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Sarko Medina Hinojosa

Juegos mentales

“El dinero es obsceno”, dijo casi entre dientes Babydoll, mientras seguía metiendo lampa al hueco y sus rulos dorados se sacudían por el esfuerzo. Maricielo dejaba que la muchacha siguiera con su monólogo entre moralista y anarquista, mezclado con un cristianismo de la edad media, en la cual despojarse de los bienes y pasear denudo era una forma de expiación de culpas.

“Deberíamos quemar estos billetes, solo nos traerán dolor, amiga”. Una fogata, ardiendo en medio de los árboles de aquel bosque en Cuzco, un espectáculo digno de verse. Si un espectador cualquiera distinguiera los billetes con el rostro de Benjamín Franklin comprendería el valor, dejarían de ser papeles que se queman para tener un peso. Las personas descubren el valor de algo por conocimiento anterior, piensa Maricielo. Sus conclusiones son prácticas, pero a veces, como ahora, se pierde en definiciones más filosóficas o científicas de los actos a su alrededor.

“Estoy segura que nos agarrarán antes de salir de la ciudad, te dije que siguiéramos pepeando nomás sin ir más allá. Yo no quiero riquezas solo venganza, un poco de diversión, algo de dinero, pero más venganza contra los hombres”. Las dos escaparon de un prostíbulo en Pucallpa hace cinco años. Trataron de trabajar en diferentes cosas, pero no lograban ganar ni la décima parte de lo que sacaban tomando y acostándose con clientes en bares carreteros o en asentamientos de minería ilegal. Caminando llegaron al Cuzco y aprendieron a narcotizar “gringos”. Ambas tenían odio contra los hombres, a quienes culpaban de su abandono como padres, parejas, por usarlas. Ahora ellas los usaban.

Maricielo siente que ve a su cómplice realizar sus actos no desde su posición, parada, pierna apoyada en el árbol, brazos cruzados, cigarrillo en la mano derecha. No, ella siente que se eleva a un plano superior, como si de un dron se tratara y, desde allí, observa toda la escena y sus implicancias. Desde pequeña lograba eso. Verse a sí misma desde arriba. Cuando la violaba su abuelo, se bañaba en el río de su pueblo o cuando escapó en ese bus, luego en las cantinas, en los ratos menos pensados, se elevaba y pensaba las cosas como si no le sucedieran. En varias ocasiones eso le servía para no llorar, gritar, pegar, arañar, en otras para que el tiempo pasara como viendo una película, allí, abajo.

Sabe que en breve Babydoll se cansará y exigirá un relevo. Ese cansancio prematuro no pertenece a alguien como ella, robusta y hasta podría decirse, musculosa, sino a quién quiere gastar lo menos posible sus fuerzas. Siempre fue así, Maricielo siendo el cerebro de todo y la otra gastando el tiempo en excusas para hacer lo menos posible de esfuerzo. Lo demostró cuando captaron al último turista, sin mover las manos siquiera para acariciar a la presa y prometerle el paraíso de su piel. Luego, en el cuarto, cuando lograron que lamiera la droga para dormir de sus senos, no ayudó a bajar el cuerpo y meterlo debajo de la cama, se dedicó a buscar entre las cosas del canadiense. Luego, en la habitación donde se alojó el turista, tomó la pequeña maleta, dejándole la más grande, la que contenía el dinero.

Nunca esperaron dar con un botín así. Discutieron el plan de acción, obvio, propuesto por ella, que era la que pensaba, la rubia teñida quería dejar todo atrás, escapar, dejando un reguero de pruebas que las terminarían de descubrir. La convenció de que lo mejor era enterrar el botín, coger algo del mismo que les permitirá desaparecer por unos meses en Madre de Dios y de allí volver cuando estuviera todo tranquilo para sacar el resto y viajar a Bolivia o de repente a Paraguay. Eran dólares, más de medio millón calculaba la morena. La rubia tenía planes raros, desde entregar parte del dinero a las otras putas de la zona de Angostura o a albergues. Quemar todo era su opción nueva. La convenció de que no las hallarían, que se tranquilizara.  

Las buscarían, cierto, pero eran de cuerpos y cabelleras comunes. Hasta de repente tuvieran sus nombres, sus datos, pero, intuía que el mismo turista, cuando despertara, no querría que se ahonde en la procedencia del dinero que cargaba y lo que fue a hacer a esa ciudad mística al sur del Perú.

El otro problema era justo eso: ¿Quién era el canadiense? Su nombre solo les sonaba a nombre de cereal gringo. Pero ella supo ver un poco más, gracias a ese desdoblamiento que le acometía en momentos de tensión. Para ella era un traficante de artesanías huaqueadas. En sus cosas encontraron algunas. Para Babydoll eran recuerdos para la familia. Sabía que no era así. No era un criminal que podría quedarse a buscarlas con algún grupo comprado a los policías o mercenarios, o narcoterroristas. No. Por ese lado estaba segura. Vio el camino que siguió el extranjero, entrando el dinero sin justificarlo, necesitaba los billetes en físico para las transacciones con los huaqueros de la zona. En medio de las artesanías falsas por allí habría alguna verdadera o por lo menos muy antigua que justificara la inversión, pero para eso actuaba solo, casi sin protección para atraer a los vendedores. Estaba ansioso cuando las contactó para hacer un trío. Seguro logró un buen golpe y quería festejarlo antes de irse a otra ciudad y seguir comprando reliquias. Maricielo se felicitó una vez más por sus deducciones.

Desde esa su altura mental, miraba el cuadro completo de lo que tenía que hacer, por algo antes compró, pese a la reticencia de su compañera, bolsas impermeables, capaces de resistir la humedad, y, sobre eso, envolvieron todo muy bien.

Era su turno. Con mucho esfuerzo ahondó la fosa con prontitud, la quería más profunda. Ese bosque era de una comunidad campesina privada. Así que búsquedas por allí no habría. Los mismos comuneros no iban al bosque. Cuando calculó que la profundidad era la adecuada se hizo ayudar por la otra mujer para salir.

Estaban agotadas y casi anochecía. Seguro el hombre habría despertado y las estaría buscando. Babydoll seguía lamentando el encontrar el dinero, le parecía sucio el tener esa cantidad, aún cuando no la llevaran, decía, el peso de sus conciencias las enloquecerían.  

Sin mediar más palabras, Maricielo, se alejó por detrás de la rubia y le asestó con la lampa un golpe en la cabeza. Terminó el trabajo ahorcándola. Arrojó a la fosa las bolsas bien protegidas. Luego la cubrió con tierra y piedras hasta una altura, echó el cuerpo de su ex amiga y terminó de cubrir todo con una capa de hojas secas y ramas.

Era tarde cuando retornó a la ciudad. Devolvió la mototaxi que alquiló. Ya habían sacado sus pocas cosas del cuarto que alquilaban. Así que se dirigió al terminal con prontitud. Trataba de no pensar mucho en su amiga muerta, sabía que en varias ocasiones lo hubiera hecho, pero en esta se dio la excusa perfecta: Babydoll la denunciaría apenas pudiera, lo sabía, no era fuerte como aparentaba su cuerpo, era una niña asustada, temerosa siempre de los hombres y el poder de su falo como herramienta de sojuzgamiento, a la primera que podría le diría a un amante o a un policía sobre el botín y se acabaría todo.  

Cuando llegó al terminal de buses, había un operativo policial. Trató de bajarse del taxi, pero la detuvieron. Intentó zafarse, pero vio al turista que “pepearon” junto a policías que se acercaban.

No era un traficante, ni menos un mafioso. Era un simple jubilado que quería pasar un año divirtiéndose en el país. Había cumplido con todos los requisitos y declaraciones, hasta las artesanías que compró, regalo para sus nietos, estaban registrados. La desconfianza de su parte en los bancos hizo que no resguardara su dinero. En los dos meses que llevaba recorriendo el país era la primera vez que las prostitutas que contrataba lo asaltaban de esa manera. La policía armó todo el operativo y ahora ella tendría que declarar sobre el dinero. Pese a sus esfuerzos, no salía de su cuerpo como en otras ocasiones. Maricielo estaba sola.            

Publicado la semana 15. 14/04/2019
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