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Andbenedetti

El ladrón de besos

Temblaba como un poseído mientras mis manos sudaban y veía pasar todo en cámara lenta, ya no escuchaba su voz, ni su risa traviesa, veía todo pasar como en una película. El césped que se movía lentamente, las aves sobre nosotros, la brisa fría que bajaba desde los cerros, podía sentir el sonido que producían las llantas de los carros contra el asfalto unos metros más abajo, sentía la mirada de quienes subían hasta nosotros, los veía desde la distancia y los sentía cercanos. No paraba dejar de pensar y mi corazón latía tan rápido que pensé por un momento que me desmayaría justo ahí, en ese pequeño quiosco con techo de palma y cercado de ladrillos mohosos, siempre cargados de humedad, trataba de respirar lentamente, de recobrar el aliento, pero no podía.

- ¿No te ha gustado? - Preguntó él, siempre con esa sonrisa pícara que me tenía hipnotizado desde que lo conocí.

- Si – Solo dije eso y no supe cómo, pues sentía que la voz misma se me había ido. -Es la primera vez que beso a otro hombre, estoy… muy nervioso- Dije. Tal vez fue lo dije tan rápido y con un hilillo de voz incipiente, que su cara de sorpresa me hizo esquivarle la mirada, para fijar mis ojos en el camino por donde había llegado a aquella cita una hora antes.

- ¿Es en serio?, pero dime ¿Qué te ha parecido? - insistió él con algo de emoción y morbo en su voz, mientras ponía su mano sobre mi hombro y una corriente intensa recorría mi cuerpo con aquel contacto.

-Es en serio, no… No te miento, es la primera vez que beso a otro hombre y me estoy muriendo de los nervios. Ahora mismo podría salir corriendo. - Con la última frase pude retomar un poco el ritmo de mi respiración, aunque el latido de mi corazón seguía desatado, como implorando ser tragado por la tierra o borrado por un rayo, quería despertarme de aquel sueño o ¿era una pesadilla? No sé, no me sentía bien, tenía nauseas, pero no era porque sintiera asco, era por el terror que me daba aquel beso a plena luz del día en un sitio público.

Años atrás había descubierto que era diferente a los demás chicos de mi edad. Mientras todos buscaban a la chica más linda de la clase, entre las compañeras del colegio o las amigas del barrio; yo fantaseaba con varios de los chicos más lindos de mi curso. No puedo pensar en cómo los fantaseaba específicamente, solo sé que al principio el sexo no hizo parte de las fantasías, tal vez eran cosas cursis como caminar de la mano o abrazarnos mientras nos mirábamos a los ojos y nos dábamos un beso. Después de cada fantasía me convencía a mí mismo de que aquello era malo, estaba prohibido, además ¿Quién querría hacer algo así conmigo? Es decir, no solo era cursi, era algo que sentía yo y que los demás ignoraban y me prometí a mí mismo que así sería siempre.

-Nos podemos ir- dije mientras trataba de levantarme, disimulando el temblor de las piernas y el sudor frio que sentía en las manos.

-Claro, no hay problema, pero ¿Estás bien? Es que estas muy pálido. ¿Quieres tomar algo o comer algo?, ¡Yo te invito por ser la primera vez! - sonrió y me abrazó por detrás con tal fuerza, que por un momento sentí que todo volvía a la normalidad, me sentí feliz y completo, como si nada hubiera pasado y aquello fuera algo normal y corriente en mi vida.

- Estoy bien – respondí, era la primera vez que sentía que mi voz a medio formar y con el pitido funesto de la adolescencia, no me traicionaba. -Pero quiero irme de aquí, mis padres me esperan, he dicho que iba por unos apuntes y mira. –  Me asombro mi seguridad, aunque sabía que por dentro el caos seguía intacto y en cualquier momento explotaría. ¿Qué diría? ¿Lloraría? ¿Saldría a correr? No lo sabía, pero tenía claro algo: No quería que pasara frente a él.

- No te preocupes, te acompaño a que tomes el bus y me escribes en cuanto estés en casa. ¿Qué te parece? por cierto ¿Qué apuntes necesitas llevar?

- ¿Cómo? - respondí sorprendido, no había caído en cuenta de que me hablaba y me parecía algo torpe de su parte romper aquel momento tan importante, con un comentario tan tonto.

- Pues dijiste eso en tu casa para que te dejaran salir, ¿No? Imagino que te preguntarán sobre esos “apuntes” que necesitabas ¿cierto?  ya sabes los viejos como molestan con eso.

Caí en cuenta, me sentí bastante estúpido, sin saber que decir y sintiendo que él también me veía como un estúpido.

– No tengo que mostrarles nada, con que les diga que ya lo hice… - lo dije con un poco de molestia, pero no una molestia con él, era la molestia que me producía sentirme tan torpe, sentía que mi cerebro me había abandonado y era un idiota más, entre los miles de idiotas de esta ciudad.

En medio del silencio incómodo, mientras trataba de recuperarme y levantarme con dignidad, sin que se notara que el efecto de aquel beso, me tenía hecho polvo, sentí sus palabras una a una y debo confesar, que entonces, no las espere.

-¿No se les hará raro que necesites apuntes, cuando eres el nerd de la clase?- Su risa traviesa, había pasado a ser una risa de burla para mí. Me sentí herido de gravedad. ¡Qué maldito cretino! quería gritarle, sacar esto que llevaba dentro y que no sabía cómo saldría de allí.

-Imagino que hasta los genios tienen problemas, no me las sé todas, pero tu si, ¿No?- mi cara pasó del desconcierto y los nervios, a la ira, sentía que me había atacado directamente, como si él fuera muy inteligente y yo, el inteligente, fuera un idiota cualquiera.

Caminé decidido, bajando el sendero en sentido contrario a como lo había subido, estaba enojado, pero no dejaba de pensar en la ternura de sus labios, el sabor a bom bom bum acido que tenía, el suave aroma de su champú, la belleza de su piel trigueña, la suavidad de sus labios carnosos y rojos, su mirada directa y sus ojos grises, el cabello negro y enmarañado, el sabor de su boca, sabía delicioso, era una mezcla de cosas que no podía descifrar pero que me encantarían robarían el sueño de ahí en adelante.

-¡Ven! Hombre, que delicado eres. ¡Espérame! -Él corrió tras de mi mientras agitaba los brazos y gritaba. – ¡Que me esperes!, me tomó del brazo con fuerza y me lanzó la maleta contra el pecho, mientras seguía su camino, su descenso hacía la carretera que dividía aquel parque.

Tomé la maleta sorprendido -¡Soy un idiota, hasta dejé la maleta! – me dí vuelta para ver en donde iba y para mi sorpresa, casi había llegado a la carretera.

-Espérame, oye, dame un segundo, lo siento…Yo, yo. – Baje corriendo mientras me ponía la maleta; sentía que podía correr tan rápido como Flash, era un superhéroe y aquella era una misión para salvar el día. Me sentía excitado y nervioso mientras corría, por mi mente pasaban cosas absurdas. ¿Y si no me vuelve a hablar? ¿De verdad dije eso? pero que inmaduro soy. ¡Cuando aprenderé a callarme! –

Le tomé del brazo justo cuando empezaba a subir el puente peatonal, sentía el calor en mi cara, estaba un poco agitado, pero no sabía cómo él había llegado tan rápido caminando y yo había tenido que correr.

-Lo siento, soy un idiota. Tienes razón en todo, no había pensado en la excusa, hasta he dejado la maleta tirada en el quiosco. ¿Me perdonas? - lo dije casi suplicando, con un hilo de voz y la respiración cortada.

-No, eres un idiota, ¡eres un completo idiota! ¿Sabes lo que he arriesgado por estar aquí hoy? Mis papás creen que estoy en la maldita escuela de fútbol a la que me hacen ir, mi novia cree que estoy con mis papás, todos creen que estoy en un lugar en donde obviamente no estoy, ¿Para qué? ¿Para qué me restriegues que eres el puto ñoño de la clase? Ya déjate de tonterías y no me toques.

Retiro mi mano de su saco, mientras subía rápido las escaleras sin mirar atrás.

Me senté en el primer escalón de la escalera mientras el sentimiento de emoción se deshacía entre mis dedos, el sudor y la emoción dio paso a una sensación de vacío, un dolor en el estómago y las lágrimas que aparecían sin poderlas detener. No sé cuánto tiempo pasó, puse mis manos sobre mi cara, mientras el reloj sonaba la alarma de cada hora. Escuché pasos, me di la vuelta y lo ví ahí, justo al final de la escalera, con una mirada aun fria pero que ya no tenía la ira de antes, más bien me miraba con compasión. 

-¿Quieres que te acompañe a casa?- dijo mientras bajaba las escaleras, sin dejar de mirarme a los ojos. Su voz era firme, sus ojos brillaban con los rayos de sol en la tarde. 

-Lo siento, yo...

-Siempre dices lo siento, no puedes herir a alguien y solo decir eso, eso no soluci..

Me acerqué tan rápido que no le di tiempo de reaccionar y lo bese, lo bese como nunca antes había besado a nadie o habría de hacerlo, fue tan intenso que creí, había durado una eternidad y así quería que fuera, una eternidad en ese beso, con esos labios. Me había convertido en el ladrón que robó al ladrón, aquella tarde le robé un beso que nunca fue suyo o mio, fue nuestro.

 

 

Publicado la semana 18. 02/05/2019
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