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Sarko Medina Hinojosa

La música y la libertad

Cuando el cielo que veía tenía ya ocho años de contemplado, el niño sintió las ganas de cantar algo. Pero no lo hacía por la vergüenza del qué dirán. Hasta tenía la canción aprendida. La escuchaba de continuo en la radio de su casa y hasta había malogrado un casette de su madre para grabarla de la radio.

Uno de esos días pequeños de su vida, cuando iba en el bus directo a su colegio en esa subida final desde el puente que cruzaba el río de su ciudad, divisó a través de la ventana del carro a una persona caminando en la acera en dirección contraria al bus. Lo extraordinario de esa persona era que venía cantando. Lo podía asegurar el pequeño, ¡Venía cantando a todo pulmón! Se notaba en el movimiento de sus labios, de todo su cuerpo.

Si alguna vez se concedió que el tiempo pasara lentamente, es más que seguro que en ese momento se hizo para que el niño pudiera ver los cabellos largos y castaños de esa persona ondear con su propio movimiento, mientras sus brazos a los costados lentamente describían arcos y los dedos de la mano derecha se contraían para realizar un chasquido que acompañara la voz que salía de la boca cantarina. —Entonces se puede cantar así con esa libertad —pensó.

Las insípidas clases del día fueron un tormento para él. El profesor de Historia estuvo más aburrido que nunca y los compañeros tan raros le parecieron hablando de canicas y trompos, caretas y chocolates. Sólo pensaba en lo que vio en la mañana. El instante le duró realmente una eternidad. Lo que hizo para que durará el momento, fue llegar a su casa luego de clases y prender la grabadora y colocar el tesoro de su casette.

Rebobinó la cinta hasta que llegó al inicio de su canción y, primero siseándola y luego con timidez entonándola, la cantó. Feliz, se dio cuenta que la letra se la sabía correctamente, así que empezó a practicar el tono, así, al tanteo sin saber que aprendía por intuición lo que muchos trataban en años, recorrió la práctica del solfeo, el grave, barítono y agudo cantar.

Su voz dulce y fuerte flotó en el aire de la casa y se elevó con fuerza. En eso tocaron la puerta y el niño corrió a apagar la grabadora para que su mamá no descubriera su secreto.

Hasta que llegó el día de su actuación. Se preparó con esfuerzo y no habló más de lo necesario. Para sopesar eso averiguó que la canción la cantaba Frankie Ruiz y se llamaba “Mi Libertad”…

Al salir del colegio ese día, no fue por su ruta normal, sino que tomó el camino hacia el puente, por la bajada hacia el río, por la acera izquierda.

A medio caminar tomó aire y cantó con todo el corazón, a mitad de fuerza. Mientras avanzaba sintió que todo alrededor flotaba lentamente y lo único que estaba en tiempo real era su voz. Cantó entonces con mayor fuerza pero sin gritar, sólo para que el sonido llegara más alto y timbró en algo la entonación para que se notara el rumor del eco en su boca.

Al final de su canto y ya al terminar también el puente, un grupo de personas que lo oyeron casi desde la mitad de la canción, prorrumpieron en aplausos que lo hicieron sentirse realmente feliz, y comprendió cuánto amaba ser libre y cuánto el personaje de la canción anhelaba esa libertad fuera de la cárcel donde estaba recluido y tanta era su añoranza que, al igual que el niño, extrañaba una cometa voladora.

Publicado la semana 13. 31/03/2019
Etiquetas
mi libertad - Willie Colón
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Género
No ficción
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I
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