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Andbenedetti

El Sol

Es increíble cuanto llegas a echar de menos algo, cuando no lo tienes.

 

Crees que el día será como tantos otros que se mezclan en rutinas que llevan a la desesperación.

Irás a trabajar, te levantarás temprano para alcanzar a tomar puesto en el autobús, alcanzar a pasar por tu cafetería favorita y luego correr aún con el desayuno en la mano, hasta un trabajo que quizá amaste alguna vez, pero que ahora mismo solo haces para pagar las factura. ¡Esa bendita vida de adulto!

Así es, está planeado, todos los días tienen su ritmo y como dicen las abuelas: “Su afán” y el afán tuyo de todos los días, es tener la paciencia necesaria para no renunciar, la lucidez necesaria para no decirle a tu jefe que es un imbécil, la salud justa para llegar a la edad de pensión sin mayores problemas, pudiendo aún disfrutar del dinero que ahorraste con tanta laboriosidad, para una vejez bastante incierta.

Dejaste de lado las fiestas adolescentes, el sueño de un amor verdadero, de una casa en el campo, olvidaste los cientos de libros que pensabas escribir y te aferras a una vida de mierda para poder sobrevivir en la vida real. 

Pero no es así siempre, en ocasiones, algo pasa, algo que nos cambia para siempre, que trastorna tu rutina más de allá de lo que imaginaste cambiarla en tus más locas fantasías, que te hace caer o te levanta.

Este día es muy especial: Al despertar, ya no veía el sol. Así es, esta mañana en el afán de correr para seguir el guion de aquella vida sin sobresaltos, me sobresaltó el despertar y no ver nada, la oscuridad, una masa eterna que escondía todo de mí, me asusté -obviamente- grite, traté de encontrarme en ese espacio tan familiar de siempre, que ahora mismo me resultaba desconocido, la desesperación, el pánico, la locura, la muerte, pensé en todo, traté de recordar donde estaba cada cosa, mientras daba tumbos, haciendo caer todo a mi paso. Vivía solo, así que no habría nadie para ayudar a este pobre ciego, tampoco a quien pedirle ayuda o tan siquiera, quien me ayudara a recoger el desorden monumental de aquel mal despertar; así lo había decidido, nunca pretendí arrastrar a nadie en aquel pozo de genuina mediocridad y rutina que era mi vida ¿Por qué no fui un hippie o un mochilero? Mi cabeza daba mil vueltas, por primera vez en muchos años de autocontrol, de golpe todos los pensamiento absurdos empezaron a cruzar por mi cabeza. Empecé a preguntarme muchas cosas, la mayoría solo eran tonteria sin sentido, todo ello,  mientras trataba de encontrar mi teléfono y conservaba la ilusión de que aquello fuera la broma de alguien que entró en mi casa a medianoche y me puso cinta sobre los ojos. Sin embargo, no podía ser, abrí los ojos al máximo y la oscuridad era tan clara, como el saber que ya no llegaría a trabajar. -¡Mierda, el trabajo! – exclamé y casi de inmediato una risa sin freno se apoderó de mí. - ¿Pero cómo pienso en el trabajo ahora? ¡Estoy ciego! – al fin encontré el celular, pude utilizar la marcación por voz y lejos de pedir una ambulancia o llamar al trabajo, llamé a mi mejor amigo.

 

-¿Se puede saber a que se debe este milagro? – contestó con auténtica sorpresa la voz al otro lado de la línea.

-Supongo…-vacilé – a que me he quedado ciego – de pronto un ataque de risa se apoderó de mi, el miedo seguía ahí, también la sorpresa y la desesperación, pero aquella broma de la naturaleza, aquella locura de día, me daba algo de paz.

-No me jodas con tus bromas, nunca llamas y ahora me dices que te has quedado ciego. ¿Qué más ha pasado? ¿También encontraste al amor de tu vida? – dijo mi amigo con tono de sarcasmo. Conocía lo suficiente a Marcos, como para saber que nunca me tomaría en serio y me tendría media hora al teléfono reprochándome los 2 años que llevaba sin llamarlo

-Es en serio imbécil, pero aún no llamo a la ambulancia. ¿Podrías venir a casa?

-Claro, como no tengo nada mejor que hacer, ¿Cierto? – su tono parecía cambiar y creo que empezaba a dudar de su tan resuelta explicación de la broma absurda que le jugaba luego de dos años sin hablarnos – ¿Vives donde siempre?

-Así es – contesté - ¿Tienes aún la llave que te di?

-Si – dijo un poco más serio – Si esto llega a ser una broma estúpida tuya, nunca en la vida te vuelvo a hablar – dijo con una sentencia de señor mayor.

-Entonces te esperaré – colgué el teléfono y me senté en el piso, no estaba seguro de poder llegar a algún lugar y no recordaba en que orden estaba aquella casa que a duras penas veía unas horas al día y algunas más los fines de semana.

Recordé la ilusión que tenía 10 años atrás cuando decidí que lo mío no era andar por el mundo con una mochila al hombro y tratando de sobrevivir con talentos que no tenía; había estudiado para ser contador, estar arrumado tras un montón de papeles, un escritorio y mi computadora. Es cierto, aquel trabajo me había dado mucho, había comprado tantas cosas como alguien de clase media que podía hacerlo, había viajado en vacaciones que recuerdo por alguna que otra foto en el teléfono celular, vacaciones en las que me pasaba el tiempo viendo la pantalla de mi computador, sin disfrutar la playa, el nevado, la selva, nada, estuve ahí, pero nunca estuve. ¿Qué haría ahora? ¿De qué viviría? ¿A dónde iría? La montaña rusa de emociones continuaba, me imaginaba mendigando en alguna esquina, mientras escuchaba a los lejos: “Mírale ahí, pidiendo limosna. Es una lástima ¿Sabías que llegó a ser el contador de tal empresa?”

De repente, decidí levantarme, tratar de ubicarme a ciegas por aquella casa en tinieblas; logré dar unos cuantos pasos, sentí que sería como aprender a caminar de nuevo, tendría que aprender muchas cosas de nuevo. ¿Mi familia? ¿Qué dirían mis padres? ¿debería llamarlos?  -NO- respondí de golpe, no debo alertar a nadie hasta que llegue Marcos, el sabrá que hacer y me llevará a una clínica, no quiero alboroto, sirenas, ambulancias y mis vecinos tratando de no perder detalle alguno de mi tragedia, ante todo la dignidad.

Sin advertirlo, empecé a escuchar un timbre intermitente y agudo, cada vez más cercano. No sabía que era, pero no era el timbre de mi casa. ¿Serán los vecinos? ¿Habrá llegado Marcos? ¿Por qué timbraría si tiene llaves de casa? Una pesadez increíble se tomó mi cuerpo y sentí como si de repente pesara 10 toneladas, caí al suelo, el sonido era cada vez más cercano y de repente, la luz.

Miré el día como si fuera la primera vez, estaba ahí, sobre mi cama, aún entre las sabanas y el edredón, caliente y húmedo, como si hubiera corrido una maratón, el celular sobre la mesita de noche, mientras estallaba la primera alarma de la mañana. Corrí al espejo del baño, sorprendido de ver todo, de poder esquivar los muebles, de ver las puertas, de verme al espejo, no era un reflejo grato o al menos, no lo habría sido en otras épocas, un día atrás sin ir muy  lejos, pero ahí estaba yo, en el esplendor de la mañana, aún muy temprano para ver el sol, pero no tan temprano como para no ver su luz, el amanecer. Me senté en la cama, abrí las persianas y contemplé el espectáculo fascinante del amanecer, ví como subía lentamente el sol por sobre los edificios, como alimentaba de color y calor, las calles de una ciudad congelada.

-¡A la mierda! – dije mientras caminaba, ya con más calma hacia la cocina – Hoy no iré a trabajar, no ser morirán por un día que falte y yo no podría irme a trabajar, sin contemplar un poco más el sol.

Publicado la semana 14. 06/04/2019
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