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Alejandro P. Drallny

Mudanza

Al final del día me ducho y me miro en el espejo:

la barba es toda gris, el pelo es algo rubio,

la piernas y los brazos no han cambiado,

pero el torso, que no es fofo, se ha engrosado.

La cara sigue siendo asimétrica, pero diferente:

flaca cerca de los pómulos y blanda en la mandíbula.

 

La imagen es de fuerza y de cansancio, todo a la vez,

como solamente pasa cuando preparás una mudanza.

Nada metafórico: guardar toda tu vida en cajas 

y cargarla en un camión, junto con la vida de tu mujer

y tus hijos. Es una ocasión feliz, pero que el cuerpo no resiste

tan fácilmente después de cierta edad. (y algunas mudanzas)

 

Ir de un lado a otro como nuestro ancestros, los que corrían

venados, los que escapaban del hambre o de la guerra.

Los que saqueaban y los saqueron. Los que robaron Jericó

a los filisteos, y los que huyeron de Kishinev con el Progrom,

o los que se subieron a una balsa Polinesia para encontrar

América, antes  aún que los vikingos y los españoles.

 

Pero mudarse no siempre es ocasión de reflexiones trascendentes.

A veces es también un viaje hacia atrás y hacia adelante,

a revolver nuestros libros, y los discos, que algunas vez nos gustaron

y formaron. Es mirar sin ironía todas las personas que una vez fuimos

y no seremos más. Autores que olvidamos y música que no bailamos.

Y al final del día, desnudos, vemos que todo es mudanza.

 

Publicado la semana 99. 17/11/2020
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Género
Poesía
Año
II
Semana
47
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