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Sarko Medina Hinojosa

Ese monstruo llamado amor: ¿Por qué me besas?

Estaba ebrio y se le ocurrió un truco burdo para besarla.

—Tienes algo en el cabello.

Y la besó, largo, con fiereza inclusive, porque ella respondió sin miedo. Estaban en la sala de esa casa desconocida para él. Era el cumpleaños número 18 de uno de los agarres de Braulito su amigo chibolero. Estaban en Sabandía, en una hacienda típica de chacra, con salones diferenciados de los cuartos, patio central y huerta. Con la muchacha se metieron bajo los manzanos, pasando por la cerca de piedras, para besarse con mayor gusto. Las manos se perdían intentando tocar piel, lo atajaba, con algo de torpeza, cediendo a veces pero retomando la cordura.

Ante la falta de licor, fue convocado para comprar más, en una tienda atravesando algunas chacras. Con promesas de volver, arremetió la tarea. Lleno de barro, pero feliz, retornó. Había unos labios en promesa, allí estaban, tanto que se olvidó de beber. Él estaba seguro que estaba bonita, no podía saberlo, la creía hermosa en esos momentos, instantes de su vida en que todo se definía por el filtro de su ecuanimidad etílica. El licor acabado y el permiso para festejar caducó. Pudieron acomodarse en alguna cama, sin hacer nada, hablando él disparates y ella escuchando, riendo. A la mañana la vio con el sol, no estaba mal, se citaron para el siguiente sábado.

Era febrero, aún lo recuerda. El viernes bebió, como siempre. Al día siguiente se acordó de la cita a las cuatro en el paradero del Seguro Social. Llovía. Pensó que no estaba. Ni se acordaba de su nombre. Pero estaba. Utilizó la vieja táctica de preguntar el segundo nombre y llamarla así. Se reía de sus chistes bobos. Como llovía le dijo para ir a su cuarto. Aceptó.

Etiquetas de cerveza pegadas al pastoso piso, la ropa por todos lados, el olor a hombre macerado en pisco barato. La cama como lugar de sacrificio.

—Soy virgen.

—Tendré cuidado.   

Para cumplir su palabra salió disparado a comprar protección. Al regresar, el tema se enfrió un poco. Con arte y besos largos, apasionados, volvió a recorrer el camino incierto de saber la cantidad de dolor al irrumpir en el lugar sagrado. Fue breve. En un momento, las lágrimas explotaron, sin saber por qué, respetó la catarata liberada. Escuchó la falta a ciertas promesas. Pero la pasión gana y recuperan el ritmo, ella, desenfrenada, sueltos los tapujos, en cada ola dejaba las marcas de su alborozo en su espalda.  

Luego, la incomodidad de manejar la conversación, evitando promesas que nunca se cumplirán. Dos cervezas más para hablar de ella un poco y sus recuerdos.

—Por lo menos sé que no soy frígida.

Resulta que el enamorado anterior intentó algunos avances, pero no lograba alentarla.

—No sabría decirte, bueno, sí sé, pero mucho para tu ego. Pensaba meterme de religiosa. Tanto así me traumó, ¿puedes creerlo?

No está seguro de querer verla de nuevo, pero ella insiste, promete quedarse una noche entera, sabe cómo faltar a la casa paterna por estudios. Tiene que enseñarle más cosas. Bromean con doble sentido, hay complicidad, lo que no hay es honestidad.

La enamorada de siempre regresa, aquella que cada tanto termina con él. Ni entienden que sienten pero allí están, dándole sentido a las horas muertas de la mañana, desnudos y peleando por celos dispares. No sabe qué hacer. A la cita pactada no va. Recuerda que el nombre de la chica es Danuska y que estudia Biología. Calcula sus tiempos y se esconde durante una semana. De todas maneras la ciudad y más la universitaria, es un pañuelo y se encuentra con ella. Trata de salir por la tangente, duda mucho, al final promete comunicarse, luego de los ficticios exámenes.

Una semana más, un jueves por la tarde y la encuentra en la puerta del cuarto. Se ha arreglado el cabello, ¿eso es maquillaje? Se siente mal. No es una chica que arranca suspiros, pero lo mira como suplicando algo que él no tiene ni puede dar, eso la hace hermosa. Trata de salir del lío, no quiere que entre a casa, de la esquina sale el Braulito y la amiga de los 18, fue una celada, todos entran, pero él se la lleva a la cocina de la casa para no caer en la tentación. Sale con cualquier cosa de excusa, el trabajo, los estudios. Ella agacha la cabeza.

—¿Qué fui para ti?

—Un bello arrebato a las estrellas.

Poeta barato, piensa, pero resulta consolador, esos ojos calmos lo indican, no puede ser honesto, siempre especializado en cagarlas magistralmente, la besa, de nuevo los ojos en el limbo.

—Si estás terminando conmigo ¿Por qué me besas?

 No sabe.

Ellas se van y casi saca a patadas a su amigo traidor. Tiene que ir a trabajar y sale después. Al pasar por una tienda, media cuadra antes del paradero, está ella y su amiga, tomando unas Qaras, esas cervezas fallidas hechas para “ellas”. No puede estar ebria, pero quiere parecerlo. Quiere que la bese como hace un rato, así, despacio, que le haga creer que es importante, no un agarre. No puede, se zafa, se va.

Semanas después, caminando por la calle con la enamorada de siempre, se la cruza. Nuevo peinado, actitud decidida, más guapa, pero ni lo ve, solo a ella, a la que lleva de la mano. Pese a la fiereza de la mirada, hay un rasgo de tristeza que él capta. Luego, silencio, la ciudad se la tragó y a él también.

Veinte años después, en un encuentro con Braulito y otros más de la collera, recuerda a la muchacha de la frigidez derrotada. Pregunta. El amigo baja la mirada, ofuscado y cuenta la segunda parte. Después de su historia él la contactó. Estuvieron varias veces, desnudos y explorándose. Hasta que en la última que se encontraron ella dijo su nombre, sí, el de él, en la plenitud de la entrega. Era obvio que no volvió a verla, es más, ni sabe que pasó después, salvo un chisme que por allí escuchó sobre que se volvió religiosa, tonterías, claro. “Claro”, pensó, antes de sumergirse en el licor y volver a olvidarla.

Publicado la semana 4. 22/01/2019
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https://youtu.be/kPVvRvOwKGI , Ribeyro , Con lluvia
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