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Sarko Medina Hinojosa

Ese monstruo llamado Amor: La decisión de José

Una vez más llegó a la casa vacía. Trató de descansar en esa cama de dos plazas inmensa, solitaria y no lo consiguió. A pesar de manejar más de diez horas seguidas, no pudo cerrar sus ojos. En su mente estaban las palabras de su esposa Maritza sobre su hijo mayor: “Manuel está arisco, contestón, no consigo hacerlo obedecer ni siquiera estudiar”.

Su familia se encontraba a más de trecientos cuarenta kilómetros y doce horas de camino, en ese valle interandino, donde su esposa consiguió trabajo en el Ministerio de Salud. En el último año la cambiaron a un pueblo ubicado a dos horas de la casa donde vivían con sus dos hijos, así que la familia se subdividió de nuevo. La esposa llegaba de noche con el menor de los hijos de cuatro años, Alfredo, durmiendo en sus brazos y sin tiempo para escuchar con paciencia a Manuel.

José estaba con unas ganas de mandar todo al diablo y mandarse a jalar lejos, tenía plata en el bolsillo, más de mil doscientos soles de la quincena, pero ¿De qué le servían?, si su mujer estaba ausente, si sus hijos crecían sin él.

Consultó la hora y, movido por un resorte primigenio, cogió su maleta, la llenó con algo de ropa y se fue al Terminal Terrestre. Cuando llegó a casa, allá en ese pueblo, encontró a su hijo durmiendo solo. Su esposa tuvo guardia en el Puesto de Salud. La esperó abrazando a su hijo.

—¿Te dieron permiso para venir?

–No.

—¿Entonces?

—Nada, solo quería verlos.

—Ah, está bien —le contestó ella mientras preparaba el desayuno, con el corazón latiéndole con mil preguntas.  

Ese día Manuel despertó alegre y se fue al colegio, de donde regresó con la misma enorme sonrisa e hizo sus tareas temprano. Alfredo, vencido su temor inicial, pasó la mañana correteando en la plaza con su papá, para luego preparar juntos el almuerzo y alcanzar a su mamá en la posta y comer juntos. Maritza tenía una sonrisa extraña, enamorada y él estaba como… no sabía cómo estaba, ¿o sí? Sí, era sentir que estaba vivo.

En la noche, ella le preguntó en medio del silencio que prosigue después del amor, cuándo se iría. José meditó un momento la respuesta porque sería definitiva y cambiaría la situación de manera radical, abandonaría sueños propios, orgullos en la cima de un poderoso bus de dos pisos, dinero para comprar muchas cosas, el asfalto, el bullicio de un motor a sus pies, amigos, todo por un futuro incierto…

—Me quedaré —responde, antes de seguir besándola.   

Publicado la semana 11. 15/03/2019
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