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Alejandro P. Drallny

Descanso

A los once años, mis compañeros y yo 

teníamos la inocencia y el coraje

que hace falta para enfrentar la muerte.

 

De eso nada sabíamos todavía, pero

estaba cerca, a la vuelta de la escuela.

ahí, junto a la morgue, en el museo anatómico.

 

El chiste, la apuesta, el desafío era éste:

comer rápido y salir de la escuela (a las

dos empezaba el turno de la tarde)

 

para entrar al museo y mirar la exposición

sin chistar, sin comentar, sin hacer el más

mínimo gesto de asco: a probar nuestro temple.

 

La pieza más importante era el busto

de un viejo que el doctor Pedro Ara había

parafinado y expuesto, como una escultura.

 

Parados frente a él, había que sostener

la mirada y repasar lentamente, una a una

sus pestañas, sus arrugas, su cara sufriente.

 

Entonces no sabíamos, del dolor ni de como 

llega un hombre a estar abandonado en una 

morgue, sin tumba ni entierro, congelado

 

en un gesto de tristeza infinita. Apenas

sosteníamos la mirada para ganar una

apuesta. Aguantar sin descomponerse.

 

No conocíamos, no entendíamos, ni el arte

ni la falta de misericordia que congeló a ese

hombre en esa consternación eterna.

 

Volvimos a la escuela y el día siguió como

siempre. Alguno se quejó del olor del formol

pegado a la ropa. Otro mintió que había 


 

llegado a la parte prohibida, a la morgue.

No importa la verdad, teníamos once años,

inocencia, coraje, y también ignorancia

 

del futuro, de la vida, de la guerra, de la muerte.

De todo eso tuvimos noticias después,

con el tiempo. Crecimos, cambiamos, envejecimos.

 

Quizás hoy, cuarenta años después, somos

mayores que el viejo que en la morgue aún

espera, un entierro, un final, un descanso.

 

Publicado la semana 85. 10/08/2020
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Género
Poesía
Año
II
Semana
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