

- ¿Crees que no estamos ya en el tiempo de salir corriendo? – respondí tratando de mantener la calma. -Tu escuchaste lo mismo que yo, harán “limpiezas” esos locos radicales han tomado el poder y vienen por nosotros, nos odian, nos quieren ver muertos, necesitamos salir de aquí ahora mismo. No te lo preguntaba, te lo decía.

-Lo sé, pero…Andrés, esta es nuestra casa ¿Y nuestra familia? ¿Nuestros amigos? ¿Qué pasará con ellos? -era el tono más sombrío que le había escuchado en casi 10 años de relación.

-Ellos tendrán más tiempo, ahora mismo necesitamos decidirnos, tenemos que salir de aquí y llevar solo lo indispensable. En la frontera sur tengo un amigo, he sobornado a un militar para que nos deje pasar, tendremos que estar a las 3 de la mañana para que él pueda dejarnos pasar, una vez fuera del país, decidiremos en donde quedarnos. Tal vez podríamos ir al apartamento de Buenos Aires, es un lugar seguro, al menos mientras pensamos que hacer y como sacar a los demás de aquí.

- Al parecer lo pensaste bien, yo solo quería llegar a casa a empacar, solo pensaba en …

-Lo entiendo – respondí – pero ellos estarán bien. En cuanto estemos fuera, los llevaremos con nosotros, tus padres son fuertes y no han hecho nada malo.

-¿De verdad lo crees?

-¡Claro! Necesitamos revisar el plan, Carlos nos recogerá a las 11 de la noche, esta mañana he puesto este apartamento en una fiduciaria, no podrán tocarlo cuando nos vayamos, al menos, no por un buen tiempo.

-Tenias todo tan planeado, lo sabias ¿No?

-Todos lo sabíamos, en cuanto este loco genocida se hizo con el poder otra vez, sabíamos que faltaría poco para que nos empezara a perseguir, hasta ahora lo habían hecho sus seguidores, ahora tiene el poder para hacerlo él mismo y “según la ley”; así que tenía algunas cosas preparadas.

Los disparos afuera eran cada vez más cercanos, se escuchaban gritos y hubo un corte de energía que notamos porque se apagaron de repente las luces de toda la cuadra, daba igual, teníamos ya más de tres horas con las luces apagadas, estábamos listos, habíamos hecho las maletas y decidimos que la bajaríamos por el patio interior del edificio, no nos vería nadie, varios vecinos de nuestro piso habían huido. Habían abandonado aquel lugar en cuanto entendieron que estábamos en la mitad de la barbarie, ya que estábamos muy cerca del centro de la ciudad, muy cerca de los disturbios más fuertes y de los enfrentamientos más sanguinarios, Fernando había ido a trabajar pese al ambiente de locura que había en la calle, yo había evitado la oficina toda la semana con varias excusas, así pude planear todo con tiempo.

-Tenemos que bajar, ya van a ser las once, Carlos llegó hace una hora al parqueadero del edificio, él y Samuel nos están esperando – dije, mientras le daba la mano a Fernando para ayudarle a levantarse.

-Es hora – dijo, mientras tomaba un gran respiro – espero que tus Dioses nos cuiden como siempre.

-Yo nunca desconfío de ellos, pero no nos ayudarán si no ponemos un poco de nuestra parte, animo, que al final de cuentas, seguimos juntos ¿No? – dije mientras trataba de sonreír. Yo jamás había sido fuerte y tampoco había tenido mucha razón para ello, siempre había tenido personas fuertes a mi alrededor, pero Fernando era la excepción y en cuanto nos fuimos a vivir juntos, supe que los roles cambiarían drásticamente.

Bajamos rápidamente, tratando de no encender las linternas y por las escaleras de emergencia del edificio; quedaban algunos guardias en la recepción pero los evitamos, así como evitamos las cámaras de seguridad, Carlos tenía fácil acceso a todos lados porque era policía y su novio Samuel, era un militar que había sido herido y estaba en retiro desde hacía ya dos años; para su suerte, ambos siempre fueron muy discretos con su relación, por lo que no estaban en las listas negras que circulaban por todos lados: Nombres de líderes sociales, opositores políticos, generadores de opinión, líderes de sindicatos, negros, madres solteras, padres solteros, gays y lesbianas, los transexuales y travestis fueron los primeros en ser eliminados casi por completo de la ciudad, en un genocidio silencioso del que nadie hablaba por miedo a ser los siguientes.

-¡Entren ya maldita sea! – era la voz de Carlos, estaba acostumbrado a mandar y lo hacia siempre.

-¡No tenemos el físico de un policía, así que nos ha costado un poco bajar 20 pisos con maletas, sin caernos y sin prender las linternas! ¿Podrías tener un poco de consideración? – dije.

-Claro, yo arriesgo mi culo, para que los señoritos se hagan las uñas en las escaleras, vamos tarde, necesitamos salir de aquí – contestó Carlos.

-Hola – dijo Fernando y nadie respondió.

- Ahora sí, ustedes irán en la parte de atrás de la camioneta, menos mal es grande y tiene los vidrios oscuros, no nos verán. Pero no deben hacer ruido, espero que apaguen sus teléfonos hasta que lleguemos a la frontera. ¿Alguien más sabe de este plan? – dijo Carlos con tono severo.

-Nadie más – dije con solemnidad, hasta hace unas horas, ni siquiera Fernando lo sabía.

-Vale, es hora de irnos – dijo Samuel desde la silla del copiloto, con su traje militar y su voz de mando.

Pasamos fácilmente las cámaras de salida y una vez en la calle, solo podíamos sentir el andar lento pero seguro de aquella camioneta que nos llevaba a la libertad, escuchábamos gritos lejanos, Fer me tomaba de la mano con miedo y temblaba, Carlos y Samuel hacían como si nada, iban nerviosos, pero lo disimulaban bien.  

 

 

 

-¡Maricones! ¡Maricones! ¡Son una plaga, una desgracia! ¡Hay que matarlos!- los gritos venían de algún lugar, no sabía de donde o como llegaron ahí, parecían cercanos y a la vez muy lejanos, como en una pesadilla. Desperté de golpe, sentía la cara húmeda, me sentía desorientado y no podía ver bien, tenia un maldito pitido en los oídos que no me dejaba pensar con claridad, el asfalto frío debajo de mí, mientras trataba de ver a la turba enloquecida que nos gritaba cosas. ¿En donde está Fernando? Me sentí desorientado, pero también capaz de enfrentar a la multitud, mientras recobraba la vista, trataba de ver a mi alrededor, hasta que reconocí su camisa metros más adelante; estaba manchada de sangre, seguí lleno de horror el rastro de sangre con la mirada, tratando de enfocar entre las luces y las sombras, y allí estaba él. Nada en el mundo me había preparado para esto y el dolor que sentía era tan profundo como indescriptible, estaba ahí, contemplando el cuerpo desnudo que colgaba de un cable de energía, mientras Carlos y Samuel eran amarrados también para ser levantados junto al cadáver de Fernando.

-¡FERNANDO! – grité y podría jurar que el grito se escuchó en el mismísimo infierno - ¡NO! ¡NO! ¡TU NO! – gritaba, lloraba, mientras aquel grupo de asesinos se acercaban con palos, cables, palas y alambres hasta mi; traté de levantarme, pero no podía, no sentía una pierna, me arrastré como pude hasta la camiseta ensangrentada de Fernando, me aferré a ella con todas mis fuerzas, sabía que pronto estaría con él, trataba de recordarlo como cuando lo conocí, trataba de recordar su sonrisa y días mejores, pero no podía evitar pensar ¿Qué había pasado? ¿Cómo terminamos aquí?

-¡Este es el maricón que sobrevivió al bombazo!  La loquita tiene suerte, pero muy pronto esa buena suerte se le acabará – escuche aquello entre risas y murmullos, mientras esos seres sin alma se acercaban para terminar su trabajo.

Mientras aquella masa de demonios fanáticos se acercaba, mientras contemplaba aún borrosa la multitud que me mataría, pensaba en tantas cosas y en ninguna. Por ejemplo,  no le había dicho “Te amo” a Fernando una última vez, aunque nos decíamos “Te amo” unas mil veces cada día, me sentía extraño, sabía que una parte de mi sentía miedo, pero otra parte de mí, estaba decidida a terminar aquello con dignidad, moriría allí, si,  pero no les daría el gusto de suplicar, no gritaría, por más terrible que fuera el sufrimiento que  tuviera que pasar, aquel anden lleno de sangre y vidrios sería mi patíbulo, pero ellos estarían condenados a vivir en un mundo en el que su libertad dependería de otros y esto jamás duraría, porque ninguna tiranía logra hacerlo. ¡VOLVEREMOS! – susurré mientras me aferraba de aquella camisa ensangrentada.

 

 

 

 

 

Publicado la semana 32. 05/08/2019
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