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Alejandro P. Drallny

16 de junio.

Sopla viento del norte y trae 

un calor inusitado, pegajoso,

incómodo. La casa está tranquila

con sus ruidos habituales, la radio,

un televisor, el camión que pasa

por la esquina. Parece tranquilo

pero la misma molestia del viento

norte circula entre nosotros. 

Las noticias no son buenas:

guerra, hambre, muerte y conquista

cabalgan entre nosotros. Nunca 

se habían ido, pero durante algún

tiempo creímos en la fábula del progreso.

 

Los líderes del mundo son un pelele anaranjado,

un rubio con cara de imbécil, un señorito

francés con cara de escolar, una institutriz

alemana, un gordito oriental que sospechamos

es un sádico, un muñeco disfrazado de militar,

y toda una caterva de la misma calaña, nada 

bueno puede esperarse. Acurrucado en el sillón

veo como la luz de la tarde se va, y en las primeras

sombras intuyo, o imagino, las visiones

de Juan, los libros y los sellos, y el silencio.  

El mundo va a tragarse a sus habitantes, 

queramos o no. Creamos o no, en un dios, 

que hizo media hora de silencio antes de las trompetas.

 

Sería agradable pensar que la poesía

podría salvarnos del desasosiego.

No será así como no lo fue nunca.

Pasaron Dante, y Shakespeare y Auden;

y tantos otros,  y nunca nos libraron

de dolores futuros. Apenas una hebra

de belleza nos ilumina un momento, 

como quien toma aire antes de volver 

a hundirse en un agua oscura, espesa.

No habrá poesía que detenga a los 

jinetes. Nunca pasó, ni pasará.

“Amar al prójimo o morir”, dijo Auden.

Después se arrepintió y borró ese verso

 

Publicado la semana 77. 17/06/2020
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Género
Poesía
Año
II
Semana
25
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