03
Andbenedetti

Capitulo Final

Aquello era una despedida, lo sabía. No podía soportar tenerte tan cerca y a la vez tan lejos, sentir el calor de tu cuerpo y a la vez, saber que tu mente estaba ya tan lejos de mí. Lo entendí, ya no vale la pena correr tras de ti. Te vi entre la luz tenue de la madrugada que se colaba por la ventana en donde un día juré, que te había visto envejecer junto a mí. Ahora lo sabía, nunca sería así. Contemplaba cada parte de tu cuerpo desnudo para no olvidarlo nunca, para hacerlo las delicias de mis fantasías en soledad o solo para compararlo con otros cuerpos que llenarían ese mismo espacio después de ti. Lentamente me levante. Procuré no hacer ruido para no despertarte, caminé sin rumbo por aquel lugar que ya no sentía mío, ni tuyo, ni nuestro, era como si hubiera caído una bomba y de repente, aquel lugar ya no fuera mi casa, sino el escenario de una tragedia inevitable. 

Sentía el frio de la madrugada, pero no me importaba; me tumbé en el sofá de cuero de la sala mientras prendía mi primer cigarrillo en cinco años, - ¿Qué más da? -tú te irías y nuestro trato estaría disuelto, ahora podía fumar, podía continuar ese suicidio lento que dejé gracias a ti. Encendí el cigarrillo con el desespero con el que se espera con prisa el tren en una estación lejana, con las mismas ganas con las que un niño espera su regalo de navidad; ya no recordaba el sabor de aquel veneno, me supo horrible, amargo, me hizo un nudo en la garganta y tuve que correr a abrir la ventana grande de la sala para poder toser hacia la calle. Tosí una o dos veces, tomé otra bocanada de humo y con los ojos aún llorosos, como cuando se recibe a un amante no deseado, pero anhelado, inhalé aquel humo por segunda vez, aún amargo, pero un poco menos, sentía el sabor que anhelaba con desesperación en las primeras semanas de abstinencia. ¡Volví! - dije con voz de triunfo, mientras contemplaba la calle en silencio y en tanto un poco de niebla cruzaba por aquella calle de la ciudad. En aquel breve instante y solo en aquel instante, me sentí en paz, me sentía libre del dolor que me había llevado a decirte adiós, me sentí menos culpable por dejarte ir e incluso pensé en las palabras maduras que diría para despedirte, era mi deber como adulto, ¿No? ¡Mierda! -Pensé soy demasiado adulto ahora. Casi por instinto, sonreí. Me encantan aquellos momentos en los que digo algo que resulta muy gracioso, chistes en solitario que no tenían por objeto, que hacer gracia a los demás, sobre todo, porque no solía compartir momentos así con los demás. Creo que jamás tuve un momento así junto a ti. Supongo que era cuestión de justicia divina, tener aquel momento de comedia interna, justo cuando te ibas de mi vida. 

Regresé a nuestra habitación en penumbras y entré sigilosamente al baño. Prendí la luz, me miré un instante al espejo para lavarme la cara y también las manos, de un momento a otro me vi asombrado de lo viejo que era, las arrugas empezaban a llegar y había ya suficientes canas como para verme mayor, pero no las suficientes para soñar con ser joven todavía. Volví, me senté en la orilla de la cama viéndote respirar tranquilamente, soñando con alguna cosa lejana o algún sueño futuro, con tu vida lejos de mí. Estabas ahí, desnudo y medio envuelto entre las cobijas y el edredón negro que tanto me gustaba, aún con la fragancia fresca de una adolescencia todavía cercana y el olor penetrante de mi semental favorito, de mi macho travieso, el hombre de mis sueños, el autor de mis pesadillas. Te amé, por un segundo volví a amarte y de nuevo te odié, la imagen de ese otro recorriendo tu cuerpo, besándote en todos lados que yo ya había besado antes, te imaginé lleno de lujuria, cabalgando a otro, gimiendo, retorciéndote de placer y ese otro no era yo. Sentí rabia, náuseas, te había dedicado los últimos años de mi juventud y gracias a eso, terminé decidiendo que no quería envejecer con alguien que no fueras tú.   -¿Qué miras?  -Nada, es un apartamento hermoso, creo que siempre había imaginado un lugar así, ¿Sabes? - dije.  -Claro, es algo viejo, como tu- dijiste, mientras tomaba la taza y le quitaba la protección de papel de periódico. 

-Si, lo viejo me trae nostalgia, tengo 31 años, recuérdalo bien, no te metes con un adolescente - Sonreí mientras te abrazaba-

-Lo recuerdo bien, señor "anciano", lo repites a diario. Hablando de cosas viejas, ¿Recuerdas en donde están los platos? No encuentro más que tus pocillos raros.  -Claro "pequeño", todo lo de la cocina está en unas cajas que he marcado como "Cocina" - conteste en medio de una carcajada- -Tienes sentido del humor, al menos no eres un "anciano" cascarrabias. Iré a la sala a buscar tus cajas. -dijiste mientras dejabas la habitación.

Al salir me quedé contemplando la ventana. Aquel apartamento era realmente una aparición, me encantó desde que lo ví por primera vez y no dudé en gastar gran parte de la compensación que había recibido por el caso de aquella demanda, para comprarlo. No me había fijado en las habitaciones hasta ese día, ese día decidí cual sería tu estudio, mi estudio y la habitación principal, dejamos todo para el día de la mudanza, aunque vinimos a ver el apartamento, al menos unas tres veces desde que nos entregaron las llaves.  Te escuché pelear a lo lejos con las cajas; cuando de repente tuve una visión, te ví ahí, junto a mí, sentados frente a la ventada, cada uno en una silla, mientras yo leía algún libro, leído ya muchas veces y tu mirabas por la ventana con algo de nostalgia y paz, tendríamos unos 80 años. La visión me espantó ¿Ochenta años? ¡No quiero vivir tanto! - siempre te lo dije y lo sostengo- Me aterra pensar en llegar a una edad en la que no puedes ni limpiarte el culo por tu cuenta, en la que escuchas mal, ves mal, te cuesta hacer cosas tan sencillas como levantarte o sentarte. Si la demencia llega, no sabes qué día es o en donde estás y le dices adiós al sexo. Creo que en realidad, me asusta la demencia y la falta de sexo, supongo que siendo sinceros, podría llegar a esa edad si alguien me dijera que puedo seguir teniendo sexo y la claridad mental o al menos la cordura que tengo ahora. 

- ¿Qué haces despierto? - dijiste medio dormido, mientras yo estaba allí sentado junto a ti, mirando fijamente hacia la ventana. -Nada, no podía dormir. -contesté, no mentía, no podía dormir, sentía que el corazón se me saldría del pecho, quería llorar, pero no sabía cómo hacerlo sin que me vieras. Jamás me habías visto llorar y no lo harías en ese momento, eso nunca. Me levanté, di otra vuelta y una más por el apartamento en tinieblas, abrí la nevera, no buscaba nada y aun así, la abrí, solo para cerrarla dos segundos después, seguro de que algo de la poca cordura que tenía, empezaba a fallar.  Me senté en la sala, busqué en la biblioteca mi libro favorito de la juventud. Eugenie Grandet. Cuando lo leí, hace muchos años y gracias a otro amante memorable, decidí que aquel libro romanticón de un francés más bien melancólico y dramático, sería el libro de mi vida. Lo he leído muchas veces, cientos tal vez y una vez más con cada ataque de lectura. Pero siento -muy a mi pesar- que leo cada vez menos en los últimos años. Abrí al azar el libro y empecé a leer. Me sabía aquella parte; el padre tacaño de Eugenie, fingía ser buena persona para sacar un provecho económico de la crisis familiar que tenía entre manos -Su hermano, un banquero parisino se suicidaba y le dejaba solo deudas, así como la carga de un hijo inútil que solo servía para ser un señorito de sociedad- En este punto, uno reconoce la personalidad que describe Balzac a lo largo del libro y dices: ¡Si, el ser humano es así! El personaje principal, "Papá Grandet" es un viejo avaro y egocéntrico que vivía para atesorar riquezas, a quien solo le importaba el oro, su hija era un simple peón del que esperaba - como de todo- sacar cierto tipo de provecho, de cierta manera, Eugenie era una carta segura para su vejez. Su esposa, una mujer devota, sumisa y de salud frágil, tenía todos los dones de la santidad, pero le faltaba la fuerza de los santos; para Papá Grandet era un lastre necesario al que jamás llego a amar sinceramente. 

Cerré el libro, no quería leer quería recordarte ¿Por qué? No lo sé, solo quería recordarte en aquellas épocas en las que éramos felices, estábamos por cumplir  6 años juntos ¿Recuerdas? Fue en abril, después de salir por casi seis meses, decidimos empezar una relación. Aposté poco por esta relación, no lo digo por la rabia del momento, es solo sinceridad. Hasta que llegaste a mi vida, mis relaciones duraban en promedio tres meses. Te recordé en aquel viaje que hicimos al mar. No lo conocías. ¿Como puede alguien llegar a los 23 sin conocer el mar? Siempre me lo pregunté. He tenido la idea toda mi vida, de que viajar al mar debería ser una experiencia obligatoria para todos aquellos que crecemos en los páramos andinos. Es algo simplemente mágico, ver aquella masa gigante de agua salada, aquel gigante enorme que se mueve y resuena, caminar por la arena cálida y escurridiza, ver y sentir la brisa de la tarde, el sabor salado del viento, el cantar de las aves y contemplar los atardeceres del Caribe. Lo diré y tu lo sabes muy bien, soy un amante de mis montañas y de las cordilleras elevadas que casi pueden tocar el cielo, del frio y de los páramos, amo la infinidad de verdes de mi tierra, la frescura de la mañana, el frio de la noche y la lluvia casi eterna de la hidalga ciudad que tengo como mía. Mi ciudad fría enclavada en la cordillera de un país multicolor, de estrechas calles y subidas que te dejan sin aliento, una vitrina inmóvil, en la que el tiempo parece detenerse por momentos, en la que aún se puede observar el devenir sencillo de la vida campesina y contemplar la naturaleza divina de esta tierra amada. Pero el mar ejerce en mí, una fascinación instantánea. Es como un amigo al que conozco de siempre y al que le cuento mis penas con solo verlo, es una voz relajante en mis momentos de angustia, un gran abrazo de agua salada que lame mis penas y se lleva mis lágrimas. Recuerdo cuando te ví bajar del avión, buscaste rápidamente la salida, ibas como un caballo desbocado que quiere encontrar su libertad y la encontraste de golpe; te quedaste quieto y en silencio mientras contemplabas el mar inmenso de azul turquesa, bañado en el calor del medio día; un imponente gigante que, con la fuerza de sus olas nos llenó con un sentimiento de inmensidad. Ese era nuestro mar.  Te vi la piel erizada, sentía tu corazón palpitar emocionado y podría jurar que soltaste una que otra lágrima, tras los cristales oscuros de tus gafas de sol.  -No sabes lo que esto es para mí - dijiste con la voz entrecortada -No, pero para mí es genial- te respondí mientras sonreías.  -Te amo. Fue tu primer te amo. Ahora sé porque recuerdo ese momento y no otro de los miles que vivimos en seis años de relación. Fue por ese instante, el momento en el que escuché esas dos palabras a las que tanto he temido siempre, dichas antes sin propósito por tantos y tantos imbéciles que no llegaron a durar una semana en mi vida, o un par de noches en mi cama. Recuerdo tu primer te amo, pero me es difícil ubicar el momento en el que te dije te amo, creo que te lo dije el día en que nos mudamos. ¡Si! así es, ahora lo recuerdo, estabas ayudándome a bajar las cajas  del camión de mudanzas, mientras buscabas las llaves y yo trataba de poner orden a aquel desorden de cosas tiradas en la calle.  -Te amo - dije, mientras abrías la puerta de la calle y me dabas paso para entrar las primeras cajas. Ahora que lo pienso, ¿No fue algo muy simple? no lo sé, pero fue el momento en el que lo sentí. Me había jurado jamás volver a vivir con alguien. Me prometí tener siempre mi espacio independiente, un espacio en el que los amantes de una noche o los desconocidos para varios días, solo fueran a comer, comernos, dormir, dormirnos y ver tal vez alguna película o al menos, intentarlo. Soñaba con un espacio en el que pudiera cumplir mis fantasías y corretear desnudo tratando de inventar algún juego morboso con alguno de esos tantos que no sabían amar de verdad. Jamás imaginé volver a vivir con alguien, lo confieso. Tenía miedo a perder mi independencia y dejar de hacer lo que quisiera y cuando lo quisiera, en mi espacio. Tenía miedo a perder la independencia y sentirme parte de un espacio ajeno o que alguien se sintiera parte de mi espacio. Soy envidioso y lo sabes, creo que uno de mis problemas más graves es compartir y no suelo compartir con todo el mundo. Así que para mí, la idea de vivir con alguien, había sido hasta entonces un despropósito. ¿Será por eso que te dije te amo en aquel momento?  -Supongo que has hecho mucho por esta relación ¿no? Por eso he tenido que ir a buscar a otro, porque eres perfecto, ¿Cierto?  Tus palabras me hirieron. De eso hace solo dos días y resuenan en mis oídos como si hubiese sido hace solo un instante. Siento tu voz enojada y tus ganas de excusarte por algo que no tiene excusa, supongo que es tu forma de sacar lo mal que te sientes, sin aceptar que te equivocaste, porque tú nunca te equivocas, ¿no es así? No supe que contestarte entonces y ahora me hago escenarios imaginarios en mi cabeza en los que destruyo tus argumentos absurdos y te saco de mi vida sin dudarlo, sin pedirte otra noche, sin rogarte que te quedes, solo para reconocer que ya no eres mío, que nunca lo fuiste y que nunca más lo serás.  Llevaba semanas viendo cómo te alejabas de mí. Buscabas una excusa para no llegar a casa, te encerrabas en tu estudio y no volvías hasta saberme dormido; me evadías en las mañanas y te ibas temprano, incluso sin desayunar, ya no te despedías de beso, incluso, ya no me abrazabas al llegar. Lo negué, por muchos días y noches enteras lo negué. Supuse que tal vez había algo en el trabajo que no te dejaba estar en paz y como siempre, mi solución fue darte tu espacio, dejarte fluir y estar ahí, listo a escucharte cuando quisieras hablar. No fue así nunca hablaste. Unos días después de completar casi dos semanas de tu actitud sospechosa, empecé a idear un plan que me permitiera saber que estaba pasando. Me estaba molestando contigo, sentía una rabia absurda y me sentía culpable ¿Y si no me puede contar? -pensé- Decidí entrar a tu estudio, viole la única regla sagrada entre tu y yo: Tu jamás entrarías a mi estudio y yo jamás entraría al tuyo. No lo había visto desde la mudanza, todo parecía en el mismo lugar en el que lo recordaba, estaba la estantería que te regalé para tus libros de la facultad y el montón de chucherías que coleccionabas y que tus alumnos te regalaban. Ahí estaba el búho horrible que había tallado tu hermano por tu cumpleaños hace un año. Luego de darle un vistazo, busqué tu computadora, sabía que siempre tenías abiertas las sesiones de tus chats en el computador. Esperaba que allí estuvieran las respuestas, conocer el porqué de aquel cambio hacia mí. Las primeras conversaciones eran normales, tu hermano, un primo tuyo, varios amigos de la facultad, tus alumnos, tus compañeros de clase y por supuesto, yo. Nada sospechoso a simple vista. Luego de repasar una y otra vez los mensajes, vi que había un mensaje archivado, me pudo la curiosidad y lo abrí. 

- ¿Qué tal ha ido tu día?

-Bien, algo estresado. Supongo que no quiero llegar a casa 

- ¿Por qué? Andrés te está esperando ¡Lo que daría yo porque alguien me esperara en casa!

-Lo que daría yo por no tener a Andrés esperándome...Tengo que irme, hablamos luego 

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- Hola, buenos días. ¿Cómo te termino de ir ayer?

¿Fuiste a casa? 

- Si, tuve que hacerlo, tengo reunión ahora en la mañana y tenía que cambiarme. 

- Oye, lo siento de verdad. No pensé que todo fuera tan mal con Andrés. 

-No es que vaya mal, es solo... que ya no quiero estar con él, ¿sabes? El sexo es aburrido, es una maruja del hogar que me estresa con su orden y cuando quiero estar con él, él solo quiere saber de su empresa y de su trabajo. No quiero culparlo a él, este fracaso ha sido culpa de ambos, hemos dejado que esto sea una rutina y no quiero una rutina, no quiero hacerme viejo y amargado a su lado, solo quiero vivir 

- Te entiendo. ¿Y si salimos a tomarnos algo hoy? 

-No puedo, debo ir a la cena de ensayo del matrimonio de su mejor amigo. No me apetece ir pero tengo que hacerlo. 

-Si, supongo. Entonces hablamos luego. 

 

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-Hola, ¿sabes? no me aguanto aquí. ¿Quieres ir a tomar algo? 

- Por supuesto, te recojo en diez minutos junto a la catedral. Estás en el centro ¿cierto?

- Si, ahí está perfecto. 

 

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-Oye lamento lo de anoche, creo que tomé de más y no hice más que hablar de Andrés, lo siento. 

-Hola, ¿no recuerdas nada de anoche?

-Algunas cosas, pero... ¿Pasó algo?

-Ummm te enviaré un video, espero no te pongas furioso. Me dijiste que lo grabara, que se lo enviarías a Andrés, que era la mejor forma de...mejor te lo envío.  Si algo me dices y lo borro, no hay problema. 

-¿Enviarme que? No entiendo, acaso ¿pasó algo? ¡Por favor, dime qué no pasó nada entre tu y yo! 

- Te envío el vídeo, ya tú veras. Lo lamento no debí seguirte la corriente, estabas muy borracho y bueno, yo me dejé llevar...

 

Lo siguiente que vi, me dejó helado. No podía imaginarte más lujurioso y vulgar, te había visto muchas veces así en nuestra cama, pero nunca como en ese vídeo, te vi cabalgarlo de frente, de espaldas, te vi clavar tus uñas en su pecho y cogerle el cabello con deseo, te vi pidiendo más y gimiendo como una puta en celo. Si, eso eres, una puta. Te vi hacerle todas las poses que me hacías a mí en otros tiempos, te vi recorriéndolo a besos y lo vi a él recorriéndote a besos, te vi enfurecido y caliente, te vi deseoso y feliz, eras una puta, la maestra de todas las putas. Me llene de irá, no podía seguir viendo, pero tampoco podía parar de hacerlo, quería grabar cada gesto tuyo en mi mente para poder repetirlo en esos momentos de debilidad en los que pudiera pensar que podríamos volver a ser lo que fuimos. Lo quería fijo en mi memoria, estaba grabando el trauma más profundo de mi vida, una mezcla de irá, voyerismo y masoquismo. Verte ahí luego de casi seis años de disque amor, entregándote por despecho, venganza, aburrimiento, por vicio y por gusto, por todo lo que no tenías conmigo y ya no querías tener. Te odiaba, te odiaba con cada lágrima que sentía caer sin pausa por mi cara, te odiaba porque con cada gemido tuyo, sentía un lamento en lo más profundo de mí; como un condenado a muerte que solo quería que llegara el fin. Quería tenerte ahí, darte una bofetada, un puño, una patada, matarte. ¡Si! matarte y hacerte sufrir mucho antes de que dieras tu último respiro, eso quería. Después pensaba en irme, desaparecer, no volver a verte jamás. Me sentía presa de mi peor pesadilla y víctima de mi mejor invento: Tu. El vídeo termino al fin y a duras penas podía respirar, no salía del shock, no sabía que hacer. El aire me faltaba cada vez más, me sentía ajeno, como si todo fuera en cámara lenta y mis pensamientos tuvieran un eco extraño. ¿Qué es esto? -Pensé - ¿cómo pudo...-no pude terminar la frase y un millón de lágrimas salieron, sentía que no podía parar y que si paraba de llorar probablemente moriría. Quería parar y no podía, simplemente no podía, la opresión en el pecho se hizo más y más grande, hasta que ya no pude resistir y grite, grite con todas mis fuerzas, grite pensando, que aun estando al otro lado de la ciudad, me escucharías. Grite para sacarte de mí, pero, sobre todo para salirme de ti, de todo lo tuyo, para exiliar el amor que sentía por ti. Grite hasta casi quedarme sin voz, sollozando y tirado en el piso, llorando hasta quedarme sin lágrimas. Ese día obviamente, no llegaste a casa. 

-Necesito hablar contigo - dije mientras miraba fijamente la ventana, dándote la espalda y sintiendo como tratabas de escabullirte en el baño. 

-Si, pero está noche, tengo un poco de prisa, tengo una reunión de profesores y tengo que ir a la primera clase de la maestría. Será un día terrible.

-¿En donde estabas? - pregunté –

-¿Recuerdas a Miguel? ¿El compañero del cole que te presente en la fiesta de Robin?

-Si, lo recuerdo bien - dije con un algo de ironía 

-Si, pues nos vimos, comimos algo y ya luego nos fuimos a tomar algo al bar.  No te escribí o te llamé porque me contaste que estarías con Steve arreglando lo del menú del matrimonio, supuse que se les haría tarde y todo eso. 

-No, no pude ir, estaba algo enfermo. 

-¿Enfermo? - dijiste, fingiendo interés

- Tienes un seguro médico  domiciliario, ¿pediste que viniera el Médico a verte? -preguntaste mientras abrías la llave de la ducha

-No, yo sé lo que tengo - dije alzando la voz y cada vez más serio. 

- ¡Ah bien! entonces quedo más tranquilo. ¿Hay riesgo de que te salves? - preguntaste fingiendo una sonrisa. 

-Seguramente. - respondí - Siempre y cuando tu salgas de mi vida hoy mismo. 

Mi respuesta te dejó helado, un montón de colores te recorrieron mientras cerrabas la puerta del baño. Te escuché bañarte, fue rápido, yo no tenía prisa, tenía todo el tiempo del mundo para odiarte e imaginar las muchas cosas que te diría para hacerte miserable y humillarte, mientras te echaba de casa. 

- ¿Qué ha pasado amor? - dijiste con voz firme pero tenue mientras salías del baño. Cómo queriendo no saber realmente, lo que había pasado. 

- He visto tu videíto. Seguro que, si lo subes en alguna página porno, te lo compran. - dije mientras azotaba el despertador contra el suelo. -¡¡Eres una basura!!! - te grite - ¿Cómo pudiste? - no podía contenerme, solo te veía sonrojado, estabas listo para salir corriendo y salvar tu vida, mientras fingías buscar la ropa para cambiarte. Sorprendido e indignado, asustado y confundido. 

-Cual vide ...

-No te hagas el imbécil, nunca te ha quedado ese papel. - dije - pero a mí sí, ¿No? Lo sé todo, tu aventura con ese cretino, que ya no sientes nada por mí, que ya no soy nada en tu vida, ¿querías grabarte y destruirme? Pero ¿qué clase de monstruo ha vivido todos estos años conmigo? ¿cómo puedes hacerme esto? ¿qué clase de persona eres? No tienes corazón o ¿qué te hice para merecer esto? - no te dejaba responder, te veía luchando por tomar aire, sentía que en cualquier momento te desmayarías y tendría que dejar el show para cuando te despertaras. - ¡¡Maldito y mil veces maldito!! Eres un cobarde, un poco hombre, un imbécil, te odio, espero odiarte tanto, como he llegado a amarte y te lo juro que, si es así, más te vale recoger pronto tus cosas y desparecer de mi vida. 

- Pero... ¿A dónde iré? No puedes... es decir, no podemos, no sé a dónde ir. Lo …

- ¿Qué ibas a decir? ¿Lo siento? - dije muerto de la furia, el dolor inicial, había migrado a una rabia impresionante y me hacía sentir que era capaz de matarte justo ahí, en aquel momento. Me imaginé lanzándome sobre ti, tomándote del cuello con toda mi fuerza, mientras te estrangulaba con furia. No tendrías oportunidad, ni nada que hacer frente a la fuerza descomunal de aquella rabia infinita y te irías desvaneciendo hasta que no pudieras respirar, luego tu pulso bajaría, tu corazón se detendría y tú estarías muerto. 

-Lo lamento, perdóname. No sé qué pasó, no sé cómo decírtelo, no sé - lloraste

-Y ahora lloras, no tienes lágrimas para pagar lo que hiciste, pero te lo juro que lloraras pequeño hijo de puta, algún día maldito imbécil, alguien te hará lo que tú me estás haciendo a mí y ese día me reiré de tu sufrimiento. 

-Tienes razón, tienes toda la razón, no me merezco nada de ti, pero por favor, escúchame...

-Ahora no. Créeme que tengo terribles pensamientos y en ninguno de ellos, sales con vida. Realmente no te conviene estar aquí, vete - dije tratando de no romper en llanto –

 ¡¡Vete maldita sea!! - grité - ¡¡Vete de mi casa, maldita sea!!

 

Llegaste ocho horas después, yo seguía en la misma posición de la mañana, miraba por la ventana, no había comido nada y no sentía hambre. Sentía como si estuviera sumergido en una piscina de gelatina, viendo todo ir lentamente a mi alrededor, era totalmente irreal, increíble, imposible, pensaba una y otra vez. Esperaba despertar en cualquier momento de aquella terrible pesadilla y verte junto a mí, listos para empezar el día, otro día contigo, lejos de las imágenes terribles que pasaban una y otra vez por mi mente. ¡Ese maldito video! 

-¿Podemos hablar?  Sentí tu voz muy lejana, incluso ajena, como si no fuera tu voz 

- No hay mucho de qué hablar...supongo que ya tienes todo muy claro y yo necesito que te vayas. Creo que ya hiciste tú trabajo aquí ¿No? Quiero que te vayas, no quiero sufrir más, ni gritar más, no quiero odiarte más, solo quiero que te vayas, por favor. - volteé hacia ti y solo puedo imaginarme la cara lamentable que tenía en aquel momento. Un desastre.

-Lo entiendo, sacaré unas cosas y mañana vendré por otras más, pero...- vacilaste- debes darme tiempo para buscar un lugar. Dame una semana por favor, ¿te parece bien? - preguntaste, mientras contemplabas la destrucción que dejaste. - ¿Estarás bien? - preguntaste, esta vez con genuino interés.

- Lo estaré - respondí - tienes una semana. Puedes dormir en tu estudio, no quiero verte en las mañanas, ni en las noches, saca tu ropa y no vuelvas a entrar aquí. ¿Lo entendiste? - mi voz era más firme, pero impersonal, ya no sentía nada en mi voz, ya no trasmitía nada, tal vez, solo era el reflejo del cansancio atroz que me consumía y que a su vez parecía mantenerme en pie.  Al día siguiente te sentí salir en puntas de pies para no hacer ruido, no te duchaste y no desayunaste. Yo me levanté, decidí que no me dejaría morir en aquella cama, me duche y salí, consciente de mi mal semblante y de que, en aquel momento me importaba mucho menos que de costumbre. Fui con Steve, quedó atónito con la historia, no fui capaz de contarle los escandalosos detalles de tu vídeo, pero dejé muy claras tus habilidades para la infidelidad. 

-Yo lo estimaba mucho. Es decir, aguantarse casi seis años contigo… Bueno, es un récord - dijo en tono de broma - pero creo que es un bastardo insensible y muy infantil. Hay mil formas de terminar algo, son adultos y bueno, pudo ser algo más maduro - Está vez, su tono era más serio y como siempre, muy sincero. - lo que no entiendo, es ¿qué pasó? es decir, tonto no eres y debiste notar que algo no iba bien, ¿cómo dejaste que esto llegara hasta aquí? No, No te estoy culpando, pero seguro lo sentiste desde antes. No sé, es que se me hace increíble. ¿Tirar seis años de relación a la basura? 

-No lo sé - solo atine a decirle eso. 

-Lo entiendo. No es el mejor momento. De cualquier forma, sabes qué cuentas conmigo y con Cristopher, seguro que entre los tres podríamos darle una paliza para que aprenda. - dijo de nuevo, en tono de burla 

- No quiero que te rompas las uñas corazón. - dije, tratando de ponerle algo de humor a aquella conversación aplastante. 

Esa noche volví con un poco más de ánimos, pero al entrar todo se derrumbó de nuevo. No podía mirar hacia ningún lugar sin tener una cantidad de recuerdos buenos y malos, haciendo fila para destrozar aquel momento y cuestionar mi cordura.

Tristemente esta casa es una casa construida metro por metro a punta de recuerdos. Eché un vistazo a lo que desde ahora serían las ruinas de otra guerra pérdida, un lugar a reconstruir para volverlo a destruir con alguien más o en mi soledad. ¿Qué más da? En la sala, estaban los dos sofás en cuero que insistí en comprar junto con la lámpara de pie, hecha de aluminio que me encantó y que desde siempre quise tener en mi casa, la biblioteca pequeña que habíamos ido llenando de módulos conforme yo compraba libros y tú comprabas cacharros para decorarla, el espacio de la televisión, un revistero pequeño bajo el televisor contra la pared. Nuestra mesa de centro artesanal, lo único genuinamente nuestro, hecha de una estiba que rescatamos para nuestro proyecto de arte compartido, es linda debo decir. Sobre ella, algunas revistas, los recibos del mes y nada más. Tras ella y hacia el fondo de la sala, tres ventanas enormes que brindaban casi toda la luz de la casa, con el inconveniente eterno de que solo una de ellas, abría completamente. Por allí entraba el ruido, la luz, los colores y sabores de todo en el centro histórico de la ciudad. Decidimos que no tendríamos cortinas para la sala y tú decoraste el resto de aquel espacio con cuadros, espejos, una pequeña repisa para las curiosidades de nuestros viajes, el tapete con dos pufs para leer en las tardes oscuras junto a la ventana, el perchero de las sombrillas junto al pasillo de las habitaciones. Todo decorado a tu gusto y por último la cocina. Me encanta este lugar, pero ¿sobreviviría a él sin ti? Conocí este lugar contigo, siempre viví aquí contigo, este lugar es un pedazo tuyo y un pedazo mío. Afuera el frío se hacía insoportable, fui a la cocina, no podía dejar de mirar la ventana, preparé café y me senté en la barra. Deje el café y fui a la habitación, todo seguía en su lugar, como si nada hubiera pasado; cuando en realidad, todo había cambiado.

Llegaste.

-Hola, encontré un lugar cerca de la Universidad y me mudaré en dos días, si te parece bien.  - dijiste, sin siquiera mirarme, sin atreverte a levantar la mirada de las llaves en tus manos. 

-Vale y ¿Cuándo hablaremos tu y yo? 

-No lo sé, te pusiste muy mal y no quiero que las cosas acaben así. 

- ¿Quieres un café? - te pregunté

-No gracias, solo vengo a recoger unas cosas y me voy 

- Esa es tu maravillosa forma de solucionar todo, ¿Quieres saber porque ya no te toco? ¿Por qué siempre tengo una excusa para escaparme de ti? ¿Por qué te amo y a pesar de eso, no puedo demostrarlo?

- ¿Por qué? - respondiste desafiante, mientras llegabas a la puerta de la habitación.

- Por eso, por tu actitud. Eres tú y ese maldito ego tuyo, pretendes que el puto mundo gire a tu alrededor, porque el mundo solo gira para ti ¿verdad?  la gente se levanta por ti, hace todo por ti, porque sin ti todo se apaga el mundo o eso crees y lo peor, eso crees que la gente cree. No eres más que un egoísta, un cobarde que jamás se ha atrevido a hacer frente a sus problemas, solo los escondes bajo el enorme tapete de tu falta de memoria y listo. Por eso buscas excusas para revolcarte con el primero que te invita a un trago. Eso eres... - me desahogue, tenía años aguantando cosas y más cosas de ti, odiando cuando dejabas la tapa de inodoro arriba, odiando cuando no lavabas los trastes de la cocina con alguna estúpida excusa , odiando que me alejaras de las caminatas a la montaña, odiando tus ronquidos, odiando que usarás mis cosas como si fueran tuyas, que criticaras mi forma de vestir, detestaba tu odiosa manera de esconder la ropa en la lavadora y  esperar a que yo la sacara por ti. Odiaba cocinar tu comida favorita y que pusieras tanto problema a la mía. Lo odiaba, odiaba tu naturaleza rastrera con el dinero, siempre tan tacaño, dando solo lo justo, lo que era tu parte y nada más. Pero lo que más odiaba, era que había tenido que esperar casi seis años para poder decírtelo. 

 

- ¿En dónde pondremos esto? Ni siquiera sé porque sigues cargando con él - dijiste, mientras señalabas el viejo escritorio con cajones que había comprado meses antes de conocerte.  - No sé, supongo que es nostalgia, me agrada, es grande y me recuerda siempre, que todo pasa. Que al final, siempre llegan cosas buenas.  - dije -Si, entonces ¿qué harás conmigo si muero primero? ¿me pondrás en la pared como un trofeo de caza? - reías, te gustaban esa clase de comentarios, porque era la forma de buscar una respuesta ingeniosa y tener una discusión que podríamos mantener durante días. Eran discusiones amables, supongo que, por aquel entonces, con apenas un año de relación, no teníamos tiempo para discusiones serias. En ese momento, uno aún no descubre la basta cantidad de demonios que tiene la otra persona.  Ese día organizamos mi estudio y tu estudio; teníamos lo básico para armar la habitación y algo de la sala. Veíamos orgullosos en medio del desorden de cajas y bolsas de aquel lugar, la casa iba cogiendo teniendo una mejor cara. Recuerdo que en aquella época teníamos muy pocas cosas para la cocina. Una estufa heredada, un par de ollas, una cafetera eléctrica, la arrocera pequeña, una vajilla hecha con platos de diferentes colores, calibres y formas, vasos también muy variados, mi colección de pocillos raros -compraba uno en cada pueblo que visitábamos ¿recuerdas? -  un montón de cucharas, una nevera vieja que yo había comprado un mes antes de la mudanza, en una promoción. Un colador rojo y un poco viejo, el microondas nuevo que nos regaló tu madre y la licuadora también de herencia, la  olla de presión  que nos  prestó tu hermano  y que le terminamos  comprando; aquella jarra para la leche y  unos cuantos cacharros más. Tu habías decidido pintar la casa, pero teníamos prisa por mudarnos y ya tendríamos que hacerlo en medio del desorden de la mudanza. No tuve mucha participación en eso, te dejé casi toda aquella idea enorme de decoración a ti. Yo daba la mitad del dinero, te ayudaba haciendo una cosa y otra, moviendo para aquí y para allá, pero tú eras el genio tras la creación de aquello. El color original de las paredes era un azul turqués que no te gustaba, así que las pintamos de blanco, negro, gris y rojo. Tus colores y un poco también los míos, para que lo voy a negar, pero, sobre todo, a tu gusto y con tu distribución. Durante casi un mes te pusiste a la tarea titánica de transformar aquel sencillo apartamento, en nuestro hogar y debo decir que lo lograste.

Ahora el problema es ¿cómo lo vuelvo solamente mío? ¿tendré que redecorar entonces?

-Hola mor

-Hola guapo - te contesté.

- ¿Cómo ha ido todo? 

-Genial, vino mi madre y mi hermano, me dieron unas ideas, ¡Ah! Y ha llegado esto, supongo que estabas esperando algo. - me entregaste una caja y seguiste entusiasmado, haciendo cuentas de la pintura, puntillas y demás cosas que había que comprar. 

-Gracias guapo - dije mientras abría la caja.

No recordaba estar esperando algo, pero no quería distraerte, era cuestión de mirar y listo. Venía de una empresa que no me sonaba, ya recordaría el nombre. Ahora, debía mirar. 

- ¿Qué es? - preguntaste emocionado mientras volvías a centrar tu atención en mí y en mi caja. -Aún no lo sé, déjame miro y ya te cuento, señor don chismoso - respondí

-Está bien, es tu caja, pero ya me contarás quien es "ese" que te envía cajas -dijiste, mientras ponías ese tono de falsos celos que solías poner en ocasiones. 

- ¡Al fin! - dije triunfante.

- ¿Qué? 

- Es una sorpresa, la dejaremos para la hora de cenar, pero te encantará. 

Cenamos ansiosos una pizza del restaurante casero en la esquina de la plaza nueva. Recuerdo que pedimos media mexicana y media hawaiana; luego de tomar una copa de vino y hacernos sitio entre los periódicos y las latas de pintura, abrí la caja y te la entregué 

- Es lo que querías, ¿no? - pregunté 

- ¡No puede ser! ¡Increíble! ¡todos los volúmenes de la obra completa de Shakespeare en inglés! ¡Oh por Dios! No lo puedo creer, ¿sabes lo que me dirán mis compañeros de la Universidad cuando se enteren? Esto es realmente increíble. No lo...- me diste un beso, fue un beso dulce, largo, tierno, lleno de sentimientos que no quería clasificar por miedo a perderlos justo al momento de ponerles un nombre, tenía miedo de ponerles un nombre y que por ello se destruyeran. Aquel fue uno de nuestros mejores besos.  

-Disfrútalos son para ti y para tu estudio y porque amas a Shakespeare. Lo sé. - dije, haciendo un tono de adulación falsa

-Así como yo amo a Gabriel García Márquez. 

- Supongo que debo compensártelo 

-Si y lo dejo a tu imaginación… - respondí 

-Entonces, creo que, en mi imaginación, nos sobra ropa...

Desperté de repente, escuché tus pasos en la habitación, pero no estabas. ¿Estaba enloqueciendo? Me levanté, revisé la casa y no había nadie, prendí todas las luces por miedo a encontrarme con tu fantasma. Fui a la cocina, eran poco más de las ocho de la noche. No habías vuelto. Entré al estudio y revisé los mensajes. Tenía varios mensajes de la oficina, ya llegaba el fin de semana y yo llevaba casi tres días sin ir, algo raro en mí. Atendí cuántos mensajes pude y en el mejor tono para el momento. Necesitaba vacaciones, irme lejos un mes o dos y volver siendo otro. De verdad lo anhelaba. Calenté la cena y traté de leer, todo era en vano. ¿En dónde estabas? ¿Estabas con él? No sé, no quería pensar más, solo quería silencio, calmar mi mente y decirte adiós, no había otra solución.  Soñé que iba caminando por un puente angosto, la vista era magnífica a lado y lado, un hilo de río que fluía pacíficamente y al final del puente un campo de girasoles y azaleas, era hermoso, el sol vivo de la mañana y el trinar de los pájaros. Era maravilloso. Di unos cuantos pasos mientras contemplaba sin afán aquel paisaje maravilloso de mi sueño. De repente sentí un calor insoportable, el cielo se cubrió de nubes negras, gotas de cenizas caían y sentía que el puente bajo mis pies, también ardía. Sentí un calor impresionante que parecía venir de todos lados y aumentaba con cada paso que daba, trataba de correr, pero me sentía demasiado pesado. No podía huir. De repente, un ruido seco de madera bajo mis pies, que se rompe en mil pedazos. Desperté, estaba empapado en sudor y temblaba, te vi en el borde de la puerta. ¿Eras tú o estaba alucinando? ¿Seguía soñando tal vez y eras parte de otra pesadilla? ---  --

- Hola, ¿Cómo estás? 

-¿Qué hora es? - pregunté, tratando de salir de la pesadilla, controlando el temblor de mis manos y la mueca de terror en mi rostro. 

- Algo más de las ocho de la mañana - respondiste - debemos hablar Andrés, siento que...- sentí el nudo en tu garganta y la respiración agitada, estabas tomando fuerza para hablarme. 

- ¿Qué? - dije yo - ¿Qué quieres decirme? 

-Deberíamos hablar. ¿No? Han pasado dos días, te he dado tu espacio, hemos dicho y hecho demasiadas cosas como para olvidarlas o solo ignorarlas, así que deberíamos hablar, no quiero que seis años de relación se terminen de esta manera.

En aquel momento, mil respuestas vinieron a mi mente, todas cargadas de una gran rabia y un gran veneno, pero me contuve y decidí dejarte continuar.

- ¿Qué propones? - dije, tratando de evitar mostrarte el mar desbocado de emociones en mi interior, aquel tsunami de odio que sentía por ti.

- Pues organizaré una cena para los dos esta noche, podemos cenar aquí y hablar, tranquilamente 

-No - dije tajante - aquí no, prefiero que cenemos fuera. No te preocupes, no te insultare, no te atacare o te haré una escena. Soy adulto y solo quiero salir de aquí. Si sigo aquí encerrado, enloqueceré. 

-Está bien, entonces paso por ti a las 8 y vamos a cenar. Yo invito.

-Faltaba más - dije de forma sarcástica.

- A las ocho entonces.  Te despediste sin mirar atrás, caí en cuenta que llevaba dos días muriendo lentamente y no podía seguir así. No iba de pronto a sanar todas mis heridas y salir sonriendo al mundo, mostrando lo feliz que podía ser sin ti; pero definitivamente no me quedaría en aquella cama esperando a morir.  Arregle el apartamento y quedó reluciente, aquello era el motivo de mi orgullo, la casa como debía estar.  Decidí consentirme y me hice una mascarilla, medite por algo más de una hora y luego a la ducha. Me pondría mis mejores galas, pero quería que se viera casual. Todo aquello era un paripé para darle cierre a aquella historia de final predecible.  Eran las siete menos cuarto, estaba ansioso, tomé dos copas de vino y me asomé de nuevo a la ventana con un paquete de cigarrillos. Fumaba uno tras otro sin medirme; cuando acabé, el olor nauseabundo del cigarrillo en las manos casi me hace vomitar. Me lave las manos y luego me puse crema, me cepille y espere. No me sentía tan tenso como el día anterior, pero me sentía ansioso. ¿Qué pasaría?  Llegaste puntual a las ocho, me recogiste y fuimos al restaurante que tanto me gusta a las afueras hacia el norte, sencillo, tranquilo y discreto. Pedí un plato de Lasaña y tú pediste unos canelones, cenamos y brindamos, no hubo mucha charla, sin embargo, la conversación fue mucho más fluida de lo que había sido en los últimos días, incluso, en las últimas semanas. 

- ¿Vamos a casa? - preguntaste algo ebrio y mientras tropezabas al salir del restaurante. 

- Si, vamos a casa. 

Paramos un taxi y de un momento a otro, nos besamos, no pudimos parar, tus manos me recorrían y las mías te recorrían a ti, cada espacio de ese cuerpo caliente y excitado que se agitaba junto al mío. 

Me sentía feliz, trataba de evitar las imágenes que venían a mi mente, ¡Ese maldito video! Pero una voz perversa atravesó mis pensamientos y decía:  -Ahora, dale el polvo de su vida, hazlo recordar para siempre esta noche-

Miré de reojo al conductor, que sin perder detalle observaba aquella escena a través del retrovisor.  No parecía perderse de nada. ¿Estará excitado? -pensé

Al llegar a casa, casi caemos por las escaleras, lanzamos las chaquetas apenas abrimos la puerta de casa y nos tiramos al suelo como animales. Tu sin camisa y bajando mi pantalón, yo tratando de quitarte la correa y besándote como desesperado el cuello y el pecho. Tus tetillas erectas que pedían ser besadas, tu culo duro y redondo, tus brazos fuertes, tu barriga incipiente pero aún torneada por tanto tiempo en el gimnasio y las piernas agiles y un poco delgadas que se retorcían de gusto junto a las mías. Me quitaste el pantalón y fuiste por tu premio, era todo tuyo y sabías muy bien qué hacer con él, jugueteabas con la lengua, yendo y viniendo, recorriendo cada centímetro, te encantaba meterlo todo y sacarlo de golpe, tu boca caliente y la saliva espesa que iba y venía, mientras me apretabas el culo y me recorrías el pecho con las manos, buscando mi boca con tus dedos. Te encantaba, te gustaba jugar y te di un buen juego, te volteé de golpe y sin aviso te la clavé hasta el fondo, gemías, gritabas, arañabas el piso me tomabas de la nuca y me besabas de medio lado, tal y como estábamos.  Te levanté y te puse sobre la mesa de la cocina, te penetre con deseo, pero también con ira, con una rabia infinita, te lamía el pecho y te mordía los pezones, te deje chupones en el cuello, te acariciaba las piernas y te recorría en cada embestida, pedías más y más. Tu, puta golosa e insaciable, pedías más. Te lance contra el sofá, estaba agotado, pero quería darte todo eso que no te había dado y que nadie te daría como yo, te penetre, esta vez en cuatro patas, podía sentir el choque electrizante de tu culo contra mí pelvis, el ruido, el sudor, los gemidos, mi respiración entrecortada y tú, pidiendo más, te tome del pelo, te levanté la cabeza y te susurré al oído: Eres una puta, la puta que una vez amé. Te lance con fuerza y te seguí penetrando, te diste vuelta y me mandaste al piso de un movimiento, sin decir nada, te sentaste sobre mi juguete de carne y empezaste una marcha frenética, me tomabas el pelo, me cogías de la cintura, te lanzabas hacia atrás y adelante en un frenesí inaudito, creo que jamás había tenido un polvo así, un polvazo. Terminaste a chorros sobre mi abdomen, mientras yo seguía penetrándote sin compasión, te daba duro, te tome de los hombros y te lance hacia atrás, me incorpore y te abrace para poder descargarme dentro de ti. Nos abrazamos. 

No sé cuánto tiempo duramos así, pero siento que fue una eternidad. Te solté y te levantaste, corriste al baño y escuché la ducha. Yo seguía allí, exhausto en el piso, sin poder respirar con normalidad o sin poder siquiera levantarme, me temblaban las piernas,  sentía como choques eléctricos me recorrían todo mi cuerpo, tenía una sonrisa y no sabía porque, pero sonreía, estaba empapado de sudor y mirando el techo. No podía pensar en nada, tenía mi mente en blanco. Entonces, te escuche salir de la ducha.

-Ahora me toca a mí - susurré.

Publicado la semana 3. 15/01/2019
Etiquetas
La vida misma, Todo lo vivido
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